Columnistas

Un hijo con tres padres

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10 de febrero de 2015

Para evitar algunas enfermedades mitocondriales que se transmiten por vía materna, el Parlamento Británico aprobó la semana pasada una ley para permitir técnicas de modificación de embriones que contengan el ADN de tres personas. Es decir, hijos de un padre y dos madres. Una, la dueña del óvulo y proveedora de la mayor parte de su material genético y otra, la que le dona el material que contienen las mitocondrias.

Esta aprobación se dio porque en Inglaterra, uno de cada 6.500 bebés nace con enfermedades mitocondriales heredadas de su madre, que pueden ser demencia, ceguera, daños en el sistema nervioso, el corazón y los riñones, así como distrofia muscular o la ataxia cerebral. Las madres que portan estas deficiencias no tienen un 100 por ciento de probabilidades de transmitir estas enfermedades a sus hijos aunque el riesgo sí es alto.

Al leer esta noticia, me sorprendió una frase que aparecía en un artículo del periódico ABC.es: “Es como cambiar la batería de un ordenador. (Por ser la mitocondria el órgano celular encargado de suministrar energía). Con esa batería nueva el organismo funciona correctamente y la información del disco duro no se cambia”.

La frase me hizo pensar en cómo, a causa de la manipulación genética, el hombre puede reducir la búsqueda de un bebé a la adquisición de un producto, el cual queremos evitar a toda costa que salga defectuoso. Tal como la analogía que hizo el ABC con el cambio de batería de un ordenador.

Es cierto que todos los padres quieren que sus hijos nazcan sanos y dotados de las mejores capacidades físicas y mentales. Pero muchas veces el miedo a sufrir las consecuencias de la fragilidad propia y ajena, la cual ha acompañado siempre al ser humano en su terreno peregrinar, hace que las personas asocien la maravillosa experiencia de dar a luz con la adquisición de un producto del cual exigimos una óptima calidad a toda costa, incluso del sacrificio de otros embriones (seres humanos en miniatura).

Y aunque algunos científicos dicen que la técnica es segura, solo se sabrá de su efectividad cuando crezcan los primeros niños que nazcan luego de este tratamiento, tal como lo dijo el doctor Paul Knoepfler al diario británico The Telegraph: “Ya que este es territorio inexplorado y los niños nacidos de esta tecnología tendrían cambios genéticos hereditarios, hay también riesgos desconocidos significativos para las futuras generaciones”.

Se trata de vidas humanas objetos de experimento. Es irónico que a la hora de evitar enfermedades hereditarias, exista el riesgo de que contraigan otras nuevas que hasta el momento no tienen precedentes y que pueden venir de los efectos de la manipulación genética.

Al leer esta noticia recordé la película “El jardinero de Dios”, basada en la vida de padre Gregorio Mendel, descubridor de la genética, quien en uno de los diálogos, dijo con preocupación: “Espero que este descubrimiento no sea nunca aplicado para seleccionar al ser humano”.