Se las voy a contar en corto: todo lo que hagan poseídos por la pasión equivale a una renuncia al pensamiento propio. ¿Y qué carajos es el pensamiento propio? Eso que nos permite respirar, abrir las alas y hasta volar sin terminar en el manicomio. Eso a lo que una sociedad renuncia cuando privilegia el aprendizaje de lo técnico sobre lo humano. Nos encandilaron con espejitos y se prohibió que la gente se educara en las mal llamadas “humanidades”. Cambiaron el pensamiento propio por una pasión ciega. Hace tiempo que muchos llaman “costuras” a las clases de arte, filosofía o literatura con un desprecio propio de aspirantes a tecnócratas millonarios. El psicoanálisis tiene mucho que decir sobre esas megalomanías.
La educación dejó de ser un derecho humano para convertirse en un mercado competitivo. Nos ofrecieron el cielo y la tierra y nos tocó el limbo. Abandonaron la educación de lo humano por una técnica hiperidealizada que nos llevaría al poderío entre naciones. Priorizaron el cerebro bilingüe, experto en finanzas, en escuelas de negocios y entrenado como un tecnólogo capaz de todo. Prometieron un mundo nuevo y nos lo dieron. El mundo de hoy con gente hábil para ganar dinero o formarse en carreras técnicas, pero que es un desastre en inteligencia simbólica.
La inteligencia simbólica nos permite captar algo que sigue siendo inaccesible para las máquinas: la humanidad de los demás. Nos permite ser sensibles al dolor o al amor, ser solidarios con las dificultades de otras personas. Nos hace humanos. Con el cambiazo retrocedimos. Las consecuencias no son sanas. Van desde aquellos que creen que quien piensa distinto es el enemigo malo, hasta quienes creen que la tierra es plana y que las vacunas son una conspiración. Que realizarse en la vida es acumular caudal y poder o ¿por qué no? Ser inmortales. Ojalá esto fuera un chiste, pero es la nueva onda de los gurús de Silicon Valley. Con una supuesta superinteligencia pasaron de crear plataformas de pago y sistemas de vigilancia a vender la inmortalidad como liberación de los humanos. Quienes quieran ampliarlo busquen quién es Peter Thiel y ténganse del culo.
La identidad evoluciona gracias a la inteligencia simbólica. Quien la pierde podrá crecer técnica y económicamente, pero estará en problemas para entender una situación humana medianamente compleja. ¿Por qué el otro piensa distinto? ¿Podrán sus teorías sobre el mundo ser más acertadas que las mías? ¿Cómo puedo convivir con personas que tienen creencias distintas de las mías? La idea merodea por muchas fuentes como la frase que trascendió el ámbito bíblico y se metió en la cultura: “¿De qué le sirve al hombre ganar el mundo si pierde su alma?”. Y algo más dice Richard Feynman, ganador del Nobel de Física: “Cualquiera puede tener un doctorado y seguir siendo un idiota”.
Gracias a la tecnocracia, esa visión antivisionaria, pasamos a una nueva era de malestar en la cultura. Enviamos cohetes a Marte, pero somos incapaces de hablar de política con el vecino. Al carecer de un freno cultural, nuestra mente acude a su modo más primitivo, automático y emocional: odiar y destruir las diferencias. La violencia es el enorme fracaso de nuestra cultura. ¿Cómo va a seguir el mundo? Si no despertamos, mucho peor, y los responsables se pueden señalar con el dedo: los “operadores” políticos.
Esto no es un problema ético, es un problema político. La ética dice si un niño debe estudiar; la política dice si millones de niños se quedan excluidos. Las consecuencias de esta anulación del pensamiento crítico arden por todo el planeta. Los jóvenes no creen necesario estudiar, crecen la omnipotencia infantil y el odio. Las redes sociales son apenas la joroba del leviatán. A los chicos se les propone un nuevo modelo de vida, que, más que distópico, es pendejo. La teoría de que tienen que ser bellos, millonarios y misóginos no supera el desempeño de un niño de tres años, que en muchas operaciones mentales es superado por un chango. ¿Vieron cómo nos comportamos cuando los operadores políticos le inyectan un discurso de odio a nuestras fragilidades emocionales?
