The New York Times
Columnista

The New York Times

Publicado el 17 de junio de 2017

EL PROBLEMA CUBANO DE TRUMP

Por Christopher Sabatini
redaccion@elcolombiano.com.co

El presidente Donald Trump y el senador Marco Rubio de la Florida están anunciando una iniciativa presidencial que revertirá los esfuerzos de la era Obama que relajaron el embargo de 56 años de Estados Unidos sobre Cuba. ¿Cuán lejos irá el presidente?

Más importante que el contenido real de los cambios ejecutivos, sin embargo, será cómo el Congreso de Estados Unidos, las empresas y otros grupos interesados reaccionan ante la reversa de Trump de las políticas que, según el Centro Investigativo Pew, el 75 % de los estadounidenses apoyan.

También será clave la reacción del gobierno cubano. A lo largo del último medio siglo, el gerontocrático régimen cubano ha sobrevivido porque el embargo no solo ha aislado al pueblo cubano de su vecino más cercano con casi 300 millones sino que también ha ofrecido una disculpa para el fracaso económico de la economía del régimen.

A pesar de las afirmaciones de sus defensores, la dureza del embargo nunca se ha correlacionado con mejoras en los derechos humanos. La peor represión en la historia moderna de Cuba fue en abril de 2003, cuando el gobierno cubano arrestó a 75 activistas de derechos humanos y periodistas independientes y los condenó a un promedio de 20 años de prisión. Eso fue precisamente cuando el embargo era más estricto, bajo la administración de George W. Bush, cuando incluso los cubano-americanos se vieron limitados a la frecuencia con la que podían viajar a la isla para visitar familiares o enviar dinero.

Lo que le faltaba a Estados Unidos pero que ahora tiene es la influencia. Desde que el presidente Obama anunció la primera en una serie de dramáticas reformas el 17 de diciembre de 2014, para normalizar relaciones, Estados Unidos y Cuba han colaborado en luchar contra el tráfico de narcóticos y el lavado de dinero, cooperado en mejorar la seguridad portuaria y en aeropuertos, y logrado asegurar visitas como el relator especial de las Naciones Unidas para el tráfico humano.

Los cambios también han ayudado a generar empleos e ingresos para la economía de Estados Unidos. Desde que Obama aflojó restricciones al viaje, el turismo ha crecido. El año pasado, se estima que cuatro millones de visitantes fueron a la isla, incluyendo a más de 600.000 de Estados Unidos -un aumento de 34 % desde 2015. Esos viajes han ayudado a alimentar la industria de la hospitalidad en ambos lados del Estrecho de la Florida, con Delta, American, JetBlue y otros volando hacia al menos seis ciudades cubanas a diario y la línea de cruceros Carnival llevando a ciudadanos americanos a puerto en La Habana. Airbnb también ahora ofrece cientos de casas privadas donde los estadounidenses de mente abierta se pueden hospedar e interactuar con los locales, y la semana pasada dijo que sus conexiones han ayudado a introducir $US40 millones en los bolsillos de los dueños cubanos de posadas. En total, el grupo Engage Cuba estima (en un informe en el que participé) que restringir los derechos de los ciudadanos de los Estados Unidos a viajar e invertir en Cuba costaría a la economía estadounidense 6.600 millones de dólares y afectaría a 12.295 empleos estadounidenses.

Antes de salir para Miami, Trump tendrá que poner sus opciones en la balanza. No fue elegido por una porción pequeña de la población cubano americana en la Florida, y sus acciones permitirían al gobierno en La Habana usar la reducción como disculpa para permanecer atrancado en la guerra fría.

Sí, el embargo sigue siendo ley, y Trump puede borrar los cambios de la era Obama con un movimiento de su pluma. Pero el Congreso no es impotente en esto. El mes pasado, un grupo bipartidista de 55 senadores firmó un acta para poner fin a las restricciones a los viajes de Estados Unidos a Cuba. Si Trump retrocede las iniciativas, las universidades que han disfrutado de la libertad académica de intercambio, las empresas y sus trabajadores, y los millones de ciudadanos que han viajado a la isla y están conectados con las comunidades cubanas tienen que hablar. Tienen que exigir que la política existente sirva a los intereses a largo plazo de Estados Unidos y promueva los valores de apertura y confianza en la libertad y el intercambio y, por lo tanto, en última instancia sirve a los derechos humanos.

El gobierno cubano tendrá que evitar exagerar sus reacciones ante la retórica agitada y denuncias que acompañarán los cambios. Pero no es probable que pueda resistir. Si la historia es indicadora alguna, el gobierno cubano responderá aprovechando el nuevo antagonismo reprimiendo los espacios de independencia e información que han empezado a germinar en los últimos cuatro años. Al fin y al cabo, ¿qué autócrata puede resistir ser víctima y culpar a los de afuera por fracasos políticos y económicos?.

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