Columnistas

Un Testimonio Dramático y Revelador

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28 de octubre de 2017

Ayer una amiga me envió un mensaje dramático que le había llegado; es un fragmento de la realidad social y cultural en la cual vive la ciudad.

“Eran las 6:45 pm, mi hijo y yo salimos de la Universidad Nacional, caminando hacia el Centro Comercial Florida, bajaba corriendo un joven sin camisa, sin zapatos, angustiado, lloraba, quizás tenía 15, 16 años, nos abordó desesperado, nos dijo que por favor lo ayudáramos, que le habían robado en el cerro y lo habían violado. [Asustado] corrí con mi hijo a la Policía Antioquia que está a tres cuadras, no supe que hacer. Hablé con los policías, mi hijo temblaba”.

Aún si uno entiende que un padre se preocupe primero por su hijo, el testimonio al mismo tiempo nos permite hacer una reflexión más amplia. Porque en este testimonio se entretejen violencia, miedo, y desconfianza. Es un fragmento de la condición social y cultural en la cual vive la ciudad, una realidad que está fragmentada, y donde se niegan los vínculos humanos que nos unen. Vivimos separados, aislados, sin la capacidad de conectarnos y de reconocer a nosotros mismos en los demás.

O sea, vivimos en una realidad que es deshumanizante. Por qué, como dice un proverbio sudafricano, cada persona es persona a través de otras personas: umuntu ngumuntu ngabantu. Dejamos de ser personas.

Claro, uno puede ver esta realidad como el resultado de una larga historia. Uno podría encontrar el origen del contexto cultural en el cual se vive hoy, en los herederos de los españoles, que bajaron desde Santa Fe y fundaron a Medellín, no sin antes masacrar a los pueblos originarios que vivían en el valle de Aburra; en las élites políticas que a lo largo de la historia patrocinaron la violencia para defender sus intereses; en los mafiosos del narcotráfico, que no solamente representaron la difusión exponencial del crimen organizado, sino también la revancha de unas élites emergentes contra las oligarquías tradicionales, cerradas como castas impenetrables y bien aferradas a sus privilegios.

Pero quizás esto en sí mismo no lo explica todo. Porque también la desigualdad, la exclusión y la violencia no son la causa, sino el síntoma de algo que está en el fondo; de hecho, la raíz de estos fenómenos está en la noción de quién es el otro. En otras palabras, el pecado original está en negar que el otro comparte la misma humanidad de uno, y por eso también la misma dignidad.

Negar eso, es disminuir al otro, por eso puede ser conquistado, humillado, esclavizado, explotado, y hasta puede ser torturado y asesinado. Es la reducción del otro a un ser inferior lo que provoca su deshumanización. Pero la deshumanización del otro, termina también deshumanizándolo a uno. El resultado de este proceso es la realidad que vivimos, y que es el producto de los modelos mentales y de las acciones de todos, sin excluir a nadie. Quizás tomar conciencia de nuestra deshumanización colectiva, y asumir la responsabilidad, sea el primer paso hacia un cambio autentico.