Ramiro Velásquez Gómez
Columnista

Ramiro Velásquez Gómez

Publicado el 20 de julio de 2018

ES ABSURDO ELIMINAR LAS PROTESTAS

Impedir las protestas sociales es el primer paso para establecer una dictadura. Es copiar a Nicaragua y a Venezuela, para dar dos casos cercanos, aunque la pasada campaña política se basara en ‘no parecernos’ a esta última.

La propuesta del nombrado Mindefensa, Guillermo Botero, de que las protestas sean por un motivo nacional, solo dejaría campo para protestar cuando pierde la Selección Colombia de fútbol. (¿Quién es el que define ese interés nacional?).

Es de una democracia permitir la libre expresión de los ciudadanos, mientras sea pacífica. Afirma que dejan pérdidas al comercio, de donde proviene el señor Botero, pero no considera que cuando se protesta es porque un sector de los colombianos, cualquiera que sea, sufre la pérdida de sus derechos, están amenazados o no le reconocen lo que por leyes le deberían. Esa sí es una pérdida grande

En el gobierno que termina hubo protestas de toda clase y así muchos sectores consiguieron que les reconocieran derechos. Es que, señor Botero, es común a lo largo y ancho de Colombia que las dependencias de todo tipo y los funcionarios, ignoren las peticiones ciudadanas.

Cada realidad es diferente. Pretender uniformar al país raya casi en lo obtuso. Cada población tiene sus necesidades, cada sector económico las suyas. No son iguales en todas partes.

Existe además el derecho a protestar por medidas que un grupo considere inapropiadas o no esté de acuerdo con ellas, como lo hicieron incontables veces en estos ocho años los copartidarios del nuevo Mindefensa. Es legítimo expresar en concentraciones o marchas el inconformismo con una situación. O cesar actividades un sector o todo un pueblo en busca de mejorar sus condiciones de vida, más cuando se trata de incumplimientos de entidades, funcionarios y gobiernos. No permitirlo es convertir a estos en la voz absoluta y esto sí que es peligroso para la convivencia: de ahí a las arbitrariedades hay un paso pequeño.

Sano para la democracia es protestar, hacerlo sí sin recurrir a la violencia. Negarlo, desde la comodidad de quienes todo lo tienen y de poco carecen, no es solo un acto de egoísmo, sino de una prepotencia desmesurada que impide que otros aspiren a mejorar sus condiciones, sea en lo laboral o en lo comunitario con alguna obra de infraestructura o controvirtiendo alguna medida arbitraria que perjudique toda una comunidad.

Hay que defender este derecho sagrado de una democracia.

Maullido: todavía abundan buses y camiones chimeneas en el Aburrá.

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