Óscar Domínguez
Columnista

Óscar Domínguez

Publicado el 20 de septiembre de 2018

El martes tiene poeta propio

Es de bajo perfil como los gatos. A regañadientes, el poeta Elkin Restrepo acepta el inri de intelectual para recibir premios como el León de Greiff al mérito literario que le otorgó una encopetada gavilla liderada por Eafit.

Los reflectores no lo desvelan. Prefiere el silencio creador de la biblioteca, el “cacofónico” bullicio del aula, la “ecolálica” tertulia o el “onomatopéyico” salón de lectura.

Se sometió al ritual de la charla con la editora Claudia Ivonne Giraldo, pero nunca para tirar línea metafísica sobre los intríngulis de su oficio. Esas minucias se las dejó al jurado y a los lectores que chorreamos la baba por su vida, milagros, poesía, literatura, dibujos, grabados, docencia, edición de libros y revistas.

En cada uno de estos oficios se juega el pellejo. No vino a calentar banca en este regalo llamado vida.

Vida que Elkin ha convertido en obra de arte y que pule diariamente. Si por él fuera, no dormiría para disfrutarla. Lleva 76 años cortándole oreja, rabo y pata.

En vez de alumnos tiene adoradores y adoratrices. Muchos entapetamos el auditorio del Parque Explora para acompañarlo, agradecerle benevolencias tantas y tomarnos el respectivo retrato.

Muchos de los poemas que lo consagraron son anticipadas selfis con sus amores platónicos: Miroslava, Pier Angeli, María Félix, Anita Eckberg, Rita Hayworth, Maureen O’Sullivan. Cada una “tiene el aire de una Bianca Capello”.

Los perfiles de las divas nacieron de un destino que envidiaría Beremundo: Era el mensajero que llevaba a lomo de bus los rollos de las películas desde Manrique donde vivía, al teatro Granada, en Guayaquil. Ese oficio fue su primaria en poesía.

(Faltó el poema a Catherine Deneuve un amor que compartimos. Hicimos este cambalache: el profesor se quedó con la Deneuve y el pupilo con cinco raspao en literatura y con Brigitte Bardot).

La noche aquella de la Fiesta del libro, Elkin se declaró altivo devoto del vikingo De Greiff, cliente mayor del café El Automático. El animal mitológico, como llama a su gurú, presidió la velada desde el walhalla donde se encuentra.

La degreiffiana devoción es tal que con sus amigos Miguel Escobar y Eduardo Peláez, los fines de semana abandonaban la ciudad y convertían la poesía de De Greiff en guía turística.

¿Que Rosa de Bolombolo “del campamento lujuriante hada” vivía “cerca de donde júntase la Comiá con el Cauca”? Pues la etílica trinidad ponía en acción el GPS degreiffiano y allá llegaban.

Y como el oficio del poeta “es hacer disparos al aire”, o sea, sorprender, Elkin se desvela a la espera del martes cuando se reúne su club de lectura. “Espero el martes desde el martes mismo”, sintetizó quien “dona en usufructo o regala” los demás días de la semana.

Sus fans nos disolvimos pacíficamente llevándonos la bella antología editada por Eafit con los poemas de Elkin decorando el prosaico “y no nada utópico” sobaco

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