Columnistas

Toda literatura es autoayuda

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03 de mayo de 2018

Yo, que he sido ajeno a todos los libros de autoayuda, no por capricho sino porque los leídos me parecen igual de aburridos, igual de recetarios e inútiles, me dio por pensar esta semana, después de leer una entrevista que le hicieron a Alejandro Gaviria, que toda literatura es autoayuda. Ya sé, entran rechiflas en este instante a este humilde concepto, pero mirémoslo bien. Supongamos cosas, para eso está la vida.

En el artículo, recuerdo que el ministro Gaviria, quien logró superar un cáncer, habla incluso de que casi todo es autoayuda. “En el fondo la poesía es una forma sofisticada de autoayuda”, dice. A eso, al menos por hoy, para no ahondar en la filosofía, que puede ser declarada como la forma más directa para que el hombre se relacione con el hombre y el universo de sus pensamientos y posibilidades, agreguemos que una buena novela puede ser un curso perfecto de superación personal.

¿Y por qué digo semejante cosa? Porque cuando leemos literatura, queramos o no, también llegamos para conocernos mejor a nosotros mismos, es decir: la compleja humanidad. Me gusta algo que escribió María Teresa Andruetto en el libro “Hacia una literatura sin adjetivos”. Ella dice que “los lectores vamos a la ficción para intentar comprendernos, para conocer algo más acerca de nuestras contradicciones, miserias y grandezas, es decir acerca de lo más profundamente humano. Es por esta razón, creo yo, que el relato de ficción sigue existiendo como producto de la cultura, porque viene a decirnos acerca de nosotros de un modo que aún no pueden decir las ciencias ni las estadísticas”.

La literatura nos ayuda en la medida que también nos cuestiona, nos inquieta, nos estremece, nos lleva a repensarnos. En un libro no deberíamos buscar soluciones, un paso a paso para rehacer lo que está mal es casi un fracaso inmediato; por algo los libros de autoayuda fracasan, fracasan en la medida que no siempre funciona el modelo para armar. La vida no es cosa simple, es compleja, solo hay que aprender a jugarla. En los libros, más bien, deberíamos buscar nuevas formas de soñar, de entender un poco más sobre la sencillez de la vida, lo que somos, cómo somos y no lo que otros quieren que seamos, porque ahí es cuando necesitamos una extraayuda para soportar la frustración.

He llegado a pensar que la autoayuda debería estar hecha de muchos silencios, como ese que capturamos después de leer, por ejemplo, un poema de Ida Vitale que dice: “Te dieron un conejo/ Te dejaron amarlo/ sin haberte explicado/ que es inútil amar/ lo que te ignora”. Poesía y silencio, la gente no se imagina la cantidad de vidas que salvan sin querer. Vivir leyendo es un poco la posibilidad de entender que una duda también es una solución o que nuestra “pobre” vida puede ser un modelo ideal para otros. ¡Ay la ficción!, como nos enseña sobre la compleja realidad