Columnistas

Tacos y un Martini

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02 de agosto de 2016

De entre las 34 economías más desarrolladas del mundo, Estados Unidos es la que dispone de mayor renta familiar, después de impuestos, con 41.071 dólares anuales de media. Le sigue muy de cerca Luxemburgo, con 40.914 dólares. Suiza (36.000), Noruega (33.400), Australia (33.138), Alemania (31.125), Canadá (30.474) y Francia (29.700) son los siguientes del ranquin elaborado por la Ocde. En Reino Unido, la renta por familia es de 26.687 dólares, de 25.000 en Italia y de 22.000 en España, mayor que la de Corea del Sur (19.000). Chile es el primer país latinoamericano con 15.000 dólares de media anual y México, el segundo, con 12.800. Este indicador se encuentra englobado dentro de un estudio más amplio de la institución titulado «Índice para una vida mejor» en el que, además de los niveles de renta, se analizan otros aspectos como la percepción de seguridad, el acceso a servicios, vivienda, educación y salud, y la satisfacción personal. Y es aquí cuando llegan las sorpresas. No todos los países donde más se gana tienen garantizados buenos hospitales públicos con cobertura universal, para todos los ciudadanos. Tampoco una educación de calidad asequible para todos los públicos. Como saben todos ustedes, una guardería decente en Nueva York puede costarle a uno un riñón y medio, por no hablar de los estudios universitarios de los hijos. En ese caso, nos pedirán el hígado y más vale tener un seguro de salud privado porque si no el costo de la operación se nos disparará hasta hacer pagar por ello a nuestros bisnietos. Podríamos hablar también de la seguridad, porque en algunos lares la gente vive en jaulas de oro y eso, qué quieren que les diga, no es vida. No poder salir a dar un paseo por el centro de la ciudad así sean las cuatro de la madrugada es un asco solo comparable a no poder dejar el celular y la cartera sobre la mesa de una terraza de verano.

Así que el dinero no lo es todo, que me lo digan a mí. Aunque no quiero aburrirles con los achaques propios, hará unos meses sufrí el arreón cruel de los 45 años, esa edad maldita en la que el cuerpo le dice a uno que es mejor irse olvidando de las cenas pantagruélicas y las noches de empalmada. Se me cruzaron de una vez las amigas presbicia y cervicales hasta dejarme doblado como nunca me había ocurrido. Y yo, que ni una mala resaca he tenido en la vida, aprendí del tirón y por la vía militar que la salud no tiene precio.

Bien es cierto que, a mayor nivel de renta, más opciones se tienen de ser padrino en la boda de tu hija, pero el vil metal no garantiza nada. De hecho, según muestra el informe de la Ocde, los países con mayores rentas no son siempre los más felices. Los mexicanos, asolados por la violencia y la precariedad en todos los sentidos, se declaran muy satisfechos con sus vidas, les duren lo que les duren. Y no me extraña, porque entre ganar un pastón en Finlandia chupando frío como un bobo, rodeado de renos y otras alimañanas invernales, prefiero mil veces jugarme la vida entre tacos, clamatos y balaceras bajo el sol.

Por eso, suscribo la máxima de la última campaña de Martini, que no es un filósofo sino la marca espirituosa italiana: “La riqueza no se mide en dinero, se mide en tiempo. Y no tienes otra opción que gastarlo, así que gástalo bien”. Dicho lo cual, voy por un trago bien frío, que aún respiro y estamos a 40 grados en Madrid. Ya quisieran en Helsinki.