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Un paliativo a la situación de los inmigrantes ilegales

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25 de noviembre de 2014

cvilla@fraternas.org

La alocución del presidente Barack Obama sobre la acción ejecutiva que busca regular la situación de los inmigrantes ilegales en Estados Unidos tuvo en vilo a casi todo su país.

Millones de hispanos tenían la esperanza puesta en que el anuncio del Presidente cambiara su situación de indocumentados, que viven a diario el drama de permanecer ocultos, sometidos a trabajos difíciles, obteniendo un mal salario y especialmente con el miedo constante a ser descubiertos, deportados y separados quizás para siempre de sus familias.

Una situación que, aunque dura, es, en muchos casos, más digna que la que tenían en sus países de origen (México como mayoría), donde la situación de violencia y desempleo los llevó a tomar medidas desesperadas y marcharse a un país desconocido y con un idioma diferente.

Muchos inmigrantes decidieron reunirse en casas o salones comunales como si se tratase de la final de un mundial de fútbol. Abrazados, con pancartas y banderas estadounidenses, escuchaban las palabras del Presidente.

Luego de algunas reflexiones iniciales sobre la historia y el contexto de la situación de inmigración en Estados Unidos, Obama dio a conocer las nuevas medidas que favorecerán a cerca de cinco millones de indocumentados que llegaron antes de 2010, tienen hijos nacidos o ciudadanos en Estados Unidos y que no tienen antecedentes penales.

Quienes pertenecen a este numeroso grupo aceptaron con alivio la nueva medida, la cual, sin embargo, no les garantiza ni la ciudadanía ni el derecho de establecerse de manera permanente. Se les ofrece solo la posibilidad de quedarse por tres años sin el temor a ser deportados.

Es justo que un Estado concentre sus fuerzas en deportar y castigar a los delincuentes, más que en separar a familias cuyo único delito ha sido el de llegar a un país para vivir en condiciones más humanas, aunque a costa de grandes dificultades y miedos.

Pero el discurso de Obama dejó decepcionados a unos seis millones de habitantes que no cumplen con todos los requisitos, entre ellos los padres de los dreamers, (indocumentados que llegaron a Estados Unidos siendo niños y que hoy son jóvenes adultos). Ellos tenían su esperanza puesta en la reforma migratoria que Obama ofreció desde su campaña presidencial. Llevan años pasando las penurias de ser ilegales pero aún así, hacen parte de la cultura y la vida cotidiana de Estados Unidos.

La acción ejecutiva de Barack Obama responde muy bien a la frase que usó en su alocución: “A pesar de que somos una nación de inmigrantes, también somos una nación de leyes”.

Resulta, pues, un paliativo para el hondo problema de la falta de una regulación inmigratoria y los efectos colaterales que esto trae (competencia ilegal, explotación y bajos salarios a los indocumentados, evasión de impuestos), y recuerda la urgencia de enfrentar, con el diálogo y el trabajo bipartidista, el tema desde la raíz, en un país compuesto por una rica miscelánea de inmigrantes y descendientes.

Como dijo una líder boliviana del grupo de los Dreamers: “Necesitamos una reforma permanente. El próximo presidente puede dar marcha atrás a la orden de Obama y todo nuestro trabajo no habría servido para nada. No vamos a bajar los brazos”.