Estoy en la esquina de Grand & 18th, frente a mi lugar favorito en Kansas City: el Green Lady Lounge. Es un modesto bloque que, justo al lado del edificio de la Cienciología, se ve más pequeño de lo que es en realidad. Dentro, la ciudad suena. No como postal, ni como museo. Suena en vivo.
Todavía no son ni las cinco de la tarde de un frío sábado de febrero. Un sol incansable ha brillado todo el día, pero no calienta. Al entrar me envuelve una penumbra carmesí y mis ojos tardan en acostumbrarse. La atmósfera es la de un speakeasy, uno de esos bares clandestinos de la época de la prohibición. Cortinas de terciopelo, mesas con velas eléctricas, largas lámparas que cuelgan del techo, un aire elegante y decadentista. Aquí he pasado muchas noches, cumpleaños y he recibido el año nuevo. Es el primer lugar al que traigo a los amigos que me vienen a visitar. No soy el único, hace años es el bar de jazz más concurrido de Kansas City. Ofrece una banda en vivo de lunes a lunes, de 2:30 pm a 2:00 am. Los fines de semana la demanda es tanta que el club abre un segundo piso, donde toca otra agrupación. Aun así no alcanza. Las sillas se agotan pronto y la mayoría de los asistentes terminan de pie.
El lugar aún no está lleno. Es muy temprano aún, pero ya más de la mitad de las mesas están ocupadas. Me siento en un lugar libre frente a la banda. Una pequeña mesa para dos. Está tocando Mark Slimm Duo. Mark Slimm es un joven organista de cabello largo que parece el vocalista de una banda de metal. Su baterista, a quien he visto en varias ocasiones, pero no conozco de nombre, también lleva el cabello largo. Ordeno un negroni. Es una característica de la escena local, ver músicos de todas las edades. Son una de las agrupaciones consuetudinarias del club. Se presenta varias veces a la semana. Mark presenta la siguiente pieza, una composición suya que mezcla algunos elementos del tecno.
En este tipo de clubes, que el organista Ken Lovern describe como más artísticamente orientados, la expectativa es que la gran mayoría de las interpretaciones sean compuestas por los mismos músicos. En otros lugares, como el histórico The Phoenix, ubicado en el Distrito de la Moda desde 1888, el repertorio consiste principalmente de grandes clásicos del jazz.
A las 5:30 termina el set de Mark Slimm Duo y los músicos recogen sus instrumentos. Le pregunto a Mark si tiene un momento para hablar, pero me explica que necesita correr para llegar a tiempo a otro compromiso en otro club. Es el caso de muchos de los músicos de la escena del jazz en vivo en Kansas City. Van de bar en bar, tocando con colegas diferentes. Se presentan con un trío de 2:30 pm a 5:30, en otro lugar se unen a un cuarteto de 7:00 a 9:30, y rematan la noche en un tercer recinto junto a un grupo diferente de músicos de 11:00 a 2:00 am.
En ese momento llegan un par de conocidos: el guitarrista Brian Baggett y el organista Ken Lovern, quienes han tocado juntos por más de 25 años. Junto al baterista Kenny Watson Jr. forman OJT (Organ Jazz Trio). Sin embargo, hoy es un baterista diferente quien instala el pedal del bombo y asegura los platillos Zildjian. Brian me contará después que su compañero usual tenía un compromiso y no pudo acompañarlos hoy. Empiezan a tocar faltando dos minutos para las 6 pm. Ken Lovern inicia con un sonido sincopado como fondo para dar la bienvenida, presentar a la banda e introducir el primer tema: “Manly Bunny”, compuesto por Brian Baggett. Recuerdo el tema del disco y otra versión disponible en Spotify. Hay unos segundos de silencio, Brian cuenta mirando al baterista para marcar el ritmo e irrumpe con el riff introductorio que suena mucho más rítmico y agresivo que en las grabaciones. Poco después entra una mujer afroamericana y se sienta en la mesa que está a mi izquierda. Está sola y no parece estar esperando a nadie. Se concentra en la banda, en el sonido.
