“Yo no quiero construir personajes donde las mujeres seamos unas buenas víctimas”: Juliana Gómez Nieto

Nuestros dones, la segunda novela de la escritora Juliana Gómez Nieto, obtuvo el Premio Nacional de Novela Inédita del Ministerio de las Culturas en 2025. Publicada por el Fondo de Cultura Económica, hizo parte de las novedades literarias de la pasada FILBo 2026

hace 1 hora
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Juliana Gómez Nieto (Calarcá, Quindío, 1990) es licenciada en Comunicación Social y Periodismo por la Universidad Nacional de La Plata, Argentina. Montañas azules es su primera novela, escrita durante los años en que vivió en Argentina. Nuestros dones es la más reciente, un libro que le tomó siete años de escritura. “Me demoré mucho tiempo en afinarla porque tenía muchas ganas de trabajar, además del campo de la historia, el lenguaje. Al ya escribir mi primera novela sabía que una segunda debía ser mucho más cuidada; en cada frase, cada palabra, como una cosa de filigrana con el oficio”.

Escribe desde los siete años. Saberse ganadora del Premio Nacional de Novela Inédita del Ministerio de las Culturas en 2025 la llevó a volver a las primeras miradas de origen: buscar sus diarios, releer sus primeros poemas y comprender que, más allá del premio, le había cumplido a la Juliana que de niña soñaba con convertirse en escritora.

Nuestros dones transcurre entre montañas y la vida en el campo. La novela sigue la historia de tres generaciones de mujeres y aborda la memoria familiar, la enfermedad, la violencia y los vínculos que atraviesan sus vidas. Es una novela en la que los personajes se atreven a hablar en voz alta del dolor que trae consigo vivir: mujeres que sufren, pero que se niegan a asumir el papel de víctimas. La protagonista de esta historia confiesa. “Mamá quiere traducir esas cicatrices a palabras y, mientras se mira las manos ajadas, me habla del espectro del color verde. De la abismal diferencia entre el verde musgo y el verde esmeralda o del verde aguacate, tan parecido, pero no idéntico al limón; del verde de las ranas, entre cenizo y fluorescente; del verde del platanal intenso y vibrante”.

“Yo no quiero construir personajes donde las mujeres seamos unas buenas víctimas”: Juliana Gómez Nieto

¿Cómo surge esta historia sobre la vida en el campo, sobre su abuela, su madre y tantas mujeres que vivieron la época de la violencia?

“Este libro empezó a gestarse a inicios de 2017. Yo regresé a Colombia, después de vivir afuera muchos años. Me fui a estudiar Comunicación Social y Periodismo en la Universidad Nacional, en Argentina. Quería escribir mi segunda novela y que fuera sobre mi abuelo, que era un arriero, al cual yo no conocí y que era un fantasma familiar.

En el camino, todo cambió porque una de las fuentes de investigación era mi abuela. Yo me empecé a preguntar, en paralelo, por mi abuelo, pensando que, y esto es algo más metodológico, mi abuela a veces no quería hablar de mi abuelo porque yo le preguntaba cosas y siempre me decía lo mismo. Terminaba por contarme cosas de ella, de su vida.

Y yo decía: ‘Mirá, ella podría ser un personaje secundario’, pero, en un momento, mi abuela, Olga, se convirtió en la protagonista porque me di cuenta de que en mi familia materna no había mucho archivo, precisamente por ser una familia campesina, desplazada, empobrecida.

O por tener ciertas características que yo sí veía en otras familias, o incluso en la familia por parte de mi papá, que, digamos, pertenecía a la clase media trabajadora, y de ellos sí había un registro, con fotos y videos familiares.

Entonces, mi abuela se convirtió en un archivo y en una fuente de información. Luego comprendí que era un archivo vivo y que, como dice la protagonista de Nuestros dones, ‘con fecha de caducidad secreta’, es decir que algún día se iba a morir y se iba a llevar todos los secretos y la historia de la familia. Cuando regresó a Colombia volvió a vivir con ellas y ayudó a su mamá a cuidar a su abuela”.

¿Ese reencuentro en la cotidianidad fue determinante para la construcción de esta novela?

“Sí, claro. Volví a vivir con ellas mientras conseguía trabajo y me establecía. Viví la cotidianidad de mi mamá: ella estaba muy enferma por cuidar a mi abuela. Por otra parte, mi abuela siempre tuvo una relación un poco de codependencia y un poco tóxica con mi mamá.

Como yo había logrado romper ese círculo de las mujeres porque me había ido a los dieciocho años a vivir a otro país y había regresado con otras herramientas, veía todo como: esta es mi familia, esto es lo que nos atraviesa. Pero tenía un distanciamiento, un extrañamiento, que me permitió escribir sobre eso, y se volvió súper interesante.

Entonces, ahí se mezclaron las dos cosas: el tema de los cuidados. Creo que el segundo capítulo que escribí fue el de mi abuela tomando sol. Yo me preguntaba mucho por el tema de la vejez y el tiempo muerto de la vejez, ¿cierto?, que, desde mi punto de vista, yo decía: ‘Qué tedio, qué tedio; la vida de mi abuela es esperar la muerte’.

Y, al mismo tiempo, mi mamá era esclava de ella. Entonces ahí me di cuenta, pues, de que no solo pasaba en mi familia, sino que en la mayoría de las familias suceden situaciones similares”.

