Columnistas

SUFRIMIENTO: ¿FRUSTRACIÓN O YUNQUE?

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07 de julio de 2016

Por JOSÉ MARÍA JIMÉNEZ RUIZ
Centro de Colaboraciones Solidarias

No existe vida humana a la que no le llegue en algún momento el dolor o que no sea probada por algún tipo de sufrimiento.

Nos acompaña, desde la cuna hasta la sepultura, adoptando rostros diversos, como son las graves limitaciones físicas, las diversas patologías que afectan al psiquismo, situaciones de miseria, de explotación, de maltrato, de dramas familiares que hacen tambalearse nuestros universos afectivos, de circunstancias diversas que en ningún caso hemos elegido, nos dejan sumidos en el desconcierto y ponen a prueba nuestra capacidad de resiliencia y de encaje del infortunio.

La resistencia frente a la adversidad y la forma como la abordamos constituye, muy probablemente, uno de los más fiables indicadores de fortaleza moral que puede acreditar un ser humano.

Sufre el hombre en su existencia porque esta es, por su propia naturaleza, caduca, finita, acechada, desde su propio origen, aunque en ello no piense, por la situación límite de la muerte que nos pone ante el espejo de nuestra radical contingencia. Sufre porque le es imposible dar la espalda al hecho de que en la vida, en toda vida humana, lo positivo y lo negativo, el bienestar y el dolor, la experiencia de éxito y la conciencia de derrota se hallan unidas.

Pero esa patente inevitabilidad del sufrimiento no conduce, no debe conducir, inexorablemente, al nihilismo o a la desesperación de quienes se sienten definitivamente derrotados, sino más bien servir de acicate y estímulo para contactar con lo más hondo del propio ser. Para hacer aflorar, desde él, los recursos que permiten al hombre vivir orgullosamente erguido, desde la conciencia de una dignidad que no hay dolor ni sufrimiento que pueda poner en cuestión. El sufrimiento nos ayuda a despertar, a hacernos cargo de nuestra palmaria fragilidad para desde ella, y una vez sanados de nuestras heridas narcisistas, afrontar la propia existencia con voluntad de superación y ánimo esperanzado.

Desde esa madura aceptación del sufrimiento, es preciso luchar contra él. La invitación a ser feliz, a pesar de las innumerables dificultades que constriñen la existencia humana, no es una elucubración ajena a la vida. Así lo creyó también Victor Frankl.

El reconocido psiquiatra vienés nos ha dejado El hombre en busca de sentido, un formidable testimonio en el que se niega a admitir que el sufrimiento, por terrible que este sea, conduzca inevitablemente a la destrucción personal o a la pérdida de toda esperanza.

Su experiencia de prisionero en un campo de concentración, el análisis de sus propias vivencias y la observación de las reacciones de sus compañeros de infortunio, le llevan a sostener que el ser humano encuentra recursos, aún en medio de las más terribles pruebas, para mantener su dignidad y no dejarse aniquilar por el mal, con independencia del rostro que este pueda adoptar en cada momento.

Descubrir el sentido de la propia existencia, el sentido que pueden tener para nosotros los más duros retos a que somos sometidos es la mejor garantía de que no seremos anulados por las innumerables limitaciones que nos son propias.

Quizás cuando nos golpee el infortunio y seamos castigados por penalidades que se nos antojan insoportables, quizás en esos momentos podríamos sustituir la un tanto absurda o poco realista pregunta de “por qué a mí”, por otra mucho más productiva para nuestro equilibrio psicológico de “para qué a mí”.