Al terminar el primer set le pregunto a Brian si podemos hablar durante la pausa. Muy amablemente me responde que sí, se sienta conmigo en la mesa y me regala una de sus púas personalizadas. Lleva quince años tocando regularmente en el Green Lady, entre cinco y seis veces por semana. Inicialmente, lo hacía una o dos veces, después tres o cuatro, hasta lograr la estabilidad que tiene ahora. “Es un sueño hecho realidad”, me asegura. No necesita buscar otras presentaciones para completar sus ingresos. Gana lo suficiente para vivir cómodamente y puede dedicar tiempo a componer y grabar. “Todos los días sé exactamente cómo va a sonar el recinto, cómo va a ser la iluminación y qué tipo de audiencia voy a tener. Es como ser músico residente, como tener una residencia artística muy muy larga”, me explica. Brian ha experimentado grandes cambios en la escena del jazz en vivo en Kansas City. En sus comienzos como músico profesional, alrededor del año 2000, la mayoría de las presentaciones no recibían un gran público y parte de la responsabilidad de traer espectadores recaía sobre las bandas. Ahora, clubes como el Green Lady, el Black Dolphin y el Blue Room son populares y los músicos pueden concentrarse en tocar.
Kansas City es considerada una de las cunas del jazz, junto a Nueva Orleans, Chicago, San Louis, Philadelphia y Nueva York. En estos lugares nació y maduró el género, se forjó un sonido que definió figuras y repertorios propios. En la década de 1910 llegó la gran migración afroamericana que siguió las rutas de los ríos Misuri y Misisipi. El Misuri, que atraviesa Kansas City. Y el Misisipi que comunica Nueva Orleans y San Louis y, a través del canal de Illinois, Chicago. Entre las décadas de 1920 y 1940 la zona alrededor del cruce de las calles 18th & Vine, hoy llamado Distrito del Jazz, fue el epicentro de la cultura afroamericana y de la vida nocturna. Allí había sesiones interminables de improvisación, músicos experimentando con la forma, el sonido y el ritmo, shows de burlesque, y clubes abarrotados madrugada tras madrugada. Este entramado creativo dio forma a lo que se conoce como el estilo de Kansas City, un acento único que marcó la transición del sonido de big band a la cadencia del bebop. Músicos como Count Basie, Charlie Parker, Mary Lou Williams, Jay McShann, Big Joe Turner, Andy Kirk, Hot Lips Page, Bennie Moten, Walter Page, Lester Young, Ben Webster, Pete Johnson y Buster Smith contribuyeron a esta evolución.
Brian Baggett me explica que, para él, el sonido de Kansas City es el lugar donde se encuentran el blues y el jazz. No el blues del Delta, me aclara, sino un blues con más swing. En todas las sesiones de jazz en vivo de la ciudad suena en algún momento un blues, me asegura. Además, me recuerda que Charly Parker y John Coltrane siempre mantuvieron la influencia del blues.
Después de la década del 40, la cultura que había mantenido la vida nocturna y los clubes funcionando hasta el amanecer cambió por un clima de represión que ocasionó el cierre de muchos locales que mantenían vibrante la creatividad del jazz local. La escena se dispersó y muchos músicos siguieron la ruta de las grandes orquestas hacia otros circuitos como Chicago y Nueva York. El jazzista más famoso de la ciudad, Charlie Parker, fue uno de ellos. Aun así, el jazz no desapareció del todo. El Mutual Musicians Foundation, famoso por sus sesiones de jam nocturnas, no ha dejado de operar desde su apertura en 1917. El Drum Room Lounge dentro del Hotel President no ha parado de ofrecer presentaciones de jazz en directo desde su apertura en 1941. Sin embargo, con el cierre de muchos clubs y la decadencia de 18th & Vine la escena local perdió relevancia nacional.
