¿Pedirle a la IA fotos ochenteras la hizo más lista? Lo que no entendemos de ChatGPT, Gemini y Claude
En este momento, los países y los empresarios debaten sobre el destino de la inteligencia artificial.
Periodista, Magíster en Estudios Literarios.
Las noticias son caprichosas. La misma semana en que el investigador británico Jacob Coxon prendió las alarmas por la cercanía de un futuro apocalíptico —una IA sobrehumana podría “matarnos a todos para finales de la década”— ocurrió que una tendencia viral de las redes sociales llevó a miles de internautas a pedirle a ChatGPT o a Gemini que tomara sus fotos actuales y las modificara de tal manera que resultaran “ochenteras”.
A simple vista, el anuncio profético de Claxon poco tiene que ver con el divertimento de verse a sí mismo y a los amigos con peinados de Volver al futuro y el vestuario de Flashdance. ¿Y si no fuera así? ¿Y si una cosa estuviera conectada con la otra de una forma no tan disimulada?
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Para entender esto hay que retroceder unos cuantos días. A finales de agosto de 2026, el magnate Bill Gates publicó en su blog personal un extenso artículo sobre los desafíos reales que la IA les plantea a los gobiernos y a los empresarios.
“La IA puede reemplazar e incluso superar la cognición humana”, fue el primer campanazo de alarma de Gates.
¿Qué quiere decir esto? Vamos paso a paso. La cognición es una facultad de los seres vivos de convertir el mundo en información para entenderlo a partir de la experiencia, las percepciones y el conocimiento previo. Esta herramienta le da un orden a los estímulos que recibimos a diario al volverlos “datos”. Y, a su vez, esos datos se encadenan en pensamientos y acciones.
La ciencia reciente nos enseñó que los humanos no somos los únicos animales dotados de cognición, pero sí somos —¿éramos?— los más sofisticados. Y esa sofisticación viene de los aportes que cada generación le hace al banco de datos (¿qué otra cosa es la historia?) que los niños reciben en su educación.
¿Se ve la dimensión de la idea de Gates? Ahora existe algo por fuera de nosotros capaz de hacer cosas que solo nosotros hacíamos y, de postre, las hará mejor.
Este punto es crucial para entender la naturaleza de la IA generativa, una tecnología que crea contenido a partir de patrones aprendidos. Ojo con las palabras “crea” y “aprendidos”. ¿Se les hacen familiares? Hasta la generación de nuestros padres, esas palabras juntas solo se aplicaban a los humanos. Ya no. Aquí suena el segundo campanazo de Gates: la IA no es una herramienta que “usemos”, como lo fueron el arado, la espada, la máquina de escribir, el computador personal. La IA es una inteligencia que toma decisiones autónomas. ¿Ciencia ficción? No. Citemos este párrafo de la BBC, publicado a mediados de julio: “OpenAI reveló que algunos de sus modelos de IA más avanzados se descontrolaron y hackearon una start-up después de que perdieran el control sobre ellos durante una prueba de seguridad”. Parece extraído de Matrix, pero corresponde al caso documentado del ciberataque a Hugging Face.
Entonces, en un parpadeo, los humanos asistimos a la aparición de una inteligencia externa que es más rápida que la propia. Y cuya velocidad va en aumento. ¿Por qué es más rápida? No, no he olvidado el asunto de las fotos ochenteras. Al igual que nosotros, la IA no aprende en abstracto: aprende a partir de un método de prueba, error y acierto.
Pongamos el ejemplo de las imágenes. ¿Se han preguntado alguna vez la razón de que cada cierto tiempo aparezca una tendencia que nos motive a subir nuestras fotos para que la IA las transforme en dibujos del estilo de Studio Ghibli o les dé un aire del pasado? Sin caer en especulaciones paranoicas, podemos decir que cada tendencia de estas representa un salto adelante para la IA respecto al trabajo con imágenes. Cada usuario que le suministra el prompt indicado —la instrucción— refuerza la habilidad de esta en determinado campo. En otras palabras, hacemos que la cognición y la destreza de la IA crezcan, en detrimento de las nuestras.
Las noticias son caprichosas. Cerramos la semana con el anuncio de que los jóvenes se estrellan contra el muro de las 400 palabras, según los informes de las pruebas Pisa. No perciben el temblor del pensamiento ni las sutilezas de la lengua en los textos. Tal vez sea apresurado decirlo, pero por primera vez desde que los Homo sapiens están erguidos, algo que se creyó una herramienta será más consciente del lenguaje que nosotros. Por lo mismo, quizá más humano.
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