UNA VIDA SIN PAPELES
Los certificados de nacimiento de mis hijos, ambos nacidos aquí hace ocho y cuatro años. Los recibos que demuestran que pagué los impuestos sobre el trailer en el que vivíamos. El historial médico de mis hijos. Un cerro de documentos que demuestran que he vivido en Texas por más de 12 años, y que mi hijo y mi hija son ciudadanos de los Estados Unidos.
Mantengo todos estos papeles en un cajón al lado de mi cama, para tener fácil acceso a ellos tan pronto los necesite. Estos son los documentos que supuestamente me iban a permitir aplicar a un nuevo programa, Acción Diferida para Padres de Americanos, los documentos que me protegerían, por un tiempo, de la deportación y me darían algo de descanso del miedo constante que viene con la vida como inmigrante indocumentado. “Por qué necesitas esos papeles?” me pregunta mi hijo un día en enero, mientras me observa buscar entre bolsas y morrales que he guardado durante años en un estante en mi clóset, en busca de una cuenta más, un certificado más, un papel más que tal vez me ayude con las solicitudes para mi esposo y yo.
Él sabe que mantengo el televisor en el canal de Univisión desde que el presidente Barack Obama anunció su acción ejecutiva en noviembre. Escuché con cuidado al periodista Jorge Ramos mientras explicaba los requerimientos de la solicitud y me di cuenta de que clasificamos. Estaba viendo cuando, hace dos semanas, un juez federal frenó temporalmente el programa. Estoy pendiente de qué sucederá ahora. Mi hijo no entiende por qué estoy tan ansiosa. Él tiene ocho años. Él tiene número de seguridad social y podría viajar por fuera del país si lo desea.
Entonces le digo: quiero poder viajar también. Quiero llevarlo al Valle de Río Grande, donde vive su abuelo, el abuelo a quien nunca ha conocido, porque tenemos que pasar por un punto de inspección de inmigración para llegar a esa parte de Texas.
Hay más, claro, quiero recorrer la corta distancia hasta el mercado sin preocuparme porque el carro de la policía que está detrás me va a detener y exigir documentos que no tengo. Quiero poder buscar un buen trabajo para poder ayudar a sostener a mi familia. Quiero llevar a mis hijos al colegio por la mañana sin preocuparme por si ese tal vez será el último día que tendré con ellos.
Su niñez aquí en Houston ya es tan diferente de la mía. Yo nací y fui criada en Río Bravo, en el estado mexicano de Tamaulipas. Tenía 12 años cuando mi madre me dijo que ya no podía enviarme al colegio. Me necesitaba en casa para ayudar con mis hermanos y mantener limpia la casa. Cuando tenía 17 años una de mis hermanas mayores, quien ya se había trasladado a Houston, me invitó a unirme a ella. Ella tenía 20 años y me pidió que le ayudara a cuidar a su bebé para que ella pudiera trabajar. Sabiendo que tenía poco que perder, crucé, sin documentos, pero con la bendición de mi madre.
Rápidamente me di cuenta de que la vida como una persona indocumentada en E.U. no era lo que me había imaginado. Sin documentos, estudiar no tenía sentido. El único trabajo que pude encontrar era cuidando a los hijos de otros, ganando unos pocos dólares en efectivo al final de cada día.
Eventualmente conocí a mi esposo, también un inmigrante indocumentado de México. Él encontró trabajo como mecánico. Vivimos con mis suegros y yo me quedo en casa con nuestros hijos. Juntos hemos tejido una hermosa familia. Pero son 12 años de vivir cautelosamente, al margen. En noviembre, parecía que íbamos a poder alejarnos, lentamente, de esas márgenes. Tendríamos un descanso temporal. Recogí mis documentos y los guardé bien. Estábamos preparados.
Luego un juez le puso freno a todo. Todo lo que habíamos trabajado para lograr, un descanso de la vida en las sombras, ahora en pausa, en limbo, tal vez nunca será realidad. Aún estoy tratando de organizar a las personas para que vayan a reuniones y que estén listas cuando el programa siga adelante.
Hago llamadas, tratando de que asistan. Escucho muchas dudas. ¿Por qué aprender sobre un programa que tal vez nunca salga adelante?
Les digo lo que me he dicho a mí misma: que tenemos que estar preparados para cuando vengan las buenas noticias. Tengo mis documentos listos, en ese cajón cerca a mi cama. No dejo la esperanza