TRADICIÓN PROHIBIDA
Nada como la prohibición para estimular el gusto por lo que se prohíbe. Hoy a la media noche la alborada me dará la razón. Y de paso podremos comprobar, una vez más, la “eficacia” de las campañas contra la fabricación, la venta y el uso de la pólvora.
Aunque no todos disfrutemos igual, diciembre es sinónimo de pólvora, licor, música parrandera y globos. Pero los globos también están prohibidos, de modo que por estos días veremos muchos. Y muy bonitos, por cierto.
Sin pretender hacer apología de lo ilegal ni prender la mecha de la polémica, me parece que, igual que la pólvora de luces, los globos son un adorno que hace aún más bello el cielo que miramos.
En Medellín y el Área Metropolitana hay miles de globeros que han formado turmas, una palabra que, lejos del “testículo” textual del diccionario, sirve para definir un grupo de compañeros que se unen en torno a una causa que los apasiona. Y si hay algún factor aglutinante entre las turmas de globeros es justamente la pasión.
Con respeto por las autoridades y por las empresas que se han unido en la campaña Cero globos, las turmas tienen su propia campaña: “Los globos no son peligrosos. Son alegría, tejido social y arte”.
¿Por qué sucumbir ante las imposiciones de empresarios?, se preguntan. Y se responden que no hay sustancias peligrosas sino mal manipuladas y que los globos son dañinos si llevan mecha insegura. De lo contrario son alegría, belleza y felicidad, como se verá el próximo 28 de diciembre en el festival del globo sin fuego, en Envigado.
Las turmas defienden un conato de identidad y claman que en vez de perseguirlos como a delincuentes, les permitan ser dignos representantes de esa tradición que han heredado de sus antepasados.
Frente a la pólvora muchas personas tenemos una férrea resistencia, pero eso no nos impide admirar la belleza de unos juegos pirotécnicos en manos expertas. Con los globos puede ser igual. No en vano las turmas están compuestas por profesionales y estudiantes de todas las áreas que después de la jornada, mientras diseñan globos de todos los estilos y pegan miles de pliegos de papel en sus bancadas, se ocupan de perfeccionar la técnica para evitar los riesgos.
No es por desanimar a los señores opositores en su intento de acabar con esta tradición, pero el relevo generacional está asegurado: hay cientos de niños y adolescentes aprendiendo a hacer globos. Lo bueno es que de la mano de las turmas conocen las características especiales que requieren los globos seguros para el éxito de su vuelo y su descenso sin incendios.
Y ya saben también que los globos tradicionales son peligrosos cuando llevan materiales inflamables en su mecha, que es lo que nos deberían enseñar a todos: que ya no se usa empapar la camisa vieja en petróleo, ni la toalla higiénica en gasolina. Que lo de hoy es calor o papel absorbente impregnado en parafina para que la combustión sea lenta y total. Por eso cuando los rescatan, porque todavía los persiguen, en moto o con espejo, las mechas las encuentran apagadas.
Si después de seis años consecutivos las campañas prohibicionistas reportan cifras con tendencia ascendente de incidentes con globos peligrosos, ¿no será hora de que inviertan tiempo, energía y recursos en fomentar el mejoramiento de las técnicas en la elaboración y la responsabilidad de quien los eleva? Para que nadie sufra pensando ¡a dónde irá a caer ese globo!.