Columnistas

Una nueva narrativa para América Latina

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26 de noviembre de 2018

América Latina es una herida abierta. El que nace, crece, vive y recorre, realmente recorre un país de América Latina, no sólo por sus calles, sino por su pasado y su coyuntura actual sabe que este es un continente que se padece. Latinoamérica tan cerca que pareciera estar del cielo, pero tan sumida en sus infiernos particulares. La alegría de vivir, la fe incondicional, la esperanza eterna en salvadores terrenales o divinos, se mezcla con la convicción que otra realidad es imposible. La violencia, la corrupción, lo más oscuro del ser humano, la antropofagia disimulada de la vida que se basa en caminar por encima de los cadáveres, de la existencia mutilada de otros hombres, parece ser la única narrativa de la que nos creemos capaces.

No engañamos a nadie. Los latinoamericanos no sabemos ser libres. Tampoco queremos asumir lo que somos. Es como si todavía estuviéramos parados a la orilla de la playa añorando la partida del último barco español. Diría que no es culpa nuestra, que después de todo, nadie nace aprendido y que hacer un país, un continente no es cuestión de un siglo o dos. Que eso suena a mucho tiempo pero que realidad no es nada. Que nuestras existencias son en realidad un punto mínimo, casi imperceptible en la historia de la humanidad.

Y sin embargo, vivimos negando nuestra tara de no querer mirar al pasado, como si nos horrorizara reconocer que venimos de la pirámide, de la cara pintada, del guerrero, de la civilización perdida que adoraba al sol, al maíz, al jaguar. Es como si nos diera miedo mirar allí adentro. Como si el pasado indígena fuese un lastre. Y entonces pasamos de la negación a la demonización, porque cuando la Historia de la América Pre-Hispana, original, nativa, no se niega, entonces se victimiza, y pierde su grandeza. Al final del día sigue siendo una historia revisitada por vencedores que en absoluto buscan reescribir una narrativa de empoderamiento, sino utilizar un pasado que naufragó para convertirse en los nuevos vencedores. Es la historia de nuestro continente. Unos sobre otros, pero rara vez, por no decir que nunca, unos al lado de otros.

Hay muchas historias que contar, pero que nadie está contando. O se idealiza la realidad, o se romantiza, la pobreza, el sufrimiento, la tiranía, o entonces lo que vemos es la normalización y hasta la glorificación de nuestros peores problemas, desde el narcotráfico hasta la corrupción, la violencia, el machismo.

Nuestra narrativa se ha construido sobre una visión negativa de lo que somos. No tenemos memoria, ni para lo malo, pero mucho menos para lo bueno, y la tragedia se nos hace algo inevitable, sentimos que venimos de una opresión que aún doscientos años después de la independencia no podemos quitarnos de encima. Es como si no entendiéramos bien para qué nos liberamos o cómo ser realmente libres.

Y sin embargo entre los recovecos de nuestra cultura, del lenguaje, de la gastronomía, la literatura, la poesía, las tradiciones hay una identidad latente, llena de riqueza y de las expresiones más bellas del ser humano. América Latina es una familia enorme, que comparte un destino común, heredera de imperios, de mitología, de historias, de tecnología y grandeza.

América Latina no rompe con su destino trágico, parece siempre una amazona irreductible que carga con una piedra como la de Sísifo, tan cerca siempre de la gloria y cayendo al último momento para volver a comenzar. Dictadores, capos, guerrilleros. Pobreza, dolor y violencia parecen la marca de nuestro destino. Estamos convencidos de que la opresión nos reduce, que no tenemos poder. Pero quizás el tema con América Latina es que no hemos aprendido a ser libres, no lo hemos creído posible. Es para poder cerrar todas las brechas que ahorcan nuestra productividad y prosperidad, que nos limitan y a veces nos hacen sentir que estamos condenados al fracaso, primero tenemos que soñar con lo posible.

Cuando descubramos el potencial que tenemos, nos reconciliemos con nuestro pasado y desarrollemos nuestra imaginación lograremos comenzar a construir una América diferente. Si algo tiene nuestra historia que enseñarnos es que las grandes proezas nacen en el alma de quienes que se atreven a soñar, creen en esos sueños y se deciden a construirlos .