UN MOVIMIENTO GENUINO POR EL CAMBIO SOCIAL
“La guerra es la salud del Estado”, escribió el crítico social Randolph Bourne en un ensayo clásico cuando Estados Unidos entraba a la I Guerra Mundial: “Automáticamente, eso pone en marcha a lo largo de la sociedad a esas irresistibles fuerzas por la uniformidad, por la cooperación apasionada con el Gobierno para imponer obediencia a los grupos e individuos minoritarios que carecen del sentido del rebaño mayor. Otros valores tales como la creación artística, el conocimiento, la razón, la belleza, el mejoramiento de la vida, son sacrificados al instante y casi de manera unánime, y las significativas clases que se han constituido en los agentes novatos del Estado participan no solo en sacrificar estos valores por sí mismos, sino en obligar a todas las otras personas a que los sacrifiquen’’.
Y, al servicio de las “clases significativas” de la sociedad estaba la intelectualidad.
El papel de la intelectualidad técnica en la toma de decisiones predomina en aquellas partes del país que están “al servicio de la técnica de guerra” y vinculados estrechamente con el gobierno, el cual absorbe el costo de su seguridad y crecimiento.
Causa poca extrañeza, entonces, que la intelectualidad técnica típicamente esté comprometida con lo que el biólogo Barrington Moore llamó en 1968 “la solución predatoria de reforma simbólica en casa e imperialismo contrarrevolucionario en el extranjero”.
Tradicionalmente, el intelectual ha quedado atrapado entre las demandas encontradas de verdad y poder. A él le gustaría verse como el hombre que busca discernir la verdad, decir la verdad como él la ve, actuar – colectivamente donde pueda, solo donde deba – para oponerse a la injusticia y la opresión, para contribuir a la formación de un mejor orden social.
El intelectual que aspire a este papel pudiera usar la retórica del social revolucionario o de la ingeniería social del Estado asistencialista en busca de su visión de una “meritocracia”, en la cual el conocimiento y la habilidad técnica confieren poder.
Quizá él se presente como parte de una “vanguardia revolucionaria” que encabeza la marcha hacia una nueva sociedad o como un experto técnico, aplicando “tecnología gradualmente” al manejo de una sociedad que puede enfrentar sus problemas sin cambios fundamentales.
Para algunos, la opción pudiera depender de poco más que una evaluación de la fuerza relativa de fuerzas sociales en competencia. Entonces, no causa sorpresa que los roles cambien muy comúnmente: el estudiante radical se convierte en el experto en contrainsurgencia.
El papel de intelectuales y activistas radicales, entonces, debe ser el de valorar y evaluar, de intentar persuadir, organizar, mas no tomar el poder y gobernar.
Estos comentarios son una útil guía para el intelectual radical. Suministran también un antídoto para el dogmatismo tan típico del discurso en la izquierda, con sus áridas certezas y fervor religioso con respecto a cuestiones que a duras penas se entienden; el equivalente autodestructivo de la izquierda a la arrogante superficialidad de los defensores del status quo, que no pueden percibir sus propios compromisos ideológicos más allá de lo que un pez puede percibir que nada en el mar.
Las oportunidades de que participen intelectuales en un genuino movimiento por el cambio social son muchas y variadas, y creo que ciertos principios generales están claros. Los intelectuales deben estar dispuestos a enfrentar hechos y abstenerse de erigir fantasías convenientes.
Ellos deben estar dispuestos a emprender el arduo y serio trabajo intelectual que se requiere para una verdadera contribución al entendimiento. Deben evitar la tentación de unirse a una represiva élite y deben contribuir a crear la política de masas que actuará en contra de – y tanto controlará como reemplazará a final de cuentas – las fuertes tendencias hacia la centralización y el autoritarismo que están profundamente arraigadas, mas no son ineludibles.
Ellos deben estar preparados para enfrentar represión y actuar en defensa de los valores que profesan. En una desarrollada sociedad industrial, existen muchas posibilidades para la activa participación popular en el control de importantes instituciones y la reconstrucción de la vida social.
En cierta medida, podemos crear el futuro en vez de meramente observar el flujo de sucesos. Dado lo que está en juego, sería criminal permitir que verdaderas oportunidades pasen sin ser exploradas.