Columnistas

UN FELIZ REGRESO A CASA

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17 de diciembre de 2018

Después de tres años de cierre ―debido a los trabajos de reforzamiento estructural y otras obras de remodelación en el edificio de su sede central― esta semana vuelve a abrir sus puertas la Biblioteca Pública Piloto de Medellín.

Creo que esta es la mejor noticia del año para miles de lectores de todas las edades para quienes la biblioteca es como su segunda casa. Yo soy uno de ellos.

Para mí es un lugar de ensueño ―una especie de cielo― que cambió mi vida. Allí conocí a Don Quijote y Sancho Panza; Ali Babá y los cuarenta ladrones; Peralta, Simón El Mago y la Marquesa de Yolombó; el Doctor Zhivago, Ana Karenina y Raskolnikov.

Pienso que lo mismo les sucedió a incontables muchachos de mi generación que crecimos en los barrios populares de nuestra ciudad en los años sesenta, con ganas de leer, y no teníamos otro lugar adonde ir.

Yo solía pasar horas y horas allí. El carnet de lector de la biblioteca fue mi primer documento de identidad. La biblioteca fue para mí un oasis en medio del desierto en que a veces se convierte la vida: el mismo oasis que halló Charles Bukowsky en la vieja Biblioteca Pública de Los Ángeles: Aquella biblioteca estaba / allí cuando yo era / joven y buscaba / algo / a lo que aferrarme / y no parecía que hubiera / mucho...

Mis primeros recuerdos de La Piloto se remontan a la sala infantil, en la antigua sede de la avenida La Playa, situada en el edificio del Instituto de Bellas Artes, a finales de la década de 1950. La sala parecía una pequeña guardería llena de libros ilustrados. Allí me llevaba mi hermana Lila cuando iba al centro de la ciudad y tenía que hacer alguna diligencia. Dicen que fue en ese edificio donde el señor Lucio Calle prestó el primer libro el 25 de octubre de 1954.

Entonces, la Biblioteca Pública Piloto estaba recién fundada gracias a un convenio celebrado en 1952 entre la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura –Unesco- y el gobierno de Colombia.

A comienzos de los años sesenta, la biblioteca se trasladó al nuevo edificio de la avenida Colombia, en la zona de Otrabanda, junto al barrio Carlos E. Restrepo. Muchos de los momentos más hermosos de mi juventud los viví en su sala de lectura del primer piso.

En la década de 1980, bajo la dirección de Juan Luis Mejía y Gloria Inés Palomino, la biblioteca se convirtió en uno de los principales centros de la vida cultural de Medellín. Se abrieron la Sala Antioquia y la sala de exposiciones y en el salón de conferencias, cada miércoles, Manuel Mejía Vallejo dirigía las sesiones del Taller de Escritores.

La lista de visitantes ilustres que pasaron por allí es interminable. Para mí son inolvidables las visitas de Jorge Luis Borges, Juan Rulfo y Manuel Puig. También, las tertulias con Rogelio Echavarría, Germán Vargas, Oscar Collazos, Rafael Humberto Moreno, Fernando Cruz, Orlando Mora, José Manuel Arango, Mario Escobar, Elkin Restrepo, Darío Ruiz y muchos escritores más; los talleres de poesía de Jaime Jaramillo Escobar... O los entrañables encuentros de los miércoles con Manuel Mejía Vallejo, después de su taller.

“No creo equivocarme si digo que en el pasado La Piloto pudo ser un lugar significativo para usted. Y también me atrevería a pensar que esta biblioteca, de algún modo, aunque sea uno mínimo, pudo haber ayudado en su camino de convertirse en escritor” dice una carta que me envió su directora, Shirley Milena Zuluaga, invitándome a volver.

La carta me dejó sin palabras. A ella solo puedo responderle: ¡Pero si yo nunca me fui de mi casa! ¡Si yo siempre estoy volviendo!.