Juan David Ramírez Correa
Columnista

Juan David Ramírez Correa

Publicado el 18 de octubre de 2016

Doctor, ¡desdoctorícese ya!

Mauricio Armitage, alcalde de Cali, ordenó quitar el doctor y doctora a la hora de referirse a alguien. El mandatario caleño pidió “eliminar del lenguaje cotidiano las palabras doctor y doctora o cualquiera que detone jerarquía dentro de esa institución”. De esa forma, dejó de ser el doctor Armitage para ser simplemente Mauricio o Figurita, como le gusta que lo llamen. Sencillez, igualdad, ponerse al nivel de todos, sin más ni menos.

En el país del Sagrado Corazón todo el mundo puede ser doctor. Dicen los historiadores que esa tradición es probablemente un rezago del colonialismo español donde ensalzar a la persona con títulos y recontratítulos era un común denominador para mostrar finura. De ahí puede venir ese gustico irracional.

En algunos casos la doctoritis es llevadera gracias a aquellas personas que no le dan mayor trascendencia. Ni les va ni les viene que les digan doctor, porque es una simple forma denominativa que usan otros para demostrarles respeto. Piense simplemente en Hernán Peláez, el comentarista de fútbol, a quien no dejan de decirle doctor Peláez, y cada vez que lo llaman así, suena como si le estuvieran diciendo “Hernán, mijito...”.

De ese tipo de personas que asumen el doctor relajados, pocos. El problema radica en los miles -qué va, en los millones- de otros doctores, los que se amparan en aquello de que en Colombia tener poder sin importar si sabe o no leer o escribir, garantiza ser “doctor”. Esos, los que les encanta que los adulen. Esos son los que terminan diciendo “aunque más larguito, métale el doctor que le suena mejor”, para que guarden las distancias con ellos.

Patético, porque esa es la génesis de muchos comportamientos que hacen de Colombia una sociedad desigual. Detrás de esos doctores, hay toda la probabilidad del lagarteo y sobada de chaqueta. Hay fácilmente personas con el potencial para hacer marrullas, porque ser “doctor” les abre cualquier puerta. Esos son los típicos personajes que contribuyen a engordar una sociedad requete desigual e incluso inviable.

Lo malo es que a diario alimentamos el monstruo del doctorismo. Personalmente me impresiona que colegas periodistas le echen china al doctorismo. Cualquier persona que entrevistan o de quien hablan la califican de doctor sin importarles si hay un manto de dudas sobre su probidad, si es un bandido, si ha robado, si ha vulnerado a una sociedad que seguro no lo reconoce por lo maravilloso que es si no por lo joyita que ha sido. Triste, porque dejan a un lado cualquier precepto ético que tengan frente al denominado doctor de marras. El doctor de Interbolsa, el doctor Nule, el doctor X, el doctor Y, y no me voy a desgastar escribiendo los nombres de esos mal llamados... doctores.

La Real Academia de la Lengua indica que doctores son los que han recibido el título de doctorado en alguna rama del conocimiento, y los médicos, así no tengan un diploma que diga literalmente “Doctor”. Entonces, dejar a un lado la doctorización sería, como dijo Mauricio, -no el doctor Armitage- algo muy sano para avanzar hacia la paz, hacia la igualdad, doctor, ¡desdoctorícese ya! Ayude a evitar esa diferenciación tan maluca a ver si somos capaces de mirarnos unos a otros de frente sin esa barrera tan poco aportante.

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