TAL VEZ...
Estaba hace unos días en la oficina y ocurrió un accidente de tránsito que ya es frecuente en la esquina donde trabajo. Un carro se detuvo para girar a la izquierda y una moto que venía rápido detrás no alcanzó a frenar a tiempo y su conductor fue a dar al piso. Por supuesto la caída fue aparatosa y se podía esperar que las consecuencias fueran mayores por varias razones: Primero, porque la vía es en doble sentido y el motociclista al caer en el carril contrario, podía haberse dado de frente con un vehículo que viniera en esa dirección. Nadie venía, así que el asfalto lo recibió. Segundo, el joven vestía una especie de camisilla, con sus brazos, hombros, medio pecho y media espalda expuestos. Imaginé raspaduras tenaces y algún hueso roto porque rodó varios metros. Pues nada, un par de laceraciones en el codo y la rodilla y el hombre se paró con dolor por el golpe pero al minuto caminaba normalmente. Tal vez sintió más dolor por los daños de su aparato. Se oyó entonces el conocidísimo “¡Gracias a Dios no pasó nada para lo que hubiera podido pasar!”.
Pronto varios motociclistas ayudaron al joven mientras en el interior del carro una señora mayor permanecía sentada. Esperaba con seguridad a que se le pasara el susto. El accidentado era un chico de gimnasio, pues ante mi crítica por venir con una camisilla sobre una moto, las mujeres de la oficina dijeron “pero es que mírale el cuerpo! Con razón la camisilla!”. Bueno, puede haber formas menos peligrosas de exhibirse, pensé.
El caso es que de manera generalizada la gente en mi oficina empezó a sacar conclusiones de lo que pasaría a continuación. Un joven motociclista, con otros compañeros que se acercaron a ayudarlo, y una señora mayor en el otro carro era un enfrentamiento desigual. “Ah, con seguridad estos pelaos van a braviar a la señora”, “pobre señora solita con esos pelaos”, “ay, qué pesar, quién va a defender a la pobre señora”. Eso sí, para todos era claro que el conductor de la moto tuvo la culpa. Al carro de la señora no le pasó prácticamente nada. El golpe fue leve, tanto que no dejó huella en el auto y simplemente provocó que el motociclista, que iba en proceso de esquivarlo, perdiera el equilibrio y cayera aparatosamente.
Tengo tendencia a meterme en esas situaciones y defender causas que creo justas. Instintivamente iba a salir pero paré y esperé. Nada de lo anticipado pasó. La señora y el muchacho corrieron sus vehículos a un lado. La señora se bajó de su auto y conversó unos minutos amablemente con el chico y sus amigos. Evidentemente acordaron que ante los hechos cada uno tomaría su rumbo y así fue después de despedirse. No hubo gritos, ni reclamos, ni alteraciones.
Tal vez no seamos una sociedad tan violenta como pensamos. Tal vez la justicia y la razón rigen muchas de nuestras actuaciones. Tal vez debemos empezar a creer en nosotros y en la posibilidad real que tenemos de vivir tranquilos como sociedad.