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Generación es la revista cultural de EL COLOMBIANO. Conversar, redescubrir ese placer tan humano es la edición para leer en enero.

  • En la Piloto hay una programación cultural amplia, desde exposiciones hasta conversaciones sobre diversos temas. Foto: Archivo
    En la Piloto hay una programación cultural amplia, desde exposiciones hasta conversaciones sobre diversos temas. Foto: Archivo
  • La Biblioteca Pública Piloto fue diseñada para ser una biblioteca. Foto: Archivo
    La Biblioteca Pública Piloto fue diseñada para ser una biblioteca. Foto: Archivo

Los usos de una biblioteca: los 70 años de la Piloto

La Biblioteca Pública Piloto celebra este 2020 siete décadas. Un espacio que se ha vuelto fundamental para la comunidad.

Esteban Duperly | Publicado el 03 de diciembre de 2022

Con motivo de cumplir setenta años, la Biblioteca Pública Piloto de Medellín reeditó y reimprimió un libro publicado cinco años atrás para un aniversario un poco menos sonoro, cuando la cifra no era tan redonda. Es un libro propio, sobre ella misma, sobre su historia, sus colecciones y los objetos que guarda. Se llama Un puente entre tiempos, que es una buena metáfora para describir a una institución que actúa como bisagra entre el pasado y el presente: siete décadas de existencia, que no son poco, además de archivos con materiales que se remontan hasta el siglo XVIII.

El caso es que en ese libro hay un texto del arquitecto Luis Fernando González, profesor de la Universidad Nacional, en el que menciona algo que se nos pasa de largo cuando cruzamos por la fachada del edificio del barrio Carlos E. Restrepo, y que sin duda explica la permanencia temporal —o atemporal— de La Piloto: «La BPP es la primera biblioteca de Medellín en términos de tipología arquitectónica».

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Eso quiere decir que fue pensada para tal fin. Antes, las bibliotecas se adecuaban un poco a la bartola en otras edificaciones. La misma BPP operó primero en una casa en la avenida La Playa y luego en el Palacio de Bellas Artes, hasta que en 1961 se mudó por fin al edificio actual, financiado por Unesco, el patrono de las bibliotecas piloto en el mundo. Esa es otra historia, de hecho contada en el libro en cuestión.

La Biblioteca Pública Piloto fue diseñada para ser una biblioteca. Foto: Archivo
La Biblioteca Pública Piloto fue diseñada para ser una biblioteca. Foto: Archivo

Que el edificio para la Biblioteca Pública Piloto fuera para una biblioteca, así como un teatro se piensa para un teatro y una iglesia para una iglesia, significó que el público pudo encontrar por primera vez un lugar diseñado para actividades que echaba en falta. De entrada, leer, desde luego, aunque quedarse en eso es simplista. Tal vez una biblioteca en Estocolmo sirva únicamente para leer —cosa que dudo—, pero en América Latina, y en un país como Colombia, y en una ciudad como Medellín, en contextos en los que escasea casi todo, quiero decir, las bibliotecas públicas han terminado por suplir lo que no existe. Como un padre ausente reemplazado por una tía o por una abuela.

Las bibliotecas son centros sociales, y comunitarios, y barriales y, en fin, todo lo que suene a colectivo. Las usan, por ejemplo, mensajeros para almorzar en la periferia porque hay sombra, no les roban la moto y pueden pescar wi-fi. También taxistas que toman un descanso en las vías aledañas, que suelen ser silenciosas y de baja velocidad, y al terminar la siesta agarran una carrera. O gente que solo entra a usar el baño: se ha mencionado mucho la necesidad de baños públicos en la ciudad... y en las bibliotecas hay, limpios, funcionales y seguros. O los que usan los computadores y nada más que los computadores, porque es el único medio y lugar en donde pueden acceder a una conexión para ver o hablar con familiares que están afuera y no se pueden dar el lujo de media hora en un café internet. Porque es eso, o comer.

Así es posible mencionar tal vez una decena o más de actividades que ocurren en las bibliotecas: en la plazoleta Argos de La Piloto enseñan a bailar y también a montar en bicicleta. Dos habilidades tan importantes como aprender a leer.

Tal vez ninguno de esos ciudadanos preste un libro. Ni vaya a charlas con escritores. Ni a talleres de ningún tipo. Tampoco a ciclos de cine o exposiciones. Ninguna usa lo que se concibe como «servicios bibliotecarios», pero sin duda son usuarios de las bibliotecas; los más importantes, quizás, porque encarnan vivamente la utilidad de estos edificios en una realidad como la nuestra. Por eso resalto una vez más lo del entorno: en la ruralidad, por ejemplo, las bibliotecas a veces son guarderías, pues un niño puede quedarse allí una tarde sin temor, mientras el adulto que lo cuida resuelve o se ocupa de algo. De ahí el valor de los promotores —la mayoría de las veces promotoras— de lectura.

Volviendo a la BPP, la biblioteca pública más importante de la ciudad, localizada en un edificio de «suave curvatura para adaptarse al lote», el primero en su tipo, cumplió setenta años. La sala de lectura principal del primer piso, iluminada por los ventanales de la fachada oriental, que se concibieron como fuente de luz natural pero también como vitrina, es decir, para que la gente viera qué sucedía adentro; la sala de lectura principal, digo, sigue ahí, pública y abierta, dispuesta para cualquiera. Para leer, claro. O no.

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