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TEOTIHUACÁN

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06 de noviembre de 2016

A 45 minutos de la Ciudad de México están las ruinas de lo que hace más o menos dos mil años fuese uno de los centros religiosos y económicos más importantes de nuestra era. Su influencia se extendió por Mesoamérica, construyeron dos grandes pirámides y desarrollaron un verdadero sistema urbano cuyo orden político sigue siendo un misterio, pero que apunta una organización de estado mucho más compleja de lo que generalmente se asume cuando se trata de los pueblos indígenas de América. El nombre de esa ciudad es: Teotihuacán.

La ciudad de Teotihuacán surgió entre el año 100 a.C. y el 200 de nuestra era. En las ruinas que hoy vemos está el alma de lo que en su momento fuese un gran centro político y religioso, cuya influencia se extendió por Mesoamérica. Uno de sus grandes logros fue el sistema vial, el cual prácticamente ocupó toda la ciudad. Las actividades de agricultura se hacían afuera de la urbe, pues casi todo el recinto estaba cubierto de construcciones. Fue una sociedad próspera, en la que la gran mayoría de los habitantes tenía casas de piedra que se elevaban sobre grandes taludes. Las calles eran largas y amplias y gracias a las osamentas que se han estudiado se deduce que en las casas, que tenían grandes patios internos, vivían hasta veinte familias.

Una de las cosas que más cuesta imaginar es que Teotihuacán, como tantas otras sociedades antiguas, si bien no tuvo lo que actualmente consideramos como una democracia igualitaria, no fueron sociedades del todo tiránicas. Según el Colegio de México hoy en día hay datos que nos permiten deducir que los estratos sociales de Teotihuacán estaban divididos en clanes que vivían en barrios separados, que aunque había familias más ricas que otras, quienes pertenecían a los clanes de estrato social más bajo también contaban con infraestructura urbana. Se habla de una clase política y militar privilegiada, cuya morada está muy cerca de las grandes pirámides, así como de la religiosa, compuesta de monjes que se dedicaban exclusivamente a la tarea espiritual.

De su nobleza se sabe muy poco. Probablemente fueron una monarquía pero sí se sabe que su culto principal era a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada, protector que heredarían los aztecas. Otra gran deidad para los Teotihuacanos fue Tlaloc, el dios del agua, incluso hay teorías que afirman que las pirámides bautizadas por los mexicas “del Sol y la Luna” quizás originalmente pertenecieron a Tlaloc y su pareja Chalchiuhtlicue.

Mientras se construían las pirámides de Teotihuacán y se entablaba un complejo sistema de comercio e intercambio por Mesoamérica, en Europa estallaba lo que se conoce como la Crisis del Siglo III del Imperio Romano. Secesiones, asesinatos, más de 28 emperadores en un siglo que terminaron con un Aureliano despótico que puso orden y luego la Tetrarquía de Diocleciano que tampoco funcionó como sistema.

En la escuela nos enseñan una historia que no explora suficiente las civilizaciones antigüas y que cuando lo hace generalmente está demasiado centrada en la antigüedad europea, que aunque guarde la base de nuestra cosmogonía y de nuestro fundamento filosófico no deja de ser sólo una visión que debería ser complementada por la historia de otros imperios, otras ciudades, que no por ser distantes y quizás menos documentadas fueron menos complejas. Estas civilizaciones también produjeron arte y literatura.

Para visitar Teotihuacán hay que tener imaginación. Hay que mirar hacia atrás y mirar hacia adentro. Imaginar lo que supuso poner cada bloque de los que aún quedan, lo sagrado, lo violento, lo majestuoso, lo que implicaba dedicar una pirámide a una deidad y pasarse la vida entre unas calles que no fueron menos complejas que las que transitamos en las urbes actuales. Las grandes civilizaciones tienen mucho que enseñarnos, pues su visión del universo, de la espiritualidad, de la política y del hombre también abordaron las grandes incógnitas que hoy, con todos nuestros avances, aún no sabemos contestar. Debemos mirar la antigüedad si pretendemos entender la contemporaneidad, no es una mera cuestión de cultura general, es que en cada bloque de esas ciudades antiguas está la base de la sociedad actual. Explorarlas, estudiarlas es también un viaje hacia el interior de nosotros mismos.

Fuente: Nueva historia Mínima de México. El colegio de México. Ciudad de México 2004.