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Norman Foster, el zurdo tenaz

Este británico, de 82 años, es el arquitecto más famoso del planeta. Un genio que no para.

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01 de noviembre de 2017

El Mercedes oscuro desciende hasta desembocar en la Plaza de Trafalgar, en el centro de Londres. Se detiene unos segundos. La ventanilla del copiloto baja y aparece un hombre de cráneo desnudo, mandíbula rotunda y ojos de cíngaro, con un cuaderno de dibujo en el regazo, un lápiz entre los dedos y de negro riguroso. Es lord Foster of Thames Bank, de 82 años, el arquitecto más famoso del planeta.

En 2003 transformó este espacio, uno de los puntos neurálgicos de la capital de Inglaterra; un rincón dickensiano, ahogado por el tráfico y la contaminación, en un escenario abierto, limpio y luminoso al que apodan “the living room” (el cuarto de estar). En el asiento trasero de la limusina el periodista rompe el espeso mutismo de Foster:

—¿Qué siente cuando vuelve aquí?

Lord Foster sale de su ensimismamiento, esboza una de sus enigmáticas sonrisas y responde con suavidad:

—Mi corazón se acelera. Aquí pasé muchas horas dibujando. Y preguntando a la gente cómo les gustaría que fuera este sitio. Trafalgar era feo, incómodo, devorado por los coches. Ya ve. Lo recuperamos para las personas. Al igual que con el puente del Milenio sobre el Támesis (que revitalizó esa zona deprimida de Londres) o renovando el viejo British Museum. Es importante recordar cómo eran las cosas. Y como son. Pero la memoria es débil.

En Trafalgar Square se palpan las pasiones del genio de Mánchester. Se concentran en un único mandamiento: la exigencia de una arquitectura con conciencia que responda a las necesidades de la gente, elimine barreras (físicas y sociales) y mejore su calidad de vida.

Ya sea una oficina o una estación de metro; un hospital o un museo. “Para mí la arquitectura es una misión más que un trabajo”. Foster, que fue un niño pobre cuya existencia transcurrió hasta los veintitantos en un deprimido barrio del sombrío Mánchester de posguerra, en una casa barata del XIX, el número 4 de Levenshulme, de dos habitaciones sin cuarto de baño, cree en el espacio público por encima del privado.

En el urbanismo más que en los edificios individuales (por geniales que sean); en unas infraestructuras dignas y eficaces; su preocupación desde su primer gran proyecto (el edificio Willis Faber, de 1970) ha sido el medio ambiente, la sostenibilidad y la eficiencia, a través de la tecnología y la economía de medios (“debemos hacer más con menos y reducir la arquitectura a su mínima expresión”).

Foster usa el sol (que aparece dibujado en todos sus proyectos, incluso en los de su primer año de carrera, en 1956) y el viento como dos materiales de los que servirse; cree en la integración entre lo viejo y lo nuevo. En la recta final de su carrera sigue buscando respuestas.

Es un curioso compulsivo que escanea como un cíborg todo lo que ocurre a su alrededor preguntándose cómo funciona y cómo está fabricado. Y cómo se podría hacer de una forma más limpia y barata. Tiene mente de ingeniero, alma de artista y manos de obrero.

Y una increíble capacidad de convicción. Como profesional de la arquitectura, respeta al cliente y sus necesidades y tiende a ponerse en su lugar (ha llegado a ser amigo de algunos de ellos, como los poderosos William Randolph Hearst, Michael Bloomberg o Steve Jobs).

—¿Es usted un socialista?

—Soy un humanista.

Foster cree que hay que tener grandes sueños pero, sobre todo, hay que materializarlos. Él los tuvo. Quiso ser arquitecto. Por una pulsión estética y emocional. Y fue el primer joven de Crescent Grove que pisó la universidad. “Que alguien aspirara en mi barrio a tener una carrera era tan inaudito como que llegara a ser Papa”. Para costearlo trabajó de vendedor de muebles, heladero e, incluso, de portero de un club de mala muerte (era aficionado a las artes marciales).

Y lo logró. Con las mejores notas. Era un dibujante eficaz, rápido y pedagógico. Trabajaba día y noche. Y fue becado por partida doble en la Universidad de Yale, en la patricia Ivy League, en Estados Unidos.

