Columnistas

Tierra de blancos

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15 de agosto de 2017

Ubicación: Charlottesville, Virginia. Allí, cientos de manifestantes sacaron lo más primitivo del ser humano: la intolerancia. Durante el fin de semana pasado, en esa pequeña población de 45.000 habitantes, sede de la Universidad de Virginia, se presentaron incidentes raciales, que empiezan a denotar explícitamente el pesado ambiente que se vive en los Estados Unidos.

La protesta fue el punto final a meses de tensión que iniciaron con la propuesta por parte de las autoridades locales de retirar la estatua de Robert E. Lee, general del Ejército Confederado durante la Guerra Civil americana, quien comulgaba con la esclavitud. Obviamente, el tema no era del agrado de los extremistas de derecha, quienes salieron a protestar y marchar con antorchas, a la vieja usanza de los ultraderechistas. En contraposición, las agrupaciones antirracistas vieron el hecho como un acto de progresismo histórico. Dos posiciones encontradas que terminaron siendo excusa para liberar los odios engendrados desde días anteriores, cuando apareció la figura de Trump como adalid de la derecha.

Esta situación tiene a los Estados Unidos con los pelos de punta, pues comienza a taladrar fuertemente en el imaginario colectivo la posibilidad de convertir al país en una tierra de blancos, donde no habría cabida para nadie más, donde no se necesita gente que no hable inglés. Más allá de los muertos, heridos, arrestados de Charlottesville y de la posición pasiva del presidente Donald Trump frente a los hechos, lo que se vio con claridad es la configuración creciente de un paradigma: encauzar a la nación por caminos discriminatorios, donde los blancos representan un poder superior.

¿Caló, entonces, el discurso nacionalista que tuvo Trump durante su campaña? Parece que sí. Su lenguaje xenofóbico activó el comportamiento atávico de algunos americanos con ideas extremistas y por más que el mismo presidente hable de igualdad y tratar de ser solo uno, una only nation, todo se va al traste cuando las voces dominantes del país tienen explícitos comportamientos extremos.

Quizá por eso Trump ha sido timorato a la hora de rechazar los hechos de Charlottesville, desconociendo incluso el reclamo que le han hecho algunos congresistas de su partido, quienes no conciben que, ante la obviedad de los hechos, no se le brinde importancia en la agenda pública a aquello que han denominado terrorismo racista. Aquí es cuando vale la pena recordar una frase de Jonh F. Kennedy: “Los lugares más calurosos del infierno están reservados para aquellos que, en tiempos de grandes crisis morales, se mantienen en la neutralidad”.

Suena increíble que a estas alturas de la historia de los Estados Unidos, sabiendo lo inaudita que fue la esclavitud y la discriminación racial que allí se vivió, se presenten situaciones como esta en las que sale a relucir lo más salvaje del ser humano. Danielle Allen, columnista del Washington Post, asegura que Charlottesville no es la continuación de una vieja pelea entre blancos y negros, es por el contrario el nacimiento de algo nuevo. Lo triste es que a medida que nace, comienza a morir la América posracial, la que incluso logró tener un presidente de color, abriéndose paso entonces una nueva forma de vida que excluye a cualquiera que no sea blanco de los mínimos universales como la libertad, la justicia y la dignidad.