Ya se ha vuelto un lugar común repetir y repetir que en Colombia el centralismo es irritante. Sobre todo en la cobertura y decisiones del Estado central. Y que ese centralismo desafiante excluye todas las manifestaciones en los valores académicos, económicos, sociales, culturales de las regiones. Suma de territorios que pocas oportunidades tienen de competir por no pertenecer a las logias nacidas a 2.600 metros sobre el nivel del mar y más “cerca de las estrellas”.
Para muestra los dos últimos botones del exuberante jardín de las determinaciones egocentristas del Gobierno Nacional.
En la Comisión del Gasto Público, nombrada para estudiar el ordenamiento, la racionalización –¿o acaso la disminución de la mermelada que ya tiene hostigados a sus...