Un anticipo del cielo en la tierra
Después de la llegada a los altares de la Madre Teresa de Calcuta vendrán otros seis nuevos santos que serán canonizados el 16 de octubre en el Vaticano.
Las vidas de estos hombres y mujeres nos enseñan las virtudes que las hacen personas modélicas aunque no libres de defectos o tentaciones pero que viven tan unidas a Dios que traen un pedacito del cielo a esta “humanidad agobiada y doliente”.
Una de ellas es Isabel de la Santísima Trinidad (1880 – 1906). Nació en Avor – Francia y murió a los 26 años y los últimos cinco los pasó en el Carmelo. Tenía una exquisita sensibilidad espiritual y artística y era también muy bromista. Amaba la música, tocaba muy bien piano y deleitaba con sus conciertos a muchos melómanos. Le encantaba la naturaleza, escalar montañas, admirarse e inspirarse con su belleza.
Desde muy joven descubrió su vocación de religiosa contemplativa y quiso ingresar a la orden del Carmelo pero no pudo hacerlo hasta los 21 años (a principios del siglo XX esta ya era edad muy avanzada para entrar a la vida conventual) pues debía cuidar de su madre, quien era viuda y estaba muy delicada de salud. Fueron años en que Isabel vivió como una joven corriente, que le gustaba ir a fiestas, hacer obras sociales y salir con sus amigos. Siempre tenía la consigna de que la celda religiosa la conservaba en su corazón. El retrasar su entrada al Carmelo fue una prueba en la que se demuestra que en el servicio se hace concreto el amor. Y mientras servía seguía alimentando su alma con lecturas como “Historia de un alma” de Santa Teresita del Niño Jesús su compatriota y contemporánea.
Tras la recuperación de su madre, ingresó a la orden del Carmelo en 1901. Sus formadoras dijeron luego que esta espera hizo de ella un alma más madura. La vida contemplativa, que para muchos resulta como “un desperdicio” fueron para ella momentos de encuentro profundo con Dios y de hallar en el Carmelo un pedacito de ese cielo que tanto anhelaba. Sus reflexiones las plasmaba por medio de sus escritos que han hecho mucho bien a quienes los hemos leído.
“Cuando te aconsejo la oración, no se trata de imponerse una cantidad de oraciones vocales para rezarlas diariamente. Hablo, más bien, de esa elevación del alma a Dios a través de todas las cosas que nos constituye en una especie de comunión ininterrumpida con la Santísima Trinidad, obrando con sencillez a la luz de su mirada”, escribió una vez.
También aconsejaba la vivencia de una virtud tan sencilla como necesaria: la humildad. “Para vencer el orgullo: matarlo de hambre. Mira, el orgullo es amor propio”.
En 1903 le fue detectada la enfermedad de Addison (Deficiencia hormonal debido al daño de la capa externa de la glándula suprarrenal). En medio de su dolor escribió una serie de ejercicios espirituales. Hoy sus escritos son un patrimonio espiritual. La unión con Dios de esta mujer sigue iluminando muchas almas y hacen ver que en esta vida se puede degustar de ese cielo en el que creemos con firmeza y esperanza los cristianos. “Me parece que he encontrado mi cielo en la tierra, puesto que el cielo es Dios y Dios está en mi alma. El día que comprendí eso todo se iluminó para mí”, escribió una vez.