Columnistas

Un puñado de valientes

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15 de abril de 2019

Una de las historias menos conocidas de la II Guerra Mundial es la de la Resistencia Noruega. Injusto, pues fueron ellos quienes lograron detener los planes de Hitler de hacerse con armamento atómico. Noruega no se involucró voluntariamente en la guerra. Tenían la esperanza de mantener la neutralidad que habían logrado durante la Primera Guerra. El problema esta vez era que Hitler necesitaba los recursos naturales de Noruega, no sólo para aliviar la economía golpeada por el esfuerzo bélico, sino porque en Noruega se había desarrollado con enorme eficiencia el agua pesada, elemento crítico para la fisión nuclear que produjo la bomba atómica.

El agua pesada que los nazis compraban a la empresa Norsk Hydro salía de la planta de Vemork. Aunque muchos dudaron de que realmente la estuvieran usando para el desarrollo de un arma de destrucción masiva otros prefirieron no esperar. Tanto Churchill como los miembros de la Resistencia Noruega sabían que si no lograban detener la ambición atómica de los alemanes lo más seguro es que usarían ese armamento para acabar definitivamente con Londres.

La ocupación alemana de Noruega comenzó el 9 de abril de 1940. Entonces el ejército noruego estaba muy mal preparado para hacer frente militar a la Wehrmacht. A los alemanes no les costó mucho ejecutar la ocupación ni montar un gobierno títere de coexistencia que impuso grandes penurias a la sociedad, racionando los alimentos e imponiendo sus arbitrariedades ideológicas. Pero aunque el dominio físico fue fácil, el dominio espiritual fue imposible. De hecho el descontento con el gobierno colaboracionista fue precisamente ese, que nunca logró convencer a la población de aceptar la ocupación.

Un gesto importantísimo fue el del Rey Haakon VII. El rey había sido electo en 1905 y el amor por su país y su vocación democrática lo llevaron a desafiar la ocupación y a convertirse en el primer miembro de la resistencia. El día de la invasión el rey salió del país junto con su gobierno. Para entonces un miembro del partido fascista había asumido el poder y pedido al rey su reconocimiento. Haakon dijo a su gobierno que no aceptaría y que si ellos decidían plegarse él dedicaría. Pero el gobierno también se negó a reconocer a los colaboracionistas y Haakon pronunció el discurso que movió a los noruegos a resistir durante años, dijo que ni él ni ningún Noruego debería descansar hasta echar del país a los invasores.

Miles de noruegos se arriesgaron. Muchos fueron descubiertos, detenidos, torturados, asesinados. No sólo mantuvieron el espíritu de lucha, escupiendo a los nazis, negándose a aceptarlos, sino que una operación especial saboteó la producción de agua pesada e impidió que los alemanes se hicieran con la bomba. Estos hombres y mujeres son el ejemplo de libertad que hoy necesita de nuevo la humanidad. El individuo que no se rinde. Que no se deja embaucar. Que lucha porque sabe que bajo opresión no hay vida. No sólo son los ejércitos los que liberan son también los individuos que no renuncian a la libertad.

No debemos perder de vista las grandes lecciones de la historia, pero tampoco las que nos dejan los grandes gestos de un puñado de valientes.