El cerebro humano puede ser una figura más aterradora que los peores cocos del cine. Tiene dos sistemas de pensamiento: uno automático y emocional, que actúa sin que le importe un pito reflexionar. Y otro lógico, lento, que hace conciencia con bastante esfuerzo. Respondemos a todo con el primero, formando juicios inmediatos a los que suscribimos aunque sean más locos que una cabra negra con balaca verde. Su falta de realidad importa poco. Y algo peor: después de hacer locuras, el automático se pone a justificar los destrozos.
Pero no todo es sombra. Si el humano es capaz de todo lo destructivo, también es capaz de todo lo constructivo. La humanidad de la gente nos sorprende todos los días. Quieren ser escritores aunque no saben qué es escribir; quieren ser filósofos, aunque no saben qué es filosofía; quieren ser ciudadanos, aunque creen que eso consiste en renunciar a pensar; quieren ser políticos, aunque hace rato los privaron de la idea de la política.
Freud propuso aliarnos con todo lo constructivo. El cerebro tiene una función emergente que es la mente inconsciente. El inconsciente es el creador de la historia humana, pero no es un jardín de rosas. En él coexisten pulsiones culturales con pulsiones de muerte. Freud quiso que filtráramos lo destructivo que se expresa de muchas formas: el odio, la exclusión social, la injusticia, la competencia y la guerra. La llama se enciende fácil pues para nuestra loca cabeza destruir es más fácil que construir. Todo un pastelito. Solo era cuestión de tiempo para que alguien quisiera aprovecharse de eso. Pues una firma consultora inglesa usó sin permiso la información extraída de millones de perfiles de Facebook para instalar las campañas en 2016 de políticos como Donald Trump y Ted Cruz. Luego pasaron a manipular las elecciones en varios países. Sé que todos saben quién es Mark Zuckerberg. Busquen la historia de Facebook y Cambridge Analytica y agárrense del pelo.
Hoy la manipulación de las emociones humanas llegó al tope. La gente encuentra en su teléfono la confirmación de todas sus taras psicológicas y se convierte en agente de cualquier causa. En un zombi electrónico. La red la administran cuatro tipos locos que bailan en los calzones de su abuela. Pequeños grupetes de billonarios a los que no les importa nada. Al carajo saber qué es filosofía, literatura o ser ciudadanos. Encarnan la frase de Chesterton: loco es aquel que lo ha perdido todo, menos la razón.
Que los nuevos supervillanos del mundo hayan descubierto que vender odio neutraliza nuestro sistema de pensamiento analítico es algo muy jodido. Que hayan aprendido a desconectar nuestro intelecto poniéndonos a repetir mantras tóxicos en masa tiene un significado profundo. Los dinosaurios no deberían ignorar más el meteorito. Nuestro carácter humano podrá estar muy garantizado en los genes, pero en lo mental es perdible. Ninguna cultura puede considerarse segura si se abandona el autocuidado de que cada uno pueda pensar por sí mismo. Hoy estamos en el siglo XXI, pero nada garantiza que mañana no volvamos al siglo XII. Somos una especie fabulosa, pero la barbarie nos respira en la nuca.
Nicolás de Cusa fue un filósofo crucial en el paso del medioevo al pensamiento renacentista. En su obra De docta ignorantia (1440), propuso usar un freno sobre nuestras creencias. Así podemos superar las limitaciones de nuestro pensamiento racional y discursivo. Esa pausa nos permite reconocer el carácter parcial de cualquier conocimiento ante la inmensidad del universo y abre las puertas al pensamiento reflexivo más allá del ataque de belleza y de ira santa.
Si priman las emociones del chango, jamás podremos discutir sin terminar en la paranoia y la violencia. El costo es demasiado alto. Perdemos los amigos, la familia y lo que mejor desarrolla el cerebro: la conversación. Nos angustia el desacuerdo, pero es la mejor oportunidad que tenemos para mejorar los hallazgos. Estar siempre de acuerdo no es posible ni con el espejo. Necesitamos poder disentir, ponernos en el lugar del otro y analizar sus argumentos hasta las últimas consecuencias. Incluso, unirnos a ellos si resultan mejores que los propios. Eso sí sería poder servir un par de tintos con nuestros adversarios y usar por fin la cabeza para algo más que llevar el sombrero.
Las ganancias del odio son para los demás. A nosotros solo nos quedan las pérdidas.
