«Las horas de los barman tocan a su fin». Me hice cruces y pregunté por qué. «Ya hay robots capaces de servir bebidas. Nunca enferman. Siempre sirven las cantidades justas», fue la respuesta. Me quedé pensativo y mi cerebro voló a una taberna de la calle Sierpes, en Sevilla. Allí, una minúscula bodega exhala suficiente olor a fritura de pescado en adobo como para empapar el escaso aire en movimiento que discurre entre las laberínticas callejas del centro y despertar los sentidos de los viandantes de golpe y porrazo. Boquerones, pavía, cazón, pescada, calamares y sepia se fríen a toneladas cada día sin cajas registradoras ni facturas. Con apenas 30 metros cuadrados de tasca y más concentración de personal que Times Square en Nochevieja, tres...