El animal más peligroso del zoológico es el hombre
Una seguidilla de incidentes internacionales ha puesto las miradas en la seguridad de estos lugares.
Comunicador social. Periodista del área de tendencias. Me interesan la ciencia, el lenguaje, la sociedad y el internet. Me gusta responder las preguntas que se hace la gente cuando se hace preguntas.
Jardín botánico y zoológico de Cincinnati, Estados Unidos. Un niño de tres años de edad trepa una cerca de un metro de altura y luego cae en el foso de un gorila occidental de llanura. Nacido en cautiverio 17 años atrás, el primate hace parte de una de las subespecies de gorila más pequeñas del mundo. Y, sin embargo, tiene más de diez veces el peso del niño: el gorila es de 200 kilos, mientras que el niño ronda los 15 kg.
Un transeúnte graba el incidente. El infante llora en una esquina, se escuchan los gritos de su madre: “Mami está acá, mami está acá”, y el pánico comienza cuando el gorila agarra al niño por una pierna y sale corriendo con él, arrastrándolo por el concreto con una facilidad tanto aterradora como predecible.
El video continúa hasta que el dúo se pierde entre la exhibición. El resto de la historia está en el reporte de los bomberos locales: durante más de diez minutos el animal lleva el niño de un lado a otro y hasta sube con él las escaleras que unen el foso con otro sector del hábitat. El personal de seguridad del zoológico toma una decisión que lo pone en el centro de una polémica internacional: con un disparo mata a Harambe el gorila, y rescata al niño.
Medios de todo el mundo han dedicado espacio a la controversia que generó el hecho. Se ha dicho que los padres deben ser investigados por el accidente, que no hacía falta matar al gorila y que los zoológicos están mandados a recoger.
Las reglas de la fauna
Lo cierto es que el zoológico de Cincinnati actuó según los procedimientos de seguridad estándares frente a una situación donde un niño de tres años y un animal capaz de aplastar un coco entre sus manos están cara a cara.
“Lo último que se quiere es matar al animal”, dice Julio Oyola, veterinario del Parque Zoológico Santa Fe, de Medellín, y uno de los encargados de la seguridad del recinto.
En el zoológico local las consideraciones frente a incidentes de este tipo incluyen entrenamiento y capacitación constante de los cuidadores de animales y el personal de educación. Las especies están clasificadas según códigos de peligrosidad (ver recuadro), y con base en estos también se determina qué tipo de medidas de contingencia pueden usarse en caso de que uno de ellos escape su hábitat, o que una persona traspase las barreras y se encuentre con él. De los múltiples métodos de contención el último recurso, y solo usado en los más peligrosos, es un disparo con arma de fuego.
Día a día, antes de la apertura del parque, cada cuidador hace una revisión del recinto de las especies que están a su cargo y del estado de los animales. “Sin el reporte de todos los cuidadores y sus áreas no damos apertura al parque”, explica Oyola, quien es el encargado de dar la orden para que se abran las puertas.
Pero los protocolos de seguridad del zoológico no solo comprenden la posibilidad de que un animal escape o que una persona caiga (o entre, como el hombre que en Chile intentó suicidarse al entrar a una jaula de leones, y que terminó con la muerte a tiros de los dos felinos del recinto).
También son motivos de alerta que las especies que cohabitan se ataquen entre sí, o que un visitante ingrese animales al parque, algo estrictamente prohibido y altamente peligroso.
“Nunca un zoológico es totalmente seguro. Son varios los factores a considerar pero, la mayoría de los incidentes ocurren por las personas: son quienes intentan alimentarlos, traspasar las barreras o provocarlos”, afirma Oyola.
Exhibición vs. seguridad
Parte del problema con el incidente donde murió Harambe y el niño salió (a excepción de heridas superficiales) ileso es la disyuntiva entre seguridad y exhibición a la que se enfrentan los zoológicos del mundo entero.
La barrera que separaba al niño del recinto de gorilas tenía 38 años y nunca había sido traspasada, según declaraciones del director del zoológico de Cincinnati, Thane Maynard.
“Si hay una barrera la gente busca la forma de saltársela, si hay una malla les parece que el animal está muy encerrado”, cuenta Oyola. Una solución posible es lo que lograron con el garzón soldado, la segunda especie de ave de mayor envergadura del continente, superada por el cóndor, y clasificada en el mayor rango de peligrosidad del zoológico.
A pesar de poder volar, el garzón está en un hábitat abierto, sin mallas ni techo. Lo logran porque, conociendo el comportamiento del animal, saben que para levantar vuelo necesita una distancia mayor a la que el terreno de su recinto, con un lago en la mitad, tiene.
Antes el animal estaba resguardado por una malla y la gente se acercaba para alimentarlo entre los espacios de la red, exponiéndose al peligro.
¿Hace falta un zoológico?
Para Edison Duque, coordinador local de la ONG Anima Naturalis, que trabaja para la defensa de los animales, el asunto es menos complicado: este tipo de recintos no debería existir.
“Cuando un animal se lleva a un zoológico pierde su comportamiento natural, no podemos confinarlos simplemente para observarlos”, declara.
El Santa Fe se defiende al decir que, entre otros, cumple una función educativa, y que en países como este es el receptor de numerosos animales decomisados del tráfico ilegal de fauna, que en algunos casos luego de ser rescatados no pueden ser reintegrados a la vida silvestre. “Si no existiéramos, los que no se pueden reubicar serían sacrificados”, apunta Oyola.
También, algunos zoológicos cuentan con programas de rehabilitación y conservación de especies. El Santa Fe, por ejemplo, tiene uno de monos aulladores rojos, de los que aseveran haber liberado 121 especímenes.
Es tal vez paradójico que el zoológico donde murió Harambe tenga un programa de reproducción de esta especie de gorila.
“Programas como el de los monos aulladores y la ayuda con el tráfico de animales son un punto favorable”, dice Duque, “pero quedarse en esto es como hablar de verdades a medias. Si es necesario observarlos debería ser en espacios como santuarios de fauna o reservas, donde están protegidos y en su estado natural”, añade.
No obstante, este tipo de espacios tampoco carecen de problemas. En junio de este año, dos turistas visitaban el Parque nacional de Yellowstone, en Estados Unidos, cuando encontraron un becerro de bisonte que pensaron estaba abandonado y moriría sin su ayuda.
Subieron el animal a su vehículo y lo llevaron donde los guardas del parque, creyendo haberlo rescatado. Días después el bisonte fue sacrificado: su manada nunca lo aceptó de nuevo después del contacto humano.
Luego del hecho, algunas voces reclamaron a Yellowstone que el animal no hubiera sido, por ejemplo, donado a algún zoológico, donde habría podido continuar con su vida.
Reserva natural o zoológico, la especie más peligrosa para los otros animales pareciera ser la humana.