Vuelve y juega Macondo
Vuelve y juega Macondo. La semana pasada, el movimiento político Fuerza Alternativa Revolucionara del Común (Farc), ese que hasta hace poquito era la guerrilla más sanguinaria del mundo, ejerció el derecho adquirido durante el proceso de paz de empezar a participar en política, como el colofón de cambiar las balas por los votos.
Más allá de conocer los nombres para llenar el regalo que les dio el Gobierno de contar de entrada con 10 curules en el Congreso, la cosa tuvo un matiz indignante cuando anunciaron la candidatura presidencial de su líder, Rodrigo Londoño, alias Timochenko.
Eso de que Timochenko se lance a Presidencia sonó a un mal chiste, originado en una negociación con lobos disfrazados de ovejas, quienes hábilmente lograron dejar un montón de vacíos que con el tiempo se llenan a punta de concesiones obtenidas en La Habana, las cuales terminarán siendo nefastas porque animan a Timochenko y su combo a creer que Colombia será el país que dibujaron en su rancia y anacrónica visión del poder.
No en vano, como si se estuvieran creyendo que todo está escrito a su favor, asumieron un tono irónico que denota su falta de asertividad ante una sociedad que trata de perdonarlos, pero que a la larga, poco o nada les cree. Aquí van dos ejemplos claritos de esa actitud.
El primero: Imelda Daza, ufanándose de su condición de candidata a la vicepresidencia por dicho movimiento, dijo en días pasados que Colombia debe agradecerles a las Farc por “haber tenido el gesto de dejar las armas”. Pues entonces, ¡gracias! por la masacre de Bojayá y otras tantas, por los secuestrados y por los muertos que dejaron. Sin ellos hoy no seríamos el país que ellos aspiran dirigir.
El segundo: Jesús Santrich asegura públicamente que es un amnistiado, desconociendo la obligatoriedad que tiene de pasar por la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP). A ver, el hecho de que sea uno de los líderes visibles de esta agrupación no significa que el pecado de sus crímenes se haya borrado y que ahora esté al nivel de cualquier colombiano.
Esas actitudes tratan de hacernos creer que con ellos, como dice José José, “ya lo pasado, pasado” y sinceramente, todo lo que está pasando llena de bilis a 48 millones de colombianos. Lo bravo del asunto es que esa indignación les vale huevo. A punta de nadadito de perro están sembrando su cuento, con la avenencia de un gobierno que carga el karma de no haber apretado las clavijas necesarias para lograr el respeto a un sentimiento colectivo de los colombianos: evitar que personajes como Timochenko, con un historial de crímenes de lesa humanidad y condenas por más de 400 años, pudieran ostentar cargos políticos.
¿Qué queda por hacer? Cruzar dedos, porque esto es Macondo y cualquier cosa pasa. Lo más obvio, esperar a la JEP a ver si determina los castigos necesarios en el marco de la justicia transicional, que ya de por sí tiene condenas bajitas en años. Ahora, digamos que la JEP no funciona y termina siendo una cacería de brujas contra personas y empresas dejando inmaculados a los exguerrilleros. Ahí sí no habrá de otra que todos a las urnas para sancionarlos social y moralmente con la negación del voto. Esa es una buena manera de hacerles entender que el hecho de que los hayamos aceptado en democracia no significa que de un momento a otro cambiará la imagen que dejaron de criminales por la de revolucionarios. Eso sí que va a tomar tiempo.