Columnistas

Violencia y fútbol

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29 de noviembre de 2018

En el fútbol no había violencia como no la hay en ningún otro espectáculo. Era alegría y diversión lo que se manifestaba en cualquier encuentro futbolístico. Todo cambió desde cuando las barras dejaron de ser apoyo para su equipo a ser las “barras bravas”. Ese calificativo las induce a ser fieles a ese nombre, bravas. Empezó en Inglaterra y se copió en todos los países del mundo.

Lo que pasó en Buenos Aires es consecuencia de lo que pasa con las barras, con los dirigentes de los equipos que no hacen nada por el control de los aficionados y por las altas autoridades del fútbol mundial que se empeñan en no cambiar algunas de las reglas de este deporte y que inducen a la violencia en la cancha y entre los aficionados.

La Fifa ha hecho unos pequeños cambios en el fútbol, pero insuficientes para que sea un deporte de alegría y de paz. De fondo y en cuanto al juego, poco ha hecho. Los jugadores y los entrenadores aprovechan algunas de las reglas para sacar ventaja. Pongo algunos ejemplos que se pueden solucionar con el cambio de unas pocas de esas reglas:

Considero que el tiempo de juego fijo es aprovechado para sacar a flote las mañas que se inventan entrenadores y jugadores. Lo vimos con claridad en el último partido entre el Junior de Barranquilla y el equipo de Rionegro. Si se midiera el tiempo verdadero de juego, estoy seguro de que no se jugaron más de sesenta minutos.

Cuando un equipo va perdiendo, se convierte en factor de violencia el que el otro equipo aplique todas las mañas para perder tiempo: un portero que aplana el terreno antes de hacer un saque de portería, que cuando atrapa el balón hace señas inútiles a los jugadores y demora en patear el balón, que recibe un balón y se tira al suelo mirando para lado y lado como si lo fueran a atacar para quitarle la bola, todo eso cuenta en el tiempo.

Cuando la bola sale por las líneas laterales, si el saque le corresponde al equipo que va ganando, quien saca el balón con las dos manos hace señas, se mueve de lado a lado, hace como si fuera a sacar y, al fin, lo que logra es perder tiempo.

Si un jugador es golpeado se tira al piso, se revuelca, da puños en el suelo, se queja, llegan los asistentes, le echan agua o le rocían un líquido, sale aliviado sin ningún problema para seguir jugando, pero perdió un buen tiempo.

Cuando se comete una falta, el jugador del equipo que gana, tira la bola lejos para que se pierdan unos segundos que, a la larga, suman muchos minutos.

Todas esas mañas y muchas más, hacen que se exasperen los ánimos, que se llegue a la violencia y que el fútbol se vuelva un peligro como se está volviendo entre el público, en la cancha y en las afueras de los estadios.

El tiempo contado, sólo de juego real, acaba buena parte de la violencia. Dicen que el fútbol es un juego rápido y que el sistema de tiempo jugado lo haría lento. El basquetbol es más rápido y se utiliza el tiempo jugado.