Columnistas

Un país sin dios ni ley

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30 de julio de 2016

Por José Andrés Rubiano F.
Universidad de Antioquia
Comunicación Social. 7° semestre.
@Rubiano_

Desde que el Mundial de fútbol se jugó en medio del mar, en 2002, no he podido precisar las intenciones de los últimos presidentes de Colombia, dos para ser exacto; sí, no se asombre, dos presidentes en 16 años de historia nacional.

Hoy por hoy el presidente Santos batalla en solitario en la búsqueda de un reconocimiento que lo acredite como el gestor de la paz en Colombia. ¿Pero qué ocurre presidente? Breve, el pueblo no le cree.

Ahora bien, ¿En qué transcurren los días del ahora senador Álvaro Uribe Vélez? Supongo que ocupa su tiempo en los molestos trámites judiciales ante la siempre prudente y paciente justicia colombiana. Lo que es claro es que es bueno para entorpecer y fastidiar los diálogos que el actual gobierno ejecuta. ¿Sabe qué es lo que ocurre señor Uribe? Sencillo, el pueblo no le cree.

Pregunto, ¿será que la desmovilización de las autodefensas fue exitosa? En todo caso, dicen que echando a perder también se aprende, y de ser así está usted señor Uribe en todo su derecho de protestar, la ley se lo permite. De mi parte, preferiría un ambiente tranquilo en qué vivir y poder ver fútbol, la cosa es que tampoco le creo a Santos. Señor presidente, el pueblo está sufriendo y a usted le cuesta mirar un rato hacia abajo, ahí a donde están quienes esperan mejores tiempos. No se encargue de crear represiones, pues el odio en ningún caso trae buenas consecuencias.

Termino por creer que lo de Santos y Uribe es una demostración del “eterno retorno” del que Nietzsche hablaba. Ambos repitieron mandato presidencial, apelaron al terror cuando supieron que el pueblo habita con miedo, desarrollaron “procesos de paz” con grupos alzados en armas y a pesar de la súplica del pueblo mantuvieron firmes sus ideales: la polémica, la sangre y la desinformación. Ah, lo olvidaba, Uribe ganó el premio al Gran Colombiano, Santos, en honor a la profecía de Nietzsche, deberá apelar a su trofeo. ¿El Nobel de la paz quizás?

Yo en temas de política le creo a Alberto Aguirre, quien sugiere que los reconocimientos entorpecen al hombre, y creo que los hechos así lo demuestran. En fin, recuerdo que en ese Mundial del 2002, en Corea y Japón, Ronaldo quedó de goleador y de allí en adelante comenzaría a agonizar el ‘jogo bonito’.

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