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Zaqueo

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22 de julio de 2016

Evangelista, distintivo de Lucas. Avezado en el arte de cultivar el evangelio, la buena nueva, una persona, no una cosa, Jesús de Nazaret, Dios hecho hombre, el misterio de los misterios, el milagro de los milagros.

Tenía un talento singular para mirar y escuchar, pues dada su inclinación natural, se pasaba las horas y los días viendo al invisible y oyendo al inaudible, algo que el artista más refinado admirará y envidiará aun sin saber por qué.

Un día se encontró con la tarea imposible de trazar la biografía interior de Zaqueo, “jefe de publicanos y rico” (Lucas 19,2). Lleno de incógnitas, se interesó en armonizar claridad, simplicidad y profundidad en la apreciación de personalidad tan singular.

Zaqueo, publicano al fin, vivía en función del dios Dinero, en que la codicia, pura idolatría, era toda su ilusión. Despreciable por sus exacciones, cobro de impuestos injusto y violento, como para vivir lejos de él. De Zaqueo.

Pues bien, Lucas dibujó con mano maestra la estampa de este recaudador de impuestos, que “trataba de ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la gente, porque era de pequeña estatura”.

La codicia no amenguaba en Zaqueo la curiosidad, pues no se resignaba a ser cosa entre las cosas. Nada lo arredraba en la búsqueda de algo que llenara su inquieto corazón.

Y así, Zaqueo, dueño de sí mismo, “se adelantó corriendo y se subió a un sicomoro para ver a Jesús, pues iba a pasar por allí”.

El poder arrobador de la mirada no tiene límites. Los ojos de Zaqueo se cruzaron con los de Jesús. Presentía lo que iba a escuchar. “Zaqueo, baja pronto, porque conviene que hoy me quede yo en tu casa”.

Zaqueo, no menos que Jesús, presentía lo que estaba por suceder, transmutar su propia intimidad. Más allá de todo cálculo, utopía que viene y va, Zaqueo es ya para siempre un hombre nuevo.

El regocijo del alma le desborda en el cuerpo. “Daré, Señor, la mitad de mis bienes a los pobres; y si en algo defraudé a alguien, le devolveré el cuádruplo”.

La sospecha insistente de Zaqueo de no contentarse con menos que infinito, al fin se vuelve realidad. Su huésped lo desborda con su magnanimidad dándole sentido a lo que anhela. “Esta alma enamorada con más codicia que al dinero busca a Dios” (San Juan de la Cruz).

Presa de la fascinación, Zaqueo descubre una codicia entrañable, el apetito de divinidad. El tesoro que el hombre del siglo XXI tiene por descubrir. Y conquistar.