Diego Aristizábal
Columnista

Diego Aristizábal

Publicado el 17 de mayo de 2018

Jornal

Nos comportamos mejor cuando nos están mirando. Aunque eso de mejor o peor es subjetivo y el juicio dependerá de la moral colectiva. El control social funciona, aunque no siempre como debería, porque la sociedad observa y trata de mantener lo que llaman el statu quo. Sin embargo, a casi nadie le gusta cómo funcionan las cosas; nos exaspera la burocracia, la cantidad de requisitos absurdos, la corrupción. Ahora, como finalmente necesitamos comer, terminamos fortaleciendo el sistema y siguiéndoles la corriente a quienes hacen su trabajo a medias o tienen algún poder. Oponerse a lo que se ha normalizado implica un riesgo. Puede que te miren raro o que te nieguen un contrato. Esos son los riesgos menores, ya que también te pueden agredir o matar por lambón o por sapo.

Sin ser invitado, participé en una discusión sobre el pago de unos jornales en un sector del Oriente antioqueño. Para quienes no lo sepan, un jornal es lo que se gana un campesino por trabajar todo un día al sol y al agua. Los dueños de las fincas, señores acomodados de las ciudades, se quejan con frecuencia de que ya no hay quién trabaje. Dicen los señores que los jornaleros no sirven para nada, que son unos perezosos. La discusión se tornó acalorada porque una amiga quería pagar diez mil pesos más por jornal. Su papá le decía que si hacían eso iban a empezar a decir que ellos estaban dañando a los trabajadores de la zona, y los vecinos se iban a enojar, a sabotearlos.

Mi amiga entendía que su papá temiera porque, hace mucho, alguien le enterró una estaca a un caballo táparo que tenían mientras pastaba en los potreros; otra vez les abrieron el portón del corral a los cerdos y otra les robaron la motobomba. Mi amiga le explicaba al papá que no era posible que la gente se uniera para explotar a los demás, y su papá, con resignación y tristeza, le respondía: “¿Pero entonces qué hacemos mija?” Muchos dirán que eso no es explotación, que antes les están pagando cinco mil pesos más que hace tres años y les hacen un favor al darles trabajo. Por eso no les gusta verlos sentados un minuto tomando un respiro o resguardándose del sol al mediodía. No les pagan para perder el tiempo, sino para que mantengan los jardines bien bonitos cada vez que los señores estén estresados y necesitan escaparse del hollín de la ciudad.

En ese momento entendí lo importante que es oponerse al orden establecido de las cosas en la intimidad del hogar. Pienso que algo similar pasa con los maestros. Conozco algunos que se ganan la vida dando clases por horas y no ganan mucho más que un jornalero. A ellos les pagan por el tiempo que se paran frente a sus alumnos, no les reconocen la propiedad intelectual de sus métodos. Mejor dicho, dos labores importantísimas, que tendrían que ser muy bien remuneradas en nuestro país, todavía no ocupan el lugar que se merecen y casi nadie se indigna por eso.

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