Columnistas

Una mujer no nos pertenece

21 de julio de 2016

Si yo fuera mujer viviría más indignada que muchas mujeres que conozco. Apenas sería suficiente repasar algunos pasajes de la historia para sentir que ese axioma de la inferioridad ha hecho un daño incalculable. Aristóteles decía que “el varón es por naturaleza superior y la mujer inferior, y uno domina y el otro es dominado”. Lo mismo pensaban Cicerón, Ulpiano, Filón de Alejandría y Flavio Josefo, por mencionar solo algunos de esos hombres que siempre vivieron muy agradecidos al no tener que ser: hija, esposa, madre y viuda, no más.

Lo curioso es que esta idea tan arraigada en el mundo antiguo, sigue vigente para muchos hombres del mundo contemporáneo, y esos comportamientos del pasado, que al leerlos en los libros de historia nos parecerían salvajadas, sencillamente hoy se repiten como si los días apenas nos hubieran cambiado los trajes.

Tanto en la antigüedad, como ahora, tenemos claro que desde el instante del nacimiento una mujer corre más riesgos que un hombre. En aquel entonces, como lo recuerdan Bonnie S. Anderson y Judith P. Zinsser, en “Historia de las mujeres”, una vez que la mujer crecía corría el riesgo de ser violada. Incluso al cuidado de su familia, una muchacha podía no estar a salvo, como ahora, cuando descubrimos en la mayoría de informes sobre abusos contra las mujeres, lo mucho que están involucrados los familiares.

En 1412 el florentino Antonio di Tome adoptó a Margherita, su sobrina huérfana. Un día que ella le llevó la comida al bosque donde él cortaba leña, la violó. Cuando Margherita protestó su tío la amenazó con matarla. ¿Cuántos casos como este se esconderán en nuestro país? “Los archivos de las ciudades desde los siglos XIV al XVII en Italia, Francia e Inglaterra hablan de mujeres violadas por todo tipo de hombres: sus huéspedes, los amos para los que servían, soldados, un barquero contratado para transportarla, estudiantes, bandas de jornaleros”, recuerdan Anderson y Zinsser. En aquel entonces, la responsabilidad recaía sobre las mujeres atacadas porque casi siempre el atacante acusaba a la mujer de ser una “prostituta” y de esa manera justificaba el acto. Peor aún, los ingleses del siglo XVII creían que el embarazo demostraba consentimiento por parte de la mujer. “Como otros hombres europeos de épocas anteriores, razonaban que la concepción solo podía producirse con el orgasmo, y por tanto la mujer embarazada era condenada”.

Así como la violación se convertía en culpa de la víctima, y rara vez era castigada como crimen, maltratar físicamente a una esposa parecía un merecido castigo y significaba que un hombre controlaba su matrimonio. Insisto, las cosas no han cambiado mucho, al menos en nuestro país. Todavía cuando una mujer es violada o abusada enfrenta ante los demás la culpa que ella tuvo en el ataque, algo inadmisible.

¿Pero qué hacer para que esto no siga ocurriendo? Parafraseando lo que dice Martha Lucía Uribe en su capítulo del libro “Las mujeres en la historia de Colombia”, lo que hay que hacer es romper el aislamiento de las mujeres, que no teman hablar, denunciar, crear lazos de solidaridad, trabajar por el fortalecimiento de la autoestima y el logro de los recursos necesarios para la erradicación de la violencia; y en esto los hombres tenemos una responsabilidad histórica: saber que una mujer no nos pertenece y que el respeto hacia ese ser humano, que no es para nada inferior, debe ser nuestra bandera de la reconciliación.