Dos médicos colombianos reconocidos por su labor para mejorar la salud de los latinos en EE.UU
María Antonia Vélez y Sebastián Amaya recibieron el 40 Under 40 Award, reconocimiento otorgado por la Asociación Nacional Hispana de Medicina a aquellos médicos menores de 40 años que sobresalen gracias a su trabajo por las comunidades latinas e hispanas en Estados Unidos. Conozca sus historias.
Periodista de la Universidad de Antioquia. He trabajado como fact-checker en La Silla Vacía y ahora hago parte de la sección de Tendencias de El Colombiano.
Uno de cada cinco habitantes de Estados Unidos es de origen latino, reveló a finales del año pasado un estudio realizado por Latino GDP, un proyecto de la Universidad de California y la California Lutheran University. Eso quiere decir que en ese país hay alrededor de 68 millones de personas, de las cuales el 15% no tiene cobertura médica, lo que implica costos elevados y, en la mayoría de ocasiones, impagables; retrasos en la atención y situaciones límite, como tener que elegir entre visitar al médico o cubrir otra necesidad básica cuando se está enfermo.
Sin embargo, esos problemas no solo afectan a quienes no tienen seguro. Los latinos que viven en Estados Unidos deben enfrentar un sinnúmero de limitaciones en el acceso a la salud que van desde el hecho de no poder comunicarse en su mismo idioma con médicos y enfermeras, hasta el temor de ser deportados por asistir a un centro de salud.
La Asociación Nacional Hispana de Medicina (NHMA, por sus siglas en inglés) es una organización que se dedica a promover la salud y el bienestar de las comunidades hispanas y latinas de Estados Unidos. Cada año organiza una conferencia en la que se reúnen a profesionales de la salud y líderes comunitarios con el fin de intercambiar conocimientos para atender e impactar positivamente a esta población.
En ese evento —que este año se celebró del 26 al 29 de mayo en Washington—, se entregan varios premios que reconocen la labor de los médicos que trabajan en por las comunidades latinas e hispanas. Uno de ellos es el 40 Under 40 Award, otorgado a “40 médicos destacados menores de 40 años que demuestren liderazgo, innovación y compromiso con el avance de la salud y la equidad en salud de la población hispana”, como explica la NHMA en su sitio web.
De esta lista –que está integrada por varios colombianos– hacen parte María Antonia Vélez y Sebastián Amaya, quienes desde hospitales, consultorios y aulas de clase trabajan para reducir las brechas en el acceso a la salud que afectan a millones de latinos en Estados Unidos.
María Antonia Vélez y el desafío de hacer investigación clínica para todos
Antes de decidir que quería convertirse en médica, María Antonia Vélez, de 37 años y nacida en Medellín, llegó a pensar que podría dedicarse a la música. “Son muchos los llamados y pocos los escogidos”, es lo que recuerda que le dijo su madre cuando le contó que esa profesión era la que estaba rondando en su cabeza.
Fue hasta el último año de bachillerato que la ahora oncóloga, especialista en cáncer de pulmón y cáncer de cabeza y cuello, tomó la decisión de estudiar medicina impulsada, por una parte, por lo maravillada que estaba por la biología. “Tuve profesores excepcionales que me transmitieron el amor por la ciencia detrás del funcionamiento del cuerpo humano, las células y los tejidos. Era la única materia que verdaderamente me apasionaba; el resto me resultaba indiferente”, cuenta.
Pero, por otro lado, mientras iba creciendo, hubo una figura clave en su vida que le enseñó el amor y el respeto por la ciencia. Su abuelo, Antonio Vélez Montoya –falleció en diciembre de 2025–, además de ingeniero, matemático y ensayista, dedicó buena parte de su vida a crear puentes entre el conocimiento científico y las personas que, sin ser expertas, querían comprenderlo a profundidad.
María Antonia, que vivió al lado de su lado durante la infancia y cuya educación estuvo a cargo de él, lo recuerda como “la mente más científica y brillante” que haya conocido; dice que su abuelo, al igual que en los libros, en el día a día utilizaba de manera natural el método científico a la hora de hacer tareas sencillas, como valorar o reflexionar sobre cualquier suceso o anécdota. Con un sentido de libertad que ella califica como “pasmoso”, Vélez Montoya influenció a hijos y nietos con su manera de razonar.
A pesar de sentirse intimidada por la idea de estudiar medicina, hizo el pregrado completo en la Universidad CES y después, en 2014, viajó a Estados Unidos para realizar la residencia en Medicina Interna en la Universidad de Pittsburgh. Luego, con la certeza que vino en esos primeros años de inclinarse hacia la oncología –la rama de la medicina que estudia el cáncer–, Vélez se postuló para la subespecialización en Hematología y Oncología, y fue aceptada en la Universidad de California en Los Ángeles (UCLA), donde trabaja actualmente como médica oncóloga.
Además de eso, María Antonia se ha dedicado a investigar sobre las barreras que enfrentan algunas poblaciones para participar en ensayos clínicos. “Esto es importante porque, por ejemplo, muchos de los medicamentos que se utilizan hoy fueron desarrollados en estudios en los que participaron principalmente hombres y personas blancas. Como resultado, sabemos menos sobre cómo funcionan esos tratamientos en otros grupos de pacientes, como las minorías raciales, étnicas o lingüísticas”, explica la médica, quien ha identificado que el idioma es una de las principales barreras para el acceso de algunas comunidades a ensayos clínicos.
Debido a esto, uno de los objetivos que tiene María Antonia es demostrar que derribar esos muros es “una parte esencial de una ciencia más justa, más rigurosa y más aplicable a la población real que atendemos.”.
