UBER: OTRA PATA QUE LE NACIÓ AL COJO
Y un día cualquiera, no hace mucho tiempo y como de la nada, apareció entre nosotros un nombre que causó revuelo: Uber. ¿Y quién es ese señor?, preguntaban algunos. Pero no es un hombre, es una cosa. No, tampoco es una cosa: Es un servicio de transporte que llegó a Medellín y a otras 334 ciudades de 59 países en el mundo.
Las voces sobre Uber han sido diversas: Que sí. Que no. Que es lo mejor. Que es ilegal. Que ni riesgos... Como siempre.
Pero vamos por partes. Uber es una empresa internacional con sede en San Francisco, California, que a través de una aplicación tecnológica ofrece a sus clientes una red de transporte privado en carros de media y alta gama, con conductores supuestamente muy calificados que lo llevan a donde usted quiera, tenga o no tenga plata en el bolsillo.
Suena muy bien, pero a los que no les gusta ni poquito es a los taxistas, un gremio compuesto (salvadas las excepciones) por un montón de tipos hoscos, mal encarados, algunos uñilargos y siempre sin devuelta que, si están de buenas pulgas y si pasan por donde de casualidad va el cliente, lo llevan a su destino. Y si no, “pues no y te bajás”.
De ahí el éxito de Uber, pero con la guerra declarada por parte de los taxistas, usar este servicio es casi atentar contra la integridad y contra la seguridad. Y puede que hasta contra la vida. Uber es otra pata que le nació al cojo.
Esta historia, entre muchas que se conocen a diario, ocurrió hace tres días:
Un joven que trabajó en el equipo de logística de Colombiamoda, le pidió a su hermana recogerlo en Plaza Mayor al terminar su jornada laboral, a eso de las once de la noche. Cuando se disponía a abordar el carro, un taxista de los muchos que había en el acopio se le acercó y en tono amenazante y alterado le dijo varias veces: “Parcero, usted sabe que eso es ilegal” (bis, bis y bis). “No, señor, ella es mi hermana”, explicó el joven. Pero el taxista, iracundo, le “ordenó” enseñarle las cédulas. ¿Perdón? ¿Cómo dijo? ¿Y por qué, o qué? El joven subió al carro y su hermana huyó, literalmente, presa del pánico y a mil por hora, de aquella jauría de perros rabiosos que amenazaban con devorarlos a colmillo limpio.
¿De modo, pues, que los taxistas ahora también se creen autoridad para pedirle documentos las personas? ¿Y de modo, pues, que todos los carros particulares están afiliados a Uber?
No voy a entrar a discutir si Uber debe o no legalizarse, pero las autoridades competentes tienen que actuar rápidamente frente a este problema, que tiende a volverse de orden público.
Sé de varios autos que han sido dañados y sus conductores agredidos solo por sospecha, pero ignoro si las autoridades están tomando este toro por los cuernos o están esperando que haya muertos de por medio para emprender acciones frente a una situación bastante delicada que también va en detrimento de nuestra seguridad. Bien lo dijo Murphy en una de sus leyes: Si algo va mal, es susceptible de empeorar.
Yo, por ahora, me niego a usar Uber y a tener que comerme el conductor a picos para que los taxistas piensen que somos pareja y no nos ataquen. Me niego rotundamente.