Columnistas

Uribe, el aguafiestas

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16 de octubre de 2016

Para quienes creen en el liderazgo político y las tesis de Álvaro Uribe, las controversias y el debate de los que piensan diferente se convirtieron en actos sacrílegos, sin importar que él ya no esté al frente del Gobierno. Es una especie de inmovilidad retratada, por ejemplo, en que insistan en llamarle presidente, aunque ya sea expresidente y senador de la República.

El uribismo por momentos deja de ser un movimiento político para convertirse en religión. En verdad revelada. Y ayyy de aquellos que osan oponerse a la palabra del jerarca supremo. Su verbo, su grandilocuencia es adictiva y de ella aceptan desprenderse sus fieles solo cuando el destino los convierta en saco de huesos. Es un matrimonio ferviente: hasta que la muerte los separe. Regla que confirma la excepción del infiel Juan Manuel Santos. “Judas Manuel”, lo llaman los “furibistas”.

Por ello mismo, el influjo de Uribe sobre los destinos de la nación aún es tan innegable como notorio. Resultaría bastante obtuso desconocer que él tiene un peso específico en las batallas políticas actuales de la nación, además con lo que tuvo de protagonista en las militares durante sus dos períodos en la Presidencia.

Por eso es importante que Álvaro Uribe entienda y asuma, con enorme responsabilidad, el papel y el lugar que quiere ocupar dentro de unos años en la historia del país.

Se lo acaba de recomendar en un editorial The New York Times, el primero de los diez periódicos más influyentes del planeta:

“No es demasiado tarde para Uribe, quien mantiene su popularidad entre los colombianos, para empezar a comportarse como un hombre de Estado y no como un aguafiestas. (...) Uribe necesita ser constructivo. (...) Uribe hizo una serie de peticiones poco realistas sobre el acuerdo con las Farc”. Hasta aquí el Times.

Esa categoría de “aguafiestas” que empleó el diario se corrobora con lo que piensan muchos ciudadanos que hoy ven a Uribe convertido en un opositor cerrero, en quien no se advierte con claridad si lo que le importa genuinamente es el perfeccionamiento de los acuerdos con las Farc o si en definitiva no le interesa una salida negociada y política con la guerrilla, mientras que en su cabeza gravita la idea de retomar el Palacio de Nariño con alguno de sus tres obedientes candidatos (Carlos Holmes, Óscar Iván Zuluaga o Iván Duque), para imponer la rendición subversiva o insistir incluso en el exterminio militar de su pesadilla, “la Far”.

Uribe debe elegir y dar señales prontas sobre cuál es el objetivo final de su No. Para que el país tenga claro si está ante el estadista capaz de procurar el bien común y superior de la paz, o si en últimas no ha renunciado a su idea de aplastar al enemigo, con todos los costos humanos, económicos y políticos que pueda tener para Colombia insistir en la opción militar para terminar el conflicto. Y aquí, para verdades y razones, juega un elemento perentorio: el tiempo.