Aunque su trabajo ha sido celebrado con este reconocimiento, también son varios los desafíos que ha tenido que enfrentar. La migración, comprender el funcionamiento del sistema de salud estadounidense y los sesgos de género son algunos de los que menciona la profesional.
Pero, por otro lado, Vélez enfatiza los retos que enfrentan aquellos que están del otro lado, es decir, sus pacientes, ya que asegura que el sistema migratorio ha agudizado en los últimos años las barreras de acceso a los servicios de salud.
“Muchos miembros de las comunidades latinas evitan acudir al médico por temor a la deportación, lo cual configura una realidad sumamente dolorosa. Además, los recortes en los fondos gubernamentales para programas de asistencia social como Medicare y Medicaid –ambos seguros federales, el primero para personas de 65 años o más y para algunas menores de 65 con ciertas discapacidades o afecciones, y el segundo una ayuda para cubrir gastos médicos de personas de bajos recursos– han restringido notablemente el acceso a los servicios de salud para los servicios de salud para la población inmigrante”, dice.
Sebastián Amaya, el médico que busca mejorar la formación médica en Colombia
Aunque Sebastián Amaya nació en Estados Unidos, cuando le preguntan de dónde es, sin pensarlo dos veces responde que es orgullosamente colombiano. Hace más de tres décadas, sus padres emigraron de Colombia al país norteamericano, donde él vivió hasta los 18 años, edad a la que se mudó al país con su familia y comenzó a estudiar medicina en la Universidad El Bosque, en Bogotá.
Otro hecho que desde muy pequeño también tuvo claro fue que, cuando fuera grande, quería ser médico. Cuenta él que eso viene de familia: “Mi abuelo era cirujano y mi papá es médico también. Desde pequeño siempre lo veía hablando de medicina. Yo iba con mi papá al trabajo de vez en cuando, veía cómo trataba a sus pacientes, veía el amor que él tenía por lo que hacía y eso fue algo que me inspiró mucho”.
Primero quiso ser cardiólogo, idea que tuvo cuando su abuelo murió por problemas cardíacos y que lo inspiró para algún día “aprender a reparar corazones”, pero la práctica lo puso en otro lugar del quirófano. Amaya recuerda que, durante sus rotaciones de cirugía, en el primer día de su rotación en anestesia participó en un caso de trauma en el que quedó impresionado por el trabajo que hicieron los dos anestesiólogos que asistieron en el procedimiento.
Así, después de terminar su pregrado, en 2022, Sebastián tomó la decisión de regresar a Estados Unidos para especializarse. En este momento está cursando el tercer año de residencia en Anestesiología en la Universidad de Yale, ubicada en New Haven, Connecticut.
A pesar de estar radicado actualmente en Estados Unidos, uno de los proyectos de investigación más importantes que adelanta ahora es en Colombia. Para comprender su trabajo, Amaya explica que en el país, cuando una persona se gradúa de medicina, puede trabajar como médico general, mientras que en Estados Unidos ese rol no existe.
En esa línea, se establece que en Colombia un médico general debería estar “capacitado” para intubar un paciente, usar un ventilador mecánico y llevar a cabo otra serie de procedimientos que “son realmente complejos y que en otros países se aprenden y entrenan durante la residencia”, afirma el profesional, quien, ante este panorama, hace poco más de un año se preguntó: “Si de un residente se espera que en Estados Unidos apenas se aprendan estas cosas, ¿cómo van a esperar que un médico general recién graduado tenga este tipo de habilidades?”.
Fue así como, de la mano de la Sociedad Colombiana de Anestesiología y Reanimación, Amaya realizó un estudio para revisar si los estudiantes de medicina en Colombia están recibiendo la preparación adecuada para aprender cómo debe hacerse el manejo de la vía aérea. En ese proceso fueron encuestadas más de 50 escuelas de medicina del país y alrededor de 160 estudiantes, y encontraron que la mayoría de ellos, cerca del 80%, solamente había intubado pacientes menos de cuatro veces.
“Esa es una cifra preocupante porque quiere decir que no estamos preparando a los estudiantes de medicina para enfrentar esa realidad, cuando el Ministerio de Salud dice que esa es una competencia que un médico general debería tener”, afirma.
A partir de esa conclusión, Sebastián –quien también es profesor de la Universidad El Bosque– está comenzando a desarrollar una serie de cursos sobre vía aérea para estudiantes de medicina. La idea es crear simuladores interactivos para poner a los alumnos en diversas situaciones que les permitan aplicar sus conocimientos. Hace un mes, Amaya estuvo en Bogotá haciendo el primer piloto de esta iniciativa y su propósito es continuar construyendo este espacio para poder llevarlo a todos los rincones de Colombia.
En cuanto al reconocimiento, el médico señala que su relevancia está en destacar el trabajo de los médicos latinos, que representan alrededor del 7% de todos los médicos que hay en Estados Unidos.
“Y eso no es suficiente. O sea, simplemente si miramos las cifras, hay entre un 10 y un 20% de pacientes que solamente hablan español en este país. Entonces, el trato de ellos se complica cuando no tienen un médico que hable el mismo idioma, y yo lo veo todos los días”, cuenta.
Al igual que María Antonia, Sebastián coincide en que uno de los retos de ser profesional de la salud en Estados Unidos es competir con personas de tantas nacionalidades. Sin embargo, él asegura que la formación en Colombia “es espectacular” y que le permite a los médicos estar a la par de colegas de otros países.
En el futuro, Amaya quisiera hacer un poco de todo: estar en el quirófano, investigar y enseñar en las aulas. “Algo que me encantaría hacer es viajar por el mundo, especialmente a países con sistemas de salud similares al de Colombia, donde los médicos generales tienen que manejar la vía aérea, para enseñar y compartir conocimientos. Esa sería una manera de influir positivamente en pacientes de otras partes del mundo”.