Columnistas

UNOS RETOS INMENSOS

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18 de junio de 2018

Pasada la alharaca del debate electoral que como nunca polarizó a la nación, es pertinente mostrar los más salientes desafíos que debe enfrentar quien ha sido ungido como futuro presidente. Sin duda, lo primero que él deberá poner en orden es la economía: el país tiene una deuda externa que frisa los ciento veinticinco mil millones de dólares; la inversión extranjera ha disminuido de forma evidente; han caído las exportaciones; y, se deben recuperar nuestros recursos naturales saqueados por propios y extraños, so pena de que el futuro solo nos depare un territorio inhóspito.

En el plano social, él debe tomar medidas para combatir los azarosos desequilibrios existentes en un país ubicado como el séptimo más desigual en el mundo; tiene que velar por la redención de ocho millones de habitantes en situación de pobreza extrema, para que puedan acceder a los servicios públicos básicos, salud, educación, trabajo y vivienda. Debe combatir el desempleo que hoy asuela al diez por ciento de la población productiva, esto sin hablar del subempleo; incluso, está llamado a velar por las necesidades de millones de refugiados venezolanos desplazados por el régimen criminal de Maduro, para repartir sus “cargas” sociales con otros países.

De igual forma, en el ámbito político el escogido –quien tiene a su haber una representación minoritaria en el Congreso– está forzado a gobernar con el apoyo de los mismos que rodearon al régimen pusilánime, rapaz y mediocre, que encarna el gobernante saliente. En otras palabras, así suene paradójico, está secuestrado por la misma clase política que desde hace mucho raptó a la sociedad civil y tiene que enfrentar con entereza el monstruo de la corrupción; además, en tratándose de su propia coalición, está compelido a sofocar los desmedidos apetitos y la fogosidad de la señora vicepresidenta electa, quien parece ignorar las funciones constitucionales que le corresponderán.

Incluso, ese joven dirigente debe gobernar con una oposición muy crítica para la cual el único dilema posible es el de la paz o la guerra; un desafío nada fácil, máxime si ella se apuntala en el voto de diez millones de compatriotas descontentos. Por eso, los vientos del mesianismo, el caudillismo barato, el aventurerismo –muy al estilo de los impulsados por los patibularios que despedazaron a Venezuela–, no auguran ninguna estabilidad institucional.

Por lo demás, es un imperativo que el nuevo gobierno luche contra las bandas criminales dedicadas a todo tipo de actividades ilícitas: minería, tráfico ilegal de drogas, extorsión, secuestro, chantaje, trata de personas, tráfico ilegal de armas, asesinatos –y, por supuesto, deberá ayudar a esclarecer quién elimina, de forma sistemática, a los líderes sociales–, etc. Y, lo más relevante, ha de velar porque se edifique una administración de justicia imparcial, independiente y honesta que luche contra esos flagelos, sin carteles de la toga, funcionarios dedicados a hacer política, o ineptos, etc.

Incluso, es preciso destacar que el nuevo jefe de Estado debe lidiar una situación internacional muy tensa y conflictiva (las grandes potencias están guiadas por incompetentes o charlatanes) que no ayuda a la estabilidad de los estados, mientras los fantasmas de la cleptocracia y la violencia lo corroen todo, porque los odios y el interés por enriquecerse a costa de lo público son tan profundos que no permiten edificar sociedades donde quepamos todos.

Así las cosas, al mandatario nombrado le corresponde enfrentar esos y otros mayúsculos desafíos apoyado por una jauría de lobos hambrientos, que quiere imponer sus propias condiciones sin regalar nada; y, por supuesto, si él quiere salir adelante debe rodearse de los mejores y más experimentados, con el rechazo decidido de la improvisación so pena de terminar realizando una gestión similar a la de algunos gobernantes locales, a quienes solo se les puede calificar con diminutivos. Solo así, entonces, se podrá intentar echar las bases de un país moderno y comprometido con los más humildes, donde por fin sonría una paz sin engaños.