Un Cielo. Un Infierno
En memoria de Anthony Bourdain.
De niña pensaba que el cielo era un lugar común, creado por otra persona. Yo estaba segura que en algún lugar del infinito te esperaban después de la muerte y que ese lugar era así para todo el mundo. También pensaba en el infierno con esa típica imagen, un mundo de fuego, terrible, al que iban a parar los hombres malos. Esa idea de la justicia divina, más allá de la vida, de la seguridad de una vida en un lugar placentero y perfecto me dio terror y consuelo durante los primeros años de mi vida. La amenaza y el premio constante, así fue mi educación religiosa y así se fue forjando mi espiritualidad.
Con algunos años encima he llegado a ver las cosas de forma totalmente distinta. Aunque tengo que confesar que aún sigo creyendo que hay un cielo, siento que ese cielo ya no es un lugar creado por alguien, sino que más bien es un lugar privado que viene de lo más profundo. De lo que uno cultiva en la vida. No siempre tengo el consuelo de pensar que la gente buena y querida que se ha ido estará allá esperando para que pasemos la eternidad juntos en armonía perfecta. A veces pienso que no, que no los voy a volver a ver, e incluso me quema el desconsuelo de pensar que no hay vida después de esta, que el sueño, la oscuridad, la nada son eternas y que el alma sencillamente se apaga y eso es todo. Lo triste de esto es que pareciera entonces que esta vida tan efímera no tiene sentido y que muchas de las cosas por las que uno lucha están condenadas también a esa nada.
Se pregunta uno entonces ¿por qué vivir? ¿Para qué? ¿De qué sirve todo? Si al final el abismo es inevitable, si no hay alternativa, ni retorno, si no existen ni el premio ni el castigo entonces cómo deberíamos desenvolvernos en este mundo. ¿A qué aspirar? ¿Cómo manejar nuestros impulsos? Y creo que detrás de todas estas preguntas está una más profunda y a veces aterradora: ¿Qué significa ser humano?
De niña mi papá me hacía ver documentales de naturaleza. Junto a él vi desde los tesoros del Serengueti hasta los misterios de océanos profundos. Los animales siempre me han causado fascinación. Es fácil humanizarlos y proyectarnos en ellos, pero a la vez creo que a ellos, valga la contradicción, les pasa lo mismo con nosotros. La naturaleza está tan viva, a la vez tan condenada como nosotros. Pero eso no quiere decir que por eso los árboles dejan de crecer, ni se detiene el ciclo del agua.
Cada ser vivo lucha con todo el poder de su inteligencia para mantenerse vivo, adaptarse, evolucionar, garantizar que la especie es cada vez más apta y perfecta para que la muerte le llegue lo más tarde posible. En la naturaleza, aunque hay casos de animales que se echan a morir, como las ballenas que encallan y los elefantes que se suicidan, no se ve una presa que se detenga de pronto, levante las manos y se rinda ante el depredador. El animal lucha. Con todas sus fuerzas lucha. Y si lo vence la vida pues ese es su destino. Al final todos estamos siendo perseguidos por el mismo depredador que nos ha de alcanzar ineludiblemente: el tiempo.
Hay seres que se rinden. Y esa palabra no gusta. Porque rendirse nos remite a la idea de que existe una falta de coraje, una evasión de una responsabilidad. Rendirse es el resultado de la desesperanza. Es una confesión de impotencia. Una declaración de no haber logrado algo esperado. Rendirse está mal visto y es tabú. Los ejércitos que se rinden pierden la guerra. El ser humano que se rinde pierde la vida.
La vida es lucha. Estamos gritando desde que nacemos. Batallamos para caminar, para correr, para hablar. Cada etapa de la vida exige fuerzas que a veces nos superan. Y la maravilla, el tesoro que es vivir tiene su cara oscura, por más que nos empeñemos en negarlo. La felicidad permanente como estado no existe, sino más bien la lucha por procurarse aquí y ahora un cielo y eso implica reconocer un infierno que a veces se instala. Y a veces gana. Ser humano implica reconocer que cada quien tiene el suyo .