Las cosas han dado la vuelta desde entonces y la escena del jazz en vivo en Kansas City está más viva que nunca. Para la pianista Leslie Maclean, es incluso la mejor de Estados Unidos. Leslie se dedica profesionalmente a la música desde los 13 años. Se hizo conocida en Chicago con su trío y llegó a alternar escenario con leyendas como Stan Kenton. Una noche, mientras tocaba en el Back Dolphin, me contó que en los últimos años varios músicos de la escena de la Ciudad de los Vientos se han mudado a Kansas City. Un tránsito inverso al que, décadas atrás, hicieron tantos músicos del ámbito local. Vienen buscando mejores oportunidades. Y, sobre todo, un circuito de jazz en vivo más robusto y constante. Esta revitalización del jazz comenzó en los años 90 con la recuperación del distrito de 18th & Vine y la apertura del American Jazz Museum en septiembre de 1997. La iniciativa se convirtió en el ancla cultural que reactivó el interés del público alrededor del jazz en vivo.
A las 8 la banda toma el segundo descanso. Al momento de anunciar el receso Ken le recordó a los asistentes que tiene a la venta vinilos y discos compactos para la venta. Hay un saludable mercado de grabaciones de bandas de jazz locales, algunas de las cuales fueron realizadas en vivo aquí mismo en el Green Lady. Muchas de estas producciones no están disponibles en plataformas. Ken recibe dos compradores y cuando termina la transacción toma asiento en mi mesa.
Le pregunto sobre la escena en Kansas City con relación al resto del país. Iba a contarle lo que dice Leslie Maclean al respecto, pero antes de poder hacerlo Ken empieza a hablar. “Es la mejor del país”, sentencia de inmediato, “quizá los mejores músicos de jazz viven en Nueva York, pero la mayor parte del tiempo están de gira y no tocan allí”. Ken y Brian coinciden en que gran parte del renacimiento está relacionado con lugares como el Green Lady Lounge.
Cuando Ken se levanta de la mesa para empezar a tocar una vez más miro a mi alrededor y entiendo a qué se refieren. Las mesas están completamente llenas y las sillas de la barra todas ocupadas. Aunque no son muchos, ya hay asistentes de pie, en grupos de dos o tres. Sostienen sus bebidas y conversan uno al lado del otro, no de frente, para mirar en dirección al lugar donde la banda se dispone a retomar. Parte de este renacer creo que tiene que ver con que en los clubes hay un corte transversal de la ciudad. La mujer afroamericana a mi izquierda, se tomó dos cocteles y se fue. No habló con nadie, parece que vino con la única intención de refugiarse en la música. Ahora la mesa está ocupada por una pareja latina que se comunica en inglés. Detrás de ellos hay una mesa con dos hombres y una mujer, todos blancos. En otra mesa hay dos tipos con saco y corbata y dos mujeres en vestidos de gala. Sus relojes que brillan cuando levantan los vasos llenos de algún whiskey que no puedo pagar. Pero en la mesa de al lado todos beben cerveza. En otra mesa todos están de jeans, camiseta y tenis, como si hubieran entrado solo a calentarse las manos. En otra más hay un grupo de jóvenes con grandes hoodies, pantalones holgados, gorros tejidos, cadenas y lentes oscuros. Parecen salidos de un video de hiphop. Nadie parece fuera de lugar. La música borra las fronteras. Las edades y las extracciones sociales se mezclan. El jazz aquí adentro no es para viejos, ni intelectuales, ni nostálgicos. Es una forma viva.
Ken anuncia el siguiente tema: “Another Green Lady Night”, compuesto por Brian Baggett.
Cuando la banda arranca, la sala se alinea. Todos miran hacia el mismo punto. Y por unos minutos, la ciudad entera parece estar contenida en una canción.