Este libro no solo habla de la vejez o del campo, sino también de la soledad, de la infancia y de la enfermedad. Es decir, no se centra en un único tema, sino que explora diversos matices. Hablemos de eso.

“Exacto. Al principio yo quería contar una historia con la vida de mi abuelo y luego conté otra con el linaje de las mujeres de mi familia. Pienso que eso fue lo mejor que le pudo pasar al libro, porque yo creo que este libro tiene varias claves de lectura; es decir, tiene varios planos de significancia, no tiene solo uno. No es un libro solo sobre los cuidados, ni solo sobre la enfermedad, ni solo sobre la traición o solo sobre la soledad. Creo que tiene varios planos, y eso ayudó a que la novela creciera. Pero entonces, pues, me demoré mucho más de lo que pensaba en escribirla porque se convirtió en algo ambicioso también, tal cual es”.

¿Cómo logró equilibrar las voces de estas mujeres para contar historias tan dolorosas sin convertirlas en víctimas, teniendo en cuenta que, en algunos pasajes, ellas mismas incluso se burlan de sus propias desgracias?

“Sí, gracias por mencionarlo. Fue una de las cosas que más me demoré en encontrar: lograr una historia donde diera cuenta de todas las violencias estructurales contra las mujeres y de todo el dolor, pero sin perder la chispa y sin perder, digamos, la complejidad de la vida. Yo no quiero construir personajes donde las mujeres seamos unas buenas víctimas, no me interesa. No. Quería hablar de mujeres poderosas, resistentes, llenas de contradicciones.

Por eso el personaje de la abuela es tan chévere, porque es una mujer vanidosa. Es una persona que, a pesar de todos los desastres y de todo lo atravesado por la violencia, tiene un carácter, una dignidad y una complejidad. Lo mismo la madre, ¿cierto? Y lo mismo la nieta.

Como que yo quería mucho eso: poder retratar la vida. Y, como lo has dicho bien, la vida está atravesada por todos los matices. Entonces, yo quiero reconstruir la vida cotidiana, porque una familia no puede ser todo un drama.

Y el humor, a mí, a Juliana, me ha salvado la vida. En los momentos más difíciles de mi vida aparece una voz mía que saca un chiste y como que me da otra perspectiva. Entonces, sí hay un trabajo con el humor importante y también con lo absurdo de la existencia. Porque somos patéticos, degradantes, pero también los seres humanos somos tiernos. Es una amalgama de emociones y es poderoso que, a través de esta novela, los lectores puedan encontrarse en alguna página, para que el otro vea toda su humanidad, con todo lo bello y lo terrible”.

¿Cómo nació esa primera mirada hacia la literatura?

“Mira, yo soy de Calarcá y me crie allí hasta los diez años. Tengo un papá que ha sido un gran lector y un gran intelectual, pero sobre todo, gran conversador. Entonces, desde pequeña, tuve el hábito no solo de leer, sino también de conversar y de observar la realidad.

Mi papá, cuando me tuvo, ya era pensionado, entonces me dedicó mucho tiempo. Nos la pasábamos conversando con los viejitos del pueblo, conversando o leyendo. Siempre tuve un mentor, que fue mi papá. Yo comencé a escribir poesía desde los quince años. Me recomendaba autores y me leía.

El otro día me mandó una foto una vecina que, por redes sociales o por los medios, se enteró de que yo había lanzado este libro. No nos vemos hace treinta años y me mandó una foto de cuando yo era chiquita. Yo te juro que vi esa foto, que yo no conocía de mí misma, y yo dije: “Es imposible que yo no fuera escritora”. Desde niña veía el mundo de una manera muy particular, muy intensa, siempre queriendo descifrar lo que hay detrás del mundo. Y creo que todavía sigo viéndolo de esa misma manera”.

¿Cuáles fueron esas novelas y autores que la atravesaron de tal manera que la inspiraron a escribir Nuestros dones, que es su segunda novela?

“Fueron muchas. Yo te puedo hablar de varias y de diferentes lugares. Siempre hablo de una que es muy importante, que me ayudó para ciertas cosas: Todos nuestros ayeres, de Natalia Ginzburg. Es una novela que habla sobre una madre adolescente, soltera, autónoma, en la Segunda Guerra Mundial.

Bueno, me encantó porque no pone el énfasis en la víctima, sino en la resistencia. Para mí eso era muy importante. Además, transcurre en lo rural; sí, en Italia, pero tenía una carga rural. Y, en la guerra, si tú ves, en la novela no aparece la guerra y el conflicto de manera directa, pero está fuera de campo, está ahí. La historia de la abuela como que ronda. No es lo principal de la historia, pero está ahí.

Después, digamos que, para el tema de las tensiones entre la mamá y la hija, el libro Apegos feroces, de Vivian Gornick”.

¿En cuanto a la escritura cuales fueron los personajes más difíciles de construir?

“Me costó mucho toda la historia de la abuela, toda la parte de cómo conoció al abuelo y, en general, toda la parte del campo a nivel escritural, porque yo quería representarlo sin volverlo una caricatura y sin volverlo un cliché. Entonces era poder afinar el oído y encontrar cómo contar lo que quería contar sin que fueran testimonios. Entonces, cómo lograr un tono testimonial, que se sintiera testimonial, pero que no diera la impresión de que estaba extrayendo la voz de alguien para que me dijera algo, sino que la persona realmente estaba hablando. Entonces, cómo falsear la oralidad. ¡Uf! Eso me costó mucho”.

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