Steiner, amor por el conocimiento
La semana pasada El País de España publicó una larga entrevista con George Steiner, uno de los intelectuales vivos más importantes del mundo. Steiner, de 88 años, recibió a Borja Hermoso en su casa en Cambridge, el motivo real: hablar de lo que fuera surgiendo. Como siempre, el profesor de Princeton, Stanford, Ginebra y Cambridge dijo cosas lúcidas que uno quisiera escuchar más seguido.
Pero en esta columna no les voy a contar qué dijo Steiner, para eso está la entrevista de El País cuyo titular: “George Steiner: ‘Estamos matando los sueños de nuestros niños’”, ya deja una inquietud que vale la pena considerar. Sin embargo, quiero aprovechar que este hombre habló, a pesar de su repulsión por las entrevistas, para detenerme en un ensayo que fue para mí una luz maravillosa e hizo que me inquietara aún más por el mundo de la lectura.
El ensayo se llama “El lector infrecuente” y hace parte del libro “Pasión intacta”. Aquí Steiner parte de una obra pictórica, “Le philosophe lisant” de Chardin, esta es suficiente para hablar de la figura del lector, describe muy bien los elementos que componen la pintura de 1734 donde el tiempo, la pluma y el silencio son apenas algunos de los elementos necesarios en la lectura. Leer, según el retrato de Chardin, “es un acto silencioso y solitario. Es un silencio vibrante y una soledad poblada por la vida de la palabra”.
Cuando leí por primera vez este ensayo, tomé la decisión de hacerme un lector, un lector que, parafraseando al profesor francés, escucha en su oído interior la llamada de los cientos de miles de volúmenes que guardan las bibliotecas y piden ser leídos. “Porque en cada libro hay una apuesta contra el olvido, una postura contra el silencio que solo puede ganarse cuando el libro vuelve a abrirse (aunque, en contraste con el hombre, el libro puede esperar siglos el azar de la resurrección)”. Todavía me falta mucho para ser un buen lector, pero me conformo con las páginas que puedo sumar cada día y me permiten descubrir el asombro en las palabras que sobrevivieron a quienes las engendraron.
Me gustaría tener más espacio para hablar de los libros leídos de Steiner y que me han dado un placer enorme, recuerdo con especial cariño: “Errata”, “Después de babel”, “Tolstoi o Dostoievski”, “La muerte de la tragedia”, “Lenguaje y silencio”, y, por supuesto, sus textos publicados en The New Yorker, porque él sí supo, al igual que Edmund Wilson, el crítico literario que más quiero y respeto, hacer que las ideas difíciles y poco familiares de la literatura resultaran cautivadoras, no solo para los intelectuales literarios, sino a quienes han sido denominados “lectores generales”. George Steiner siempre ha sabido para qué sirve el conocimiento, eso queda demostrado en sus escritos clarísimos, en la curiosidad que despierta en el lector, en el viaje que también puede empezar con un lápiz en la mano y termina con la continuación del libro que se lee