En una de las páginas de Toro rojo (Milserifas, 2018), un toro negro atraviesa un campo rojo que parece arder. Avanza con los cuernos bajos, nada le gusta: “ni nadie”, “ni el sol amarillo”, “ni el pasto verde”. La rabia ocupa casi toda la página, hasta que el paisaje cambia: aparece el agua, el horizonte se abre y el animal se transforma. Cuando me encontré con este libro de Diego Francisco Sánchez, ilustrador y autor colombiano conocido como Dipacho, entendí que no estaba solo ante una historia ilustrada, sino ante una forma muy precisa de observar cómo las emociones se despliegan y cambian con el tiempo.
Dipacho es uno de los invitados al 2.º Festival del Libro Infantil, que se realizó en Parques del Río del 26 de febrero al 1 de marzo. Su trabajo —recientemente nominado al Premio Astrid Lindgren Memorial Award (ALMA) 2026, uno de los reconocimientos más importantes de la literatura infantil— se mueve en ese mismo territorio: libros donde los personajes dudan, se enojan, se contradicen; donde a veces las palabras se apagan y la historia continúa en la imagen: un personaje, un gesto mínimo, un campo de color que sigue narrando. En ellos, el juego convive con preguntas difíciles y las emociones no aparecen como lecciones, sino como experiencias que se atraviesan.
Muchos adultos creen que el juego verbal y visual es apenas una etapa previa antes de llegar a una “literatura seria”. ¿Qué pierde la literatura infantil cuando se toma demasiado en serio a sí misma y empieza a renunciar al juego?
“A mí el juego me interesa muchísimo, no solo en los libros, sino en la vida. En los juegos de mesa, por ejemplo, sigo jugando como adulto: organizo reuniones con amigos de mi edad o mayores, y juego incluso con mi mamá, que tiene casi setenta años y disfruta un montón hacerlo. Para mí, perder el juego en la adultez no es una señal de madurez, sino todo lo contrario.
En los libros pasa algo parecido. El juego entre las palabras, las imágenes, los ritmos y los silencios tiene una riqueza enorme que muchas veces las y los lectores adultos empiezan a subestimar. Llega un momento en que estos dejan de leer imágenes, se desconectan de lo visual y de ese tipo de narrativa, como si ya no fuera para ellos. Y ahí se pierde algo muy valioso.
La literatura infantil pierde mucho cuando se toma demasiado en serio y comienza a desconfiar del juego, porque este no es superficial ni decorativo, sino una forma profunda de pensamiento. El trabajo que hacemos quienes ilustramos con la narrativa visual es fundamental para crear sentido, para dialogar con otros tipos de texto y para generar conexiones emocionales y cognitivas en las y los lectores”.
En libros como Viernes verdes o Todos se burlan, el lenguaje parece empujado hasta sus límites. ¿Te interesa que se desgaste, se desarme, incluso se caiga? ¿Qué estás buscando cuando lo llevas a ese punto de saturación?
“Creo que en el fondo hay una necesidad constante de movimiento. De cambio. Me interesa estar buscando cosas todo el tiempo. Me gusta viajar, conocer lugares, músicas, personas nuevas; abrir siempre espacios distintos. Esa búsqueda también se traslada directamente a mis libros.
En mi trabajo hay un interés permanente por explorar conexiones, y no solo entre escrito e imagen. Me interesa la sonoridad, el diseño, el formato del libro como objeto. El libro no es únicamente un soporte para una historia, es un espacio donde ocurren muchas relaciones al mismo tiempo y eso es lo que voy descubriendo y explorando en cada proyecto.
Cada libro es una excusa para buscar nuevas formas de contar y nuevas maneras de involucrarme con los textos. Para mí, la escritura ha sido una búsqueda constante y quizá más lenta que la ilustración, que fue por donde entré primero. Pero siempre estoy estudiando, probando, jugando, intentando entender qué pueden hacer los textos, cómo pueden transformarse.
Por eso tengo libros muy distintos entre sí. Algunos pensados para la primera infancia, incluso para bebés, donde las palabras son mínimas y la sonoridad lo es todo, como Rueda que rueda o Pío Pío. Otros son más complejos, como Bisiestos o Nos llaman invasores, un proyecto que estoy haciendo ahora con Carlos Díaz Consuegra, donde me involucro mucho más con el texto escrito.
También me interesa pensar que el texto no es solo el discurso verbal. Hay texto en la imagen, en el ritmo, en el diseño, en los silencios”.
En muchos de tus libros no hay víctimas claras ni culpables evidentes y los finales suelen ser incómodos o abiertos. ¿Te incomoda la idea de “enseñar buenos comportamientos” desde la literatura infantil?
“Me interesa jugar con esa idea de qué está bien y qué está mal, sin resolverla del todo. Por eso en muchos de mis libros los finales no son felices en el sentido tradicional. En Dos pajaritos se cae el árbol; en Viernes verdes se comen las verduras; en Todos se burlan la burla se vuelve general y no hay una reparación; en Antonia va al río se pierde Antonia. Son finales que no tranquilizan.
