Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 30 de agosto de 2018

Escribir la propia vida

Leo un libro maravilloso, “La casa de los veinte mil libros”, de Sasha Abramsky. De repente me topo con una pregunta que me ha dado vueltas y vueltas desde que decidí llenar libretas de apuntes con cosas de la vida, con mi vida, nada interesante, por supuesto, solo para mí, solo para no dejar ese bonito oficio de escribir a mano, con tintas de colores. Lo que leo dice: “¿Por qué habría de sentir alguien la necesidad de escribir sobre su propia vida?”, se pregunta Chimen Abramsky, el abuelo y protagonista de esta historia sobre el amor por los libros, sobre los secretos de ellos.

Casi en la misma página, Alexander Herzen, un escritor y revolucionario radical ruso del siglo XIX, admirado por el mismo Chimen, se preguntó mucho antes algo similar y, de paso, arroja una gran respuesta: “¿Quién tiene derecho a escribir sus recuerdos? Todo el mundo. Porque nadie está obligado a leerlos. Para escribir los propios recuerdos no es necesario en absoluto ser un gran hombre, ni un famoso criminal, ni un célebre artista ni un hombre de Estado; es suficiente con ser simplemente un ser humano, tener algo que contar, y no solo desear contarlo sino tener al menos un poco de habilidad para ello”.

Cuando Sasha recibe la llamada terrible que le informa que su abuelo ha muerto, en lo primero que piensa es en los libros, en los 15 o 20 mil que habitan la mansión de ideas, donde su Casa de los Libros fue más un viaje que una morada física, una interminable travesía de descubrimiento. Durante años, lo que hizo asombrosa la biblioteca de Chimen no era solamente la cantidad, coleccionaba libros y ediciones que eran extraordinariamente difíciles de encontrar, y que, por consiguiente, valían su peso en oro. Más importante aún, los libros eran el material del renacer, la manera de traer el pasado a la vida.

La formación de este gran librero estuvo muy ligada al tratante de libros raros Heinrich Eisemann, un judío alemán que fue el librero de cabecera de Thomas Mann. Fue tan respetado que cuando entraba en una sala de subastas de Sotheby’s todos los grandes compradores se ponían de pie en señal de respeto. Bajo la tutela de Eisemann, Chimen también se hizo enorme y respetado, por eso su vida también fue digna e importante para el mundo de los libros; pero más que eso, logró que sus nietos crecieran rodeados de libros como si eso fuera lo más natural. “Y así, durante muchos, muchos años, yo simplemente di por hecho que todas las personas mayores vivían en casas de libros, con todas las paredes forradas de viejos tomos que olían a humedad y que contenían los secretos de la historia, la política, la filosofía, la religión, el arte”, dice Sasha.

Los libros fueron para Chimen una esfera mágica de la vida, nadie como él se acercó con tanta ternura a los secretos de ellos. Se sintió feliz con muchas cosas, con la amistad de Eric Hobsbawm o Isaiah Berlin, pero también con tener entre sus joyas “el panfleto más raro de Marx escrito en inglés”. Una vida así, ¿cómo no dejarla escrita?

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