The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 09 de marzo de 2018

CONVIERTA A LAS CÁRCELES EN UNIVERSIDADES

Por ELIZABETH HINTON
redaccion@elcolombiano.com.c

Imagine si las cárceles fueran las universidades. En lugar de languidecer en las celdas, las personas encarceladas se sienten en las aulas y aprendan sobre la ciencia del clima o la poesía, al igual que los estudiantes universitarios. O incluso con ellos.

Esto sería una bendición para los presos en todo el país, la gran mayoría de los cuales no tienen un diploma de bachillerato. Y podría ayudar a reducir nuestra población carcelaria. Si bien las disparidades raciales en arrestos y condenas son alarmantes, el nivel de educación es un predictor mucho más fuerte de la encarcelación futura que la raza.

La idea está enraizada en la historia. En los años 20, Howard Belding Gill, un criminólogo y exalumno de Harvard, desarrolló una comunidad al estilo universitario en la prisión estatal de Norfolk en Massachusetts, donde él era el superintendente. Los presos vestían ropa normal, participaban en autogobierno cooperativo con empleados, y tomaban cursos académicos con profesores de Emerson, Boston University y Harvard. Manejaban un periódico, programa de radio y orquesta de jazz, y tenían acceso a una biblioteca extensa.

Norfolk tenía tan buena reputación, que Malcolm X pidió que lo transfirieran de la prisión estatal de Charleston en Boston para que, como lo expresó en su petición, pudiera usar “las instalaciones educativas que no están en estas otras instituciones”.

Investigadores del Buró de Cárceles imitaron este modelo cuando crearon un proyecto de universidad carcelaria en los años 60. Permitía a las personas encarceladas por todo el país a servir su sentencia en un solo sitio, diseñado como un campus universitario, y tomar clases de tiempo completo. Aunque el proyecto nunca fue completado, la cárcel estatal de San Quentin en California creó una versión reducida con apoyo de la Fundación Ford, y fue una de las pocas cárceles que ofrecía clases de educación superior.

Hoy, sólo una tercera parte de todas las cárceles ofrecen maneras para que las personas encarceladas continúen su educación más allá del bachillerato. Pero el Proyecto Universitario Carcelario de San Quentin sigue siendo uno de los programas educativos más vibrantes para los presos, tanto que el presidente Barack Obama le otorgó una Medalla Nacional de Humanidades en el 2015 por la calidad de sus cursos.

La idea de expandir las oportunidades educativas a los presos como una forma de reducir la reincidencia y los gastos del gobierno de nuevo ha ganado terreno. Esto es en parte por un estudio publicado en el 2013 por la RAND Corp. que indica que los presos que toman clases tienen 43 por ciento menos de probabilidad de reincidencia y un 13 % mayor probabilidad de conseguir empleo después de salir de la cárcel.

Los legisladores han reconocido con razón la sabiduría en la idea de convertir las prisiones en universidades. En 2015, Obama creó el Programa Piloto Second Chance Pell, que ha inscrito a más de 12.000 estudiantes encarcelados en programas de educación superior en 67 escuelas diferentes.

Si creemos que la educación es un derecho civil que mejora la sociedad y aumenta la participación cívica, entonces el propósito de la educación carcelaria no debería ser entrenar a la gente para desarrollar habilidades mercadeables para la economía global. En cambio aprender nos da una comprensión diferente de nosotros mismos y el mundo que nos rodea. Es por eso que las cárceles con programas educativos con frecuencia son más seguras.

Presidentes universitarios por todo el país hacen énfasis en la importancia de “diversidad, inclusión y pertenencia”, y están en un proceso de ajuste de cuentas por los lazos de sus universidades con la esclavitud.

Expandir los programas educativos de las cárceles ligaría estas dos misiones de manera progresiva. Está claro que la educación continuará siendo una parte central de la reforma de la justicia penal. La pregunta que debemos hacernos a nosotros mismos no es “¿Los estudiantes encarcelados transformarán la universidad?”. La mejor pregunta es, “¿Las universidades comenzarán a abordar y reflejar el mundo que los rodea?”.

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