UNA INVITACIÓN LUMINOSA A LA ESPERANZA
En el relato de la Transfiguración que corresponde al Evangelio de este domingo (Marcos 9, 2-10) Jesús invita a sus discípulos a renovar su esperanza en virtud de la fe en su resurrección, prenda y garantía de la resurrección de toda persona que crea en sus enseñanzas y procure llevarlas a la práctica.
Jesús mismo les había dicho inmediatamente antes que le iban dar muerte en una cruz (Marcos 8, 31). De esta forma les había anunciado lo que iba a ser su propio sacrificio redentor, por el que Él, Dios hecho hombre, les daría un nuevo sentido a las ofrendas o “sacrificios” que se hacían en la antigüedad: el don de sí mismo hasta la entrega de la propia vida.
Este nuevo sentido de la ofrenda a Dios es el que les había dicho que también ellos debían realizar si querían ser sus seguidores: “Si alguno quiere ser discípulo mío, olvídese de sí mismo, cargue con su cruz y sígame” (Marcos 8, 34).
El anuncio de su pasión y muerte, así como la exhortación a tomar cada uno la propia cruz, habían causado en aquellos primeros discípulos un efecto de desaliento. Pero también Jesús les había dicho que iba a resucitar. Por eso en la Transfiguración les manifiesta luminosamente su gloria para fortalecerlos en la fe, haciéndoles ver en forma luminosa lo que sería el acontecimiento pascual de su resurrección e indicándoles que en Él se cumplirían las promesas contenidas en el Antiguo Testamento, específicamente en los textos bíblicos de la Ley y de los profetas, simbolizados por las figuras de Moisés y Elías. Pero esto sólo lo entenderían en su verdadero sentido después de la muerte de Jesús, lo cual explica por qué Él les dice que no cuenten a nadie lo que habían visto, “hasta que el Hijo del Hombre haya resucitado”.
También nosotros necesitamos que, en medio de la oscuridad de las circunstancias difíciles, el Señor se nos manifieste iluminándonos y dándonos la fuerza que necesitamos para no desfallecer en el camino de la vida.
Pero para que esto suceda, es preciso que busquemos espacios para disponernos a atender la voz de Dios que nos dice, como a aquellos discípulos: “Este es mi Hijo predilecto, escúchenlo”.