Columnistas

Vomitivos burgueses de lo público

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03 de julio de 2016

Es un síntoma de los buenos burgueses perder la memoria sobre sus rebeldías pasadas. Dejar atrás en el camino del olvido cualquier estampa de agitación juvenil, universitaria, acaso el tono contestatario de la iniciación en la vida laboral. Con el tiempo, todo se vuelve zona de confort. A esta clase de renegado puede agregarse una peor: la de unos tantos que terminan incursos en política.

Empieza la fascinación con el poder que ejercen en los habitáculos públicos. Esas oficinas en las que ordenan desde un tinto hasta un proyecto que se pagará con la plata de otros, y que a veces puede rendir un rédito oscuro. Que da margen para el zarpazo.

Empiezan a calentarse también los calzoncillos o los calzones, según sea el caso. En esa espiral de la burocracia oficial siempre hay candidatos esperando un turno de arribismo cuyo encumbramiento puede empezar en las sábanas. “Tú me das... yo te doy”.

Y con esa misma actitud de mercaderes de lo más privado hasta lo más público, aquella nueva burguesía, pero no la clásica del burgo del comercio, sino la de entre las paredes de los palacios gubernamentales, comienza a feriar desde la conciencia hasta las aulas de los más pobres. Todo tiene un precio que se tasa según el monto del desfalco: de “tomar para sí un caudal que se tenía bajo obligación de custodia”.

Asistir a la desfachatez de los titulares que denuncian el reparto de este Estado a pedazos, sin importar los prontuarios de algunos y las fundadas dudas sobre otros, es como aplicarse uno de esos viejos vomitivos de las abuelas para expulsar los parásitos y los males, pero que siempre dejaba huevos para que los bichos se reengendraran.

La manera en que lo público se ha convertido en una vía para erigir nuevos burgueses tiene su historia: antes se acuñaba una expresión: burgo podrido: circunscripción electoral dominada habitualmente por caciques políticos.

Este país tiene demasiados burgos podridos, en la Costa, en los Santanderes, en Chocó, en Cundinamarca, en Antioquia. Los manejan con cinismo y con probada desvergüenza ciertos jefes políticos que contra cualquier indignación pública atornillan farsantes a los escritorios.

Los ha habido durante los últimos 25 años por montones. Los hubo siempre. El de arriba nombra y los que le siguen en la pirámide desangran sin piedad. Le dan puñaladas al erario delante de “las autoridades competentes”, que callan, que archivan, que exoneran, que precluyen.

Es legítimo que el buen burgués acumule bienes con su obra y su capital. Pero avergüenza y ofende que se haga rico aquel que engaña, tima y malversa lo que es de todos.