Francisco Cortés Rodas
Columnista

Francisco Cortés Rodas

Publicado el 26 de junio de 2018

El legado del liberalismo I

El estruendoso fracaso del Partido Liberal de Colombia en las últimas elecciones no puede significar el fin de la influencia del pensamiento liberal en la sociedad, la política y el manejo del Estado.

El presidente Iván Duque triunfó con unas amplias mayorías conseguidas con el apoyo efectivo del senador Álvaro Uribe y con la alianza que se armó con Cambio Radical, la U, y los partidos Liberal y Conservador. Ahora bien, un gobierno que aspire a la consecución del bien común tiene dificultades desde su inicio cuando al establecer los fundamentos políticos para gobernar acepta sin condiciones la relación con las maquinarias electorales soportadas en el clientelismo y la corrupción. Si los grandes barones electorales, -Gaviria, Vargas Lleras, Roy Barreras-, se alían con el núcleo duro de la ultraderecha, -Uribe, Ordóñez, José Obdulio, Cabal- y conforman un bloque en el poder para gobernar, la democracia colombiana irá seguro hacia el abismo: populismo de derecha, dictadura blanda o despotismo.

Por esta razón, aunque Gaviria y sus lacayos hayan enterrado al Partido Liberal en aras de salvar las mieles que ofrecen la corrupción y los puestos, el liberalismo como filosofía política debe emerger para impedir el avance del proyecto que la ultraderecha representa y quiere llevar adelante en un proceso que al parecer incluirá romper las relaciones entre los tres poderes y desarticular el proceso de paz.

¿Cómo puede el liberalismo enfrentar esto? El primer y más importante filósofo liberal, John Locke, mostró cómo y por qué una sociedad debe resistir cuando el gobernante traspasa los límites que le marca la ley. Cuando quien ejerza el poder político opta por hacer de su voluntad arbitraria la ley suprema de la sociedad, cuando emplea la fuerza, el tesoro y los cargos que controla para corromper a los representantes y ganarlos para sus propósitos, se pone a sí mismo en un estado de guerra con su pueblo. La consecuencia de esto, según Locke, es que el pueblo debe tener por tanto el derecho natural a ofrecer “la debida resistencia”.

El liberalismo plantea: ¿cómo debe ser organizado un gobierno de tal manera que ningún ciudadano pueda temer nada de otro? Montesquieu responde que es necesario establecer el sistema de pesos y contrapesos entre los tres poderes. No hay libertad política si el poder Legislativo está unido al poder Ejecutivo en la misma persona o en el mismo cuerpo. Tampoco hay libertad si el poder Judicial no está separado del Legislativo ni del Ejecutivo. La libertad es suprimida también cuando el Ejecutivo busca intimidar, mediante prácticas corruptas de espionaje, al poder Judicial para evitar así la investigación y el juzgamiento de sus aliados políticos. Los tribunales son por excelencia los instrumentos democráticos de la libertad; penetrar en su esfera de acción es atacar la esencia misma de una democracia. El derecho a la resistencia y el sistema de pesos y contrapesos son elementos propios del liberalismo que han servido en el proceso de construir sociedades más democráticas y justas. Continuaré en la próxima columna.

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