Se encontró una sociedad más optimista y menos estratificada; donde no importaba el acento ni de qué gran escuela privada provenías. Desde aquellos lejanos días la sociedad americana le fascina. Allí se hizo realmente arquitecto y palpó la obra de sus grandes mitos, desde Mies y los Eames a Gropius y Lloyd Wright. Allí vive parte del año. Y se siente libre.

Foster ha construido sus sueños. No es un teórico, aunque tiene un enorme sentido didáctico acompañándose de lápiz y papel; croquis y anotaciones. Pero va más allá del concepto. Es un pragmático. Algo que en su estudio, Foster + Partners, es la ley. Y un foco de atracción para los 600 arquitectos que forman parte de su escuela. Ellos construyen. No se limitan al proyecto. Ya sea una red de aeropuertos de drones en África o los revolucionarios cuarteles generales de Bloomberg en Londres, o de Apple en Cupertino (que proyecta lugares de trabajo flexibles y sin divisiones jerárquicas); la ampliación del madrileño Museo del Prado y su integración en la ciudad (algo que ya experimentó con el Reichstag, en Berlín), o el inmenso aeropuerto de Ciudad de México, que sigue la tendencia iconoclasta que inició con el de Stansted y más tarde en Hong Kong y Pekín.

Continúa a pie de obra. Luchando por una arquitectura de “luz y ligereza”. Casco, chaleco reflectante y botas de trabajo cubiertas de polvo. Circula por las obras a paso de marcha. “Rara vez cae en la complacencia”, afirman sus socios más antiguos, como el arquitecto David Nelson: “Es patológicamente incapaz de sentirse satisfecho con lo que hace. Quiere ir más lejos. Su pasión es inagotable”.

Foster lo explica: “La clave de mi trabajo es la creencia de que la arquitectura es importante para la gente; de que la calidad de lo que nos rodea, de cómo está diseñado, desde una estación al pomo de una puerta, influye en nuestra vida. Y 55 años después tengo los mismos intereses y preocupaciones. La ventaja es que hoy la tecnología me permite hacer cosas (por ejemplo, con la arquitectura del cristal) que cuando empecé eran imposibles”.

Es el número uno. Pero superados el cáncer y los problemas cardiacos, y ya octogenario, lord Foster da la impresión de haberse liberado de las vanidades de este mundo. “

“En su estudio, lord Foster es, simplemente, Norman, el primero entre iguales. Trabajamos con él, no para él. Estamos en las mismas mesas, con los mismos ordenadores, desde los becarios hasta los 10 executive partners. Él no tiene despacho. Decidió que fuera así desde que éramos 15 en Fitzroy Street, a comienzos de los setenta”, explican sus más antiguos socios en su estudio londinense de Riverside.

Allí no hay puertas ni despachos ni secretos; se trabaja 24 horas y huele a grafito y café.

Tras medio siglo largo de carrera, 300 edificios que han redefinido el perfil de muchas ciudades; un título nobiliario; un Príncipe de Asturias, un Pritzker, una veintena de doctorados; de haber reinventado los rascacielos, aeropuertos y museos; de haber disfrutado de la amistad de artistas como Francis Bacon, Henry Moore, Anthony Caro, Serra, Kapoor o Giacometti... De ser rico y poderoso, ¿le queda algo por hacer a lord Foster?

En 2012 falleció, a los 105 años, el arquitecto brasileño Oscar Niemeyer. El hombre que creó Brasilia de la nada era, desde los años sesenta, una de las referencias de Foster: no solo había proyectado edificios rompedores en la estela de Le Corbusier, sino que había tenido el privilegio de idear toda una ciudad. Y, además, amaba la vida. No coincidieron hasta 2011. Se hicieron amigos. Niemeyer justificaba así el flechazo: “La herramienta de trabajo de ambos es el lápiz, y eso une”.

La última vez que se encontraron, Niemeyer se despidió de él con esta frase: “Norman, la arquitectura es importante, pero la vida lo es más”. Con 23 años menos que cuando murió Niemeyer, el octogenario Lord Foster parece dispuesto a seguir el consejo de su maestro. Pero sin quedarse quieto. “Soy como un trompo, si me paro, me caigo. I never stop”.

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