Arturo Guerrero
Columnista

Arturo Guerrero

Publicado el 09 de marzo de 2016

Pienso como tú piensas

Las redes sociales están comprimiendo el conocimiento en paquetes homogéneos y complacientes. Facebook y Twitter, las dos autopistas de contenido más extendidas, son foros donde la gente intercambia con amigos, conocidos, personas que sienten y piensan parecido.

Facebook tiene un puesto de control, no cualquiera logra ingresar como amigo del titular de la cuenta. A este se le consulta si acepta o rechaza al aspirante a tan honroso título. El dueño puede ingresar a la fotografía y datos sumarios de quien golpea a la puerta, y según su arbitrio determinará la aceptación.

Twitter es más expedito. Cualquiera se convierte en seguidor de quien le provoque y este es feliz de observar cómo engorda la cantidad de adeptos. Es obvio que cada uno de estos se suma a la tropa porque le gusta la orientación del titular. Y es obvio que llegó a la dirección por el voz a voz, la recomendación de otros que también opinan igual.

Así las cosas, cada red se constituye con individuos afines, que satisfacen y refuerzan sus ideas y gustos gracias a un círculo de semejantes que los retroalimentan.

De modo que quien se informe y pinte el mundo al tenor de los contenidos de sus redes, en realidad está empecinado en la imagen de su propio espejo. Narcisos virtuales, eso son los adictos a los mensajes uniformes que cada segundo les llegan disfrazados de realidad real.

Es la versión contemporánea del hombre unidimensional de Herbert Marcuse quien propuso esta célebre ocurrencia: ¨los oídos tienen paredes¨. En las sociedades virtuales instantáneas cada cual oye lo que dicen sus amigos, sin advertir las paredes que tapian los sentidos hacia voces distintas.

Únicamente se atiende a una dimensión, la de quienes rabian, bailan, celebran y protestan igual que yo. Y yo me obstino con las cuotas de mi alimento particular, creyendo que me nutro con la variedad de vitaminas y sustancias suficientes para ser ciudadano de la complejidad.

Los medios de comunicación antiguos, periódicos, noticieros, pecaban por suministrar una visión uniformada sobre lo que consideraban digno de ser noticia. Pero al menos con cierta frecuencia presentaban el panorama de acciones y reacciones originadas desde el abanico abigarrado de los protagonistas.

Los muchachos de hoy, en cambio, se levantan en un escenario de complicidades preestablecidas. El menú informativo se volvió raquítico.

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