Eso hace parte, para mí, de una relación de complicidad con quien lee. No busco decirle qué tiene que pensar o qué valor debe aprender. Me importa hacer guiños, jugar, proponer situaciones sin necesidad de ser moralista ni de entregar un mensaje cerrado.
Creo que lo más rico es que los libros puedan contener distintos sentidos, que cada persona que lee encuentre su propia interpretación, su propio mensaje. Cuando un libro infantil intenta enseñar algo de manera directa —cuando quiere “formar” o adoctrinar—, siento que se empobrece. Es como si el libro ya entregara todas las respuestas antes de empezar.
En cambio, cuando un libro es más abierto, aparecen emociones encontradas: cosas que incomodan, que chocan, que generan preguntas. Y eso, muchas veces, provoca diálogo con el adulto, conversación, reflexión compartida. A mí me interesan más los libros que no resuelven, sino los que dejan preguntas abiertas”.
Cuando abordas temas difíciles —la muerte, la violencia o lo político—, ¿qué papel juegan la autoría y el tiempo en la manera como decides tratarlos? ¿Qué se transforma en tu proceso cuando el libro nace desde tu voz y no desde un texto ajeno?
“Hace ya varios años tomé la decisión de dejar de ilustrar textos ajenos y concentrarme en libros de autoría propia o en coautoría, porque la relación con la obra no es la misma. Cuando el libro es mío, o se construye en diálogo con alguien cercano, hay una apropiación mucho más profunda: es una voz que me atraviesa, que revisito, que puedo trabajar con el tiempo que necesita. En cambio, cuando ilustro un texto de otro autor, aunque exista afinidad, hay límites claros; la voz no es completamente mía y eso cambia la forma en que me involucro.
En cualquier caso, tengo algo muy claro: no trabajo con textos con los que no estoy de acuerdo a nivel discursivo, político o ideológico. Y cuando abordo temas difíciles, la pregunta siempre es cómo generar un punto de entrada para quien lee, cómo acercarse sin excluir ni cerrar la experiencia. A veces el humor ayuda, en otras ocasiones no es posible, pero siempre busco una forma de construir cercanía.
Mis libros no se hacen rápido, pueden tomar años. Esa lentitud es una forma de cuidado, tanto con los temas como con las y los lectores. Por eso entiendo algunos libros como parte de etapas ya cerradas, y otros como el lugar donde ahora quiero estar: contando historias desde preguntas que me atraviesan y pensando palabras e imágenes como una sola cosa”.
¿Alguna vez sentiste que estabas trabajando con experiencias profundamente adultas que, aun así, podían estar presentes en libros para niños y niñas?
“Sí, varios de mis libros parten de experiencias claramente adultas. El Toro Rojo, por ejemplo, nace de una experiencia de choque con el mundo, de confrontación. Es un libro complejo, que incluso rompe con el texto escrito en la mitad y deja espacio para el silencio. Ahí le pido a quien lee un compromiso: que lea las palabras, la imagen, los vacíos, todo.
Me interesa proponer capas de lectura. En El viaje de los elefantes, por ejemplo, un niño pequeño puede engancharse con la imagen de los elefantes diminutos en un universo gigantesco. Una persona que lee con más años o más experiencia puede empezar a hacer conexiones con el amor o con las relaciones humanas. Y alguien adulto, desde su propia experiencia, puede leer el libro de una manera completamente distinta. Ese es un compromiso que asumo: hacer libros que puedan ser habitados por lectores y lectoras muy diferentes.
A pesar de todo es un buen ejemplo. Es un libro que parte de una experiencia personal de amor, pero no quise fijarla en una relación específica. No es necesariamente una pareja heterosexual que se separa. Pueden ser dos amigos, dos primos, un padre y un hijo, una pareja, cualquier vínculo. Esos pingüinos pueden ser cualquiera. Desligar la experiencia personal de una forma cerrada permite que muchas personas se apropien del libro.
Creo que es importante poder hablar de todo: de la ruptura, de la muerte, del conflicto, de la violencia, de la desaparición”.
En Antonia va al río hablas de la migración sin discursos explícitos. Allí la pérdida más dolorosa no es la casa, sino Antonia, la perra, que funciona como un símbolo muy fuerte. ¿Qué te permiten el silencio y la sugerencia que no te posibilita la palabra cuando se trata de hablar del dolor?
“Pensando específicamente en Antonia va al río, el silencio permite una mayor introspección y un compromiso más profundo de quien lee con la lectura de las imágenes. Quien lee ya no pasa las páginas buscando qué dice el texto, sino que se detiene a mirar qué le está pasando a cada personaje, a observar los gestos, las relaciones, los cambios.
Cuando aparece un personaje nuevo, la persona que lee no solo lo sigue a él, sino que vuelve a mirar a los anteriores personajes, a preguntarse qué sienten, qué ha cambiado. Ese tipo de lectura exige estar presente. Por eso a estos libros se les llama “silentes”, aunque en realidad dicen muchísimo: tienen un discurso muy fuerte, solo que no está escrito con palabras.
No hay una secuencia narrativa desde el texto escrito. Eso puede hacerlos más exigentes, pero también más ricos, porque demandan la lectura de imágenes con atención. Algo similar ocurre en Jacinto y María José, en donde la línea del horizonte guía el recorrido de los personajes, que salen de la casa, dan una vuelta en círculo y regresan. Es una estructura sencilla, pero llena de detalles que van construyendo sentido”.
Después de tantos libros tan distintos entre sí, ¿sientes que escribes para las infancias o desde tu infancia?
“Los procesos de creación cambian con el tiempo. Después de más de veinte años de trabajo, llegan otras formas de pensar los libros, otras madureces. Aun así, siento que muchos de los libros que he hecho nacen desde mi propia infancia. Escribo mucho desde ese lugar interior, desde el niño que fui y que, de alguna manera, sigo siendo. Hay obsesiones, preguntas, formas de mirar el mundo que vienen de ahí y que todavía me acompañan. En ese sentido, gran parte de mi trabajo parte de escribir desde mi infancia.
Pero también hay libros en los que pienso claramente en un destinatario. Cuando trabajo para la primera infancia, por ejemplo, sé que el libro tiene que funcionar para un bebé y eso implica otras decisiones. Viernes verdes es un buen ejemplo: es un libro que uno piensa claramente para las infancias, desde el juego, el ritmo, la sonoridad.
Creo que en mi obra conviven ambas cosas. Hay libros que parten más de experiencias íntimas —como Jacinto y María José— y otros en los que pienso explícitamente en los y las lectoras infantiles y en sus experiencias de lectura. No siento la necesidad de elegir entre una cosa y la otra. Esa diversidad es, justamente, lo que mantiene vivo mi trabajo”.
¿Qué crees que la literatura infantil todavía no se atreve a mirar de frente, en temas o en formas?
“No es una pregunta que me haya planteado de manera sistemática, pero siento que estamos en un momento histórico muy particular, atravesado por transformaciones profundas en la forma en que pensamos el mundo. Movimientos como el feminismo, las luchas antirracistas y las discusiones sobre diversidad han cambiado nuestras maneras de ver, de actuar y de crear.
Todo eso hace que hoy uno se cuestione mucho más al momento de hacer libros. Hay todavía mucho por explorar en temas como la diversidad sexual, las relaciones de poder, el patriarcado, el colonialismo, todas esas estructuras que han sido hegemónicas durante tanto tiempo que a veces se vuelven invisibles y uno las reproduce sin darse cuenta.
Estamos en una transición. Como creadores todavía cargamos vicios, estereotipos, miradas sesgadas. Pero justamente el proceso creativo, con el tiempo y con la vida, permite ir desarmando eso, cuestionándolo. La obra también madura a medida que uno se hace preguntas incómodas.
Al mismo tiempo, me preocupa cuando estos temas se vuelven solo “tendencias” o consignas. No me interesa hablar de algo solo porque “toca” hablar de eso. Creo que ahí el compromiso del creador es estudiar, entender, escuchar y encontrar formas honestas de abordarlo, sin exotizar ni caer en prejuicios.
Para mí, una de esas formas es la sutileza. Se puede hablar de todo —de la muerte, del conflicto, del amor, de la diversidad— sin ser literal ni didáctico. Un ejemplo es Bocas, un libro donde aparecen dos bocas que discuten y al final se besan. Nunca se dice quiénes son: no sabemos si son un hombre y una mujer, dos mujeres, dos hombres o cualquier otra posibilidad. Esa ambigüedad abre el sentido y permite que cada persona encuentre su propia lectura”.
Tus juegos de mesa no solo entretienen: proponen mundos de interacción muy vivos. ¿Cómo equilibras lo lógico con lo poético cuando diseñas una mecánica de juego?
“Hay algo en los juegos que me parece muy distinto al libro, pensando en el proceso creativo, y es la manera en que se construyen las emociones. En un libro, pienso en lo que puede sentir quien lee —Antonia, por ejemplo, puede generar tristeza—, pero en el juego uno diseña pensando en una gama mucho más amplia de emociones que ocurren en tiempo real.
En una partida pueden aparecer la frustración, la rabia, la ansiedad, la euforia. Todo eso cambia con una carta, con un dado, con una decisión mínima. Y eso tiene que ver con la agencia: la de quien juega es muy distinta a la de quien lee. El juego no está cerrado; se construye entre quienes están jugando. La experiencia emerge del encuentro.
Un mismo juego puede generar sensaciones completamente distintas en cada partida. En una estás feliz y entusiasmado, en la siguiente estás aburrido porque te fue mal. Esa variabilidad emocional es parte de su riqueza. En el libro, en cambio, el sentido suele ser más estable, más contenido, aunque también haya interpretaciones distintas.
Tanto en los libros como en los juegos valoro mucho la materialidad y la presencia: estar ahí, vernos, reunirnos, compartir. Leer juntos, jugar alrededor de una mesa, tomarnos un chocolate con la familia o con amigos. En un momento histórico tan mediado por lo digital, donde muchas interacciones se vuelven impersonales, esas experiencias físicas y compartidas me parecen profundamente valiosas”.
