Viviremos 100 años
Lo mismo da si fue antes el huevo o la gallina. Si me convertí en un vampiro por culpa del oficio periodístico o si siempre fui un ave nocturna y busqué entre las paredes de un diario el pretexto perfecto para alargar las madrugadas en busca del elixir de la eterna juventud. De cualquier forma, es tarde ya para cambiar. La noche es el laboratorio perfecto para mis experimentos. El pasado fin de semana concluí el último con unos resultados sorprendentes. Tras dos años intensos de noches interminables, deambulando por garitos y bares de medio mundo, he concluido que viviremos 100 años. Por lo menos.
Hace apenas medio siglo, los hombres y las mujeres de treinta años entraban en la madurez y los de cincuenta se acercaban peligrosamente a la vejez. Con sesenta, abundaban los abuelos; y a los setenta, si se llegaba, era el momento de hacer testamento y poco más. De ahí no pasaba ni el más sano entre los sanos. Ni en Japón, cuna de viejos extremos, se atrevían a desafiar las leyes de la naturaleza más allá de los 80.
Cincuenta años después, entro en el restaurante de moda de Sao Paulo y, entre el impresionante skyline de la ciudad, solo diviso mujeres rotundas que bordean los 40 y acompañantes que peinan canas desde una madurez excelsa y musculada en horas de gimnasio. Los adultescentes son los nuevos reyes de la noche. En Madrid, Londres, Nueva York o Ciudad de México los teatros están llenos de octogenarios que deberían llevar diez años criando malvas y que, sin embargo, copan las reservas en los restaurantes finos sin preocuparse por la digestión que vendrá después.
Ni siquiera temen estar jugando a la ruleta rusa, pues con una pastillita valdrá para pasar el trago. Junto a ellos, honrados padres de familia continúan la noche entre cócteles y ríos de vodka y de ginebra premium, y llegada la hora bruja, a eso de las dos de la mañana, las pistas de baile están tomadas por hembras majestuosas, desatadas sobre tacones imposibles a los que no osarían subirse ni sus hijas quinceañeras. Recuerdo ahora que mis padres, con ochenta y pico años a sus espaldas cada uno y una salud de hierro que para mí quisiera, jamás pisaron un garito más allá de los 40. En contadas ocasiones salían de parranda, quizá en alguna boda, volcados como estaban en la crianza de sus hijos. Y como ellos, todos sus coetáneos. Hoy, sin embargo, abundan los cuarentones cuya única preocupación es disfrutar el momento. Acuden a conciertos, son los primeros en seguir las tendencias, en fichar los clubes de moda y en practicar los deportes más extremos. Unos saltan de pareja en pareja, alérgicos al compromiso, otros se lamen las heridas del divorcio o la separación buscando compulsivamente otra pareja y el resto, pese a llevar anillo, siguen la estela. Ellas aprovechan para pasar por el taller estético y renovar por completo chapa y pintura. Ellos, para adquirir un biplaza deportivo en el que no caben los niños. Viajan y compran sin freno porque tiempo habrá de sentar la cabeza en unas décadas. Están en el mejor momento.
No hay más que echar un vistazo a Hollywood. Dos de los hombres más deseados del momento son Bradley Cooper y George Cloney. Me lo confirman mis fuentes, mujeres de entre 25 y 30 años. Uno protagoniza, en su papel de falso joven, cintas en las que más pareciera un veinteañero distraído por el alcohol y las drogas que el cuarentañero inminente que es. El otro, recién casado en segundas nupcias a los 53, lleva instalado en una madurez inalterable más de una década. Y qué decir de señoras como Jennifer López (45), Halle Berry (48), Sofía Vergara (42) o Charlize Theron (39), que lideran las listas de mujeres más sexys del mundo año tras año.
La esperanza de vida media en los países desarrollados ronda los 82 años. En España, uno de los lugares donde más se vive, sobre todo las mujeres, que alcanzan los 85 años, la esperanza de vida media alcanzará los 90 años en 2050. De hecho, los demógrafos señalan que un niño nacido hoy mismo en España tendrá un 50% de posibilidades de alcanzar los 110 años. El sueño de la eterna juventud está al alcance de la mano. Quizá ya sea hora de que baje el ritmo. O no llego .