TATUAJES EN LA PIEL, TATUAJES EN EL ALMA
¿Recuerdan cuando decíamos “más arrepentido que un tatuado”? Difícil encontrar un refrán que haya perdido más vigencia en estos tiempos.
Y más difícil todavía encontrar una piel libre de escudos del equipo de fútbol, nombres de seres queridos, tigres, soles, flores, aves fénix, corazones y dragones, budas, ángeles, hadas y frases sugestivas.
Esa afirmación de que los tatuajes estaban asociados a presidiarios, prostitutas y marinos de un amor en cada puerto, empezó a desdibujarse de unos años para acá, cuando el cuerpo de algunos muy osados se convirtió, literalmente, en un lienzo en el que pueden exhibirse figuras de toda clase, unas más estéticas que otras y que, dependiendo de la cantidad, pueden convertir al portador en un museo itinerante. Al que le gusta le sabe, dice la gente, pero a mí la “demasía” de los que no se dejan libre ni un centímetro de piel, me parece extrema.
Según Wikipedia, “la evidencia más antigua de tatuajes en momias se encontró en una perteneciente a la Cultura Chinchorro en la costa de Perú. En estas se conservan tatuajes existentes datados en el año 2000 a. C. Este tatuaje consiste en un bigote delgado sobre el labio superior de un hombre adulto”.
Tatuarse, además de doloroso, es costoso. ¿Por qué lo hacen? Algunos para rebelarse contra un tabú, otros como una manera de honrar eternamente lo que se tatuaron, otros por moda y otros solamente ¡porque sí y qué! Pero cada tatuaje tiene un significado para quien lo luce.
Confieso que he aprendido a mirar los tatuajes sin prejuicios y que, de contar siquiera treinta años menos y no tenerles tanto miedo a las agujas, me tiraría de bruces en la camilla de un tatuador. Pero llegamos tarde las dos, la moda y yo, así que paso y me quedo con mi vieja costumbre de grabar en el alma aquello que no quiero olvidar.
Reconozcamos que esa batalla se perdió. Que tatuado y delincuente no son ni parecidos, que los tatuados sí encajan en la sociedad, que el tatuaje no hace a nadie mejor ni peor, que sí encuentran empleo y que la del tatuaje es una cultura que se impuso.
Ojalá los seres humanos nos tatuáramos más allá de la piel compromisos concretos que se convirtieran en actos de respeto, amor y lealtad. Pero de verdad, no como aquellos que dicen tallar en piedra tal o cual promesa y en cuestión de horas, a lo sumo días, están haciendo todo lo contrario. ¿Pensaron en presidentes, ministros, etc.? ¡Es correcto!
A pesar de que la sociedad dicta normas para que las personas regulemos nuestra conducta, no es suficiente. Los seres humanos deberíamos nacer predispuestos a ponerlas en práctica sin que nos costara trabajo, como una especie de tatuaje permanente pero no en la dermis ni en la epidermis, sino en lo más profundo de nuestro ser, con convencimiento de causa. Tal vez así no habría lobos que parecen ovejas ni ángeles que actúan como demonios.
Tatuarnos la solidaridad, la honestidad, el respeto por la vida y los bienes ajenos, la verdad aunque duela, el compromiso, la palabra empeñada, la humildad, el perdón y todo aquello que nos ayude a ser mejores seres humanos en un mundo que ha empezado a quedarnos estrecho.
¿Muy bonito para ser real? Seguramente, pero nadie me quita lo soñado, como nadie le quita al tatuado